9 reto escritura: La casa de mis sueños

Que sepáis que para este reto he dibujado incluso los planos de la casa y que casi me he pasado más rato “inspirándome” por pinterest que escribiendo…Y menos mal que no tengo los Sims instalados en el portatil, que si no me pongo a crearla allí mismo. Por suerte no he llegado a tal extremo, si no ahora no estaría publicando esta entrada…

Semana 9: Describe tu hogar de ensueño como si estuvieras viviendo en el ahora (en presente).

El edificio no es nada espectacular desde fuera; relativamente moderno, de obra vista y altas ventanas, eso sí ¿pero quién a estas alturas mira hacia arriba cuando tiene un móvil entre las manos?
El ascensor es algo lento e incluso a veces tiembla más de lo que me gustaría. El pasillo hasta la puerta es largo y frío, suelo gris, paredes blancas, luces asépticas. Pero tan solo con sentir las llaves girar en el pomo siento que mi cuerpo se relaja y por muy cansada que esté una sonrisa llega a mis labios. Estoy en casa.
El gran ventanal está entreabierto y el olor de la lluvia que lleva horas amenazando pero que aun no ha visto el suelo se cuela por el salón, las cortinas onean suavemente. Lo cierro y el olor a galletas no tarda en hacerse presente. Y a limón. Esos somos nosotros y así nos hemos integrado en cada recoveco de la casa. Bueno casa, técnicamente es un dúplex, nunca quise un chalet, demasiado trabajo, demasiado agobio.
Vuelvo atrás y dejo la chaqueta y el pañuelo en el perchero de la entrada. Paseo la mirada por el espacio abierto y ecléctico que compone el salón y no veo a Arty por ningún lugar pero no me preocupa, quizá esté en su cama, o quizá esté hecho un ovillo en el sillón. Eso me recuerda que he de hacer la compra.
La cocina es, quizá, la habitación con menos personalidad de la casa pero la pared de pizarra, con sus garabatos y frases tontas, ayuda a convertirla en una estancia propia. El suelo es negro, los electrodomésticos metalizados, los armarios blancos con cristales translúcidos, las tres paredes restantes están alicatadas en gris claro con una pequeña cenefa en morado y efectivamente, la nevera está casi vacía. Es lo que tiene volver de un rodaje mientras tu pareja da conferencias en el extranjero. Menos mal de los amigos que riegan plantas y alimentan gatos. Pero no puedo pedirles que me hagan la compra, son amigos no criados.
De nuevo en el salón me dirijo al hueco de la escalera, donde algo escondido se encuentra mi escritorio, con el ordenador y varios cubiletes llenos de bolígrafos de colores. Puede sonar pequeño y agobiante, un lugar poco apropiado en el que trabajar, pero a mí me resulta de lo más acogedor. Me recuerda a Harry Potter, me recuerda a cuando era pequeña y estaba en mi habitación inventándome historias fantásticas y aventuras singulares. ¡Eso hago ahora y me pagan por ello! Bueno, ahora mismo estoy escribiendo la lista de la compra en un post-it naranja con un bolígrafo plateado, todo muy adulto claramente.
Pensando qué más puedo necesitar voy hacia el baño, una estancia cuadrada en tonos blancos, azules y grises que consta de todos los elementos básicos junto con una ducha más parecida a una nave espacial que a una ducha, con sus chorros y ese efecto lluvia que siempre me da una cálida bienvenida cuando llego agotada del trabajo. No falta nada, abro la puerta contigua y entro en el pequeño espacio al que llamamos lavandería pero que también cumple perfectamente las veces de trastero. No, tampoco falta nada allí.
Subo las escaleras para cambiarme de ropa, cada vez me da más pereza coger el coche e ir al supermercado pero me repito que soy una persona adulta y responsable y es lo que toca, mañana me lo agradeceré. O puedo comprarme unos Donettes como recompensa.
Entro en el baño de arriba, una copia ligeramente más pequeña y menos espacial que el de abajo, y descubro que efectivamente falta pasta de dientes.
Las fotografías del pequeño pasillo que da al dormitorio han soportado dos mudanzas y siguen tan llenas de recuerdos felices como el primer día. Las guitarras empiezan a acumular polvo, su dueño ausente.
El escritorio de aquí está algo más desordenado, lleno de papeles y apuntes, pero nunca me ha importado, es su personalidad, ese caos es lo que te hace sentir que estás verdaderamente en casa y no en un decorado listo para la sesión de fotos.
Siempre quise un hogar así, grande pero no un chalet; pequeño pero con espacio suficiente para todos mis libros, presentes y futuros. Y una cama grande, muy grande. Y un vestidor. Bueno, eso no entraba dentro de mis requisitos indispensables, pero lo tengo y me encanta, aunque a veces me sigue sorprendiendo y otras me provoca la risa, comparándome con alguna famosa. Me pongo ropa cómoda y cambio los botines por zapatillas, sonrío a la fotografía de nuestro primer viaje que decora mi mesita de noche ¡diez años ya! y me dirijo de nuevo hacia abajo.
Arty está durmiendo en el sillón, efectivamente, y le despierto rascándole entre las orejas. Me mira ligeramente enfadado y me huele los dedos antes de lamerlos un par de veces con su lengua rasposa.
—¿Me has echado de menos? —le pregunto. Han sido sólo tres días pero quién sabe. Sigo acariciándole la cabeza y el lomo mientras repaso la lista de la compra y él se deja, impasible.
Respiro profundamente ese olor a galletas y limón, me guardo la lista en el bolsillo trasero de los tejanos y dejo el bolígrafo en la mesita de café. La pantalla oscura del televisor devuelve mi reflejo y el del salón a mi alrededor. Doy una vuelta de 360grados sobre mí misma y vuelvo a encarar la gran estantería que va de pared a pared y de suelo a techo. Más que el dúplex, más que el gato y el espacio industrial y moderno, lo que más me alegra de mi hogar (además de poder compartirlo con el amor de mi vida, claro) es esa estantería enorme y llena a rebosar de libros. Desde aquellos que tienen más de treinta años a los que sólo llevan allí unas semanas; desde los que no leído, aun, hasta los que me sé de memoria; desde los que no son míos hasta los que contienen las marcas de mis lágrimas. Eso, más que lo demás, era lo que ansiaba de pequeña y por fin es mío. Aunque siempre podría ser mayor, por supuesto, me digo con una sonrisa.
Cojo la chaqueta, me aseguro de llevar la cartera y las llaves, y salgo de nuevo a ese pasillo largo y frío que de alguna manera, con su indiferencia, protege mi vida.

*

¿Qué os ha parecido? No tengo grandes sueños apenas, qué va…

 

 

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