1 reto escritura: La vecina

La gente de El Libro del Escritor han tenido una genial idea para aquellos que, como yo, siempre están buscando nuevas formas de inspirarse y obligarse a escribir. ¡Un reto semanal de escritura para el 2016! Esa es la idea, pero cada uno puede tomárselo a su ritmo claro está.

Así pues, y sin más dilación, os presento mi primer reto y así este nuevo blog queda inaugurado de forma oficial.

Semana 1: Escribe sobre un sueño o pesadilla que hayas tenido esta semana.

Desde que había dejado a su novio, o marido o pareja o lo que fuera, su vecina había empezado a tener sexo casi a diario y no precisamente silencioso. Aquellos veinte minutos de éxtasis máximo, que podían darse tanto a primera hora de la mañana como después de comer o a la hora de cenar, representaban para ella momentos incómodos en los que se debatía sobre si subir el volumen de la música (y así quizá hacer saber a sus vecinos de forma sutil que las paredes no eran tan gruesas como habrían podido pensar) o llamar al timbre contiguo en busca de un azúcar anti climático. Nunca recurría a esa segunda opción, era bonito imaginarse cortándoles el rollo pero representaba demasiado esfuerzo. Ese día, pero, era la tercera vez ya y nada podía disimular los golpes rítmicos de la cama contra la pared. Harta, se alzó, se puso los zapatos y la chaqueta, comprobó que llevaba la cartera y las llaves y cerrando la puerta silenciosamente se dirigió hacia el timbre de aquella mujer. Lo apretó un par de veces y se dirigió hacia las escaleras. Una sensación de trabajo bien hecho la inundó y la hizo sonreír. No importaba si aquello no les interrumpía, si absorbidos el uno en el otro obviaban el sonido estridente del timbre. No importaba, ella se sentía realizada.

El frío de invierno le dio de lleno en la cara y la hizo reaccionar, ahora que estaba en la calle ¿qué iba a hacer? Enfiló por la avenida a su derecha y se dedicó a observar los portales y tiendas por los que pasaba. Pese a que llevaba viviendo allí casi un año apenas conocía el barrio más allá de la estación de metro y el supermercado. El trabajo y las clases la tenían absorbida.
El viento empezó a soplar con fuerza y los últimos rayos de sol fueron desapareciendo lentamente tras los edificios. Comenzó a arrepentirse de haber tomado tan repentina decisión, tenía frío. La calle dio a una amplia plaza y la muchedumbre que la concurría le llamó la atención. Tras ésta se distinguían altos focos y con el cambio de dirección del viento también le llegó a los oídos una animada música. ¿Qué ocurría? Con el recién despertado interés tomando el relevo del frío se dirigió hacia el gentío y descubrió que se trataba de una pista de hielo, una de esas que ponen en algunas ciudades por Navidad para que los niños se diviertan y los padres tengan un lugar donde sea bien visto separarse de sus hijos y descansar de ellos aunque sea por escasos minutos.

Se acercó a la pista y curioseó los alrededores. No entraría, no había patinado nunca y no pretendía que aquella fuera la primera vez, pero cotillear multitudes sí era algo que le gustaba y la divertía. En la taquilla había un joven aburrido a quien la bufanda le tapaba medio rostro, un corrillo de adolescentes reían y susurraban en un rincón y más allá un grupo de padres animaba a una chiquilla a que abandonara el miedo y fuera con sus amigas a por los patines. La música era insoportable. Acabó de rodear la pista, riendo por la nariz al ver caer a más de uno y alzando las cejas ante una aparente confesión de primer amor que resultó ser correspondida. Al llegar junto a la taquilla de nuevo comprobó la hora en el móvil y decidió arriesgarse a volver. El exilio había acabado.

Cuando entró en el portal un chico esperaba al ascensor.
—Hola —saludó.
—Hola —correspondió el chico.
El ascensor llegó, sus puertas se abrieron y ambos entraron en él.
—¿A qué piso vas? —preguntó el desconocido. Ella le miró y contestó:
—Al segundo.
El chico sonrió y apretó el botón del ascensor marcado con el número dos. Al no verle apretar ningún otro botón supuso que iban ambos al mismo piso y le observó de reojo. No le había visto nunca antes pero eso no quería decir nada, no conocía a todos los vecinos (ni ganas). Aunque sí sabía que el piso junto al suyo, el que no pertenecía a la vecina folladora, había sido abandonado recientemente. ¿Sería él el nuevo inquilino?
La puerta del ascensor se abrió y ambos salieron, ella hacia su puerta y él hacia la siguiente.
—Parece que somos vecinos —dijo el chico con una sonrisa amable. Ella le devolvió el gesto y dijo:
—Si necesitas algo, no dudes en llamar.
Sacó las llaves del bolsillo y abrió la puerta. El chico, aun sonriendo, alzó una mano a modo de despedida y ella sintió que enrojecía.
— Buenas tardes —se despidió.
Al cerrar la puerta tras ella y comprobar que el silencio dominaba el ambiente sonrió. Y automáticamente el alivio se volvió tensión ¿y si el vecino nuevo tenía pareja? ¿Y si era tan escandalosa como la vecina? ¿Y si…? Se acercó al comedor a por el portátil y se puso a buscar piso.

*

Desgraciadamente la historia está, más o menos, basada en hechos reales. Lo único que recuerdo de un sueño esta semana es lo de la pista de hielo, lo demás es mi pesadilla personal y real u.u

Espero que os haya gustado, no dudéis en comentar ¡y en unos días os traigo el segundo reto!

Podéis leer todos los retos AQUÍ

Anna

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