12 reto escritura- Piedra, papel o tijera

¡Por fin un relato tradicional y algo más típico! Me hubiera gustado poder colgarloel sábado pero entre una cosa y otra… hasta hoy no he podido acabar de pulirlo u.u

¡Espero que os guste!

Semana 12: Escribe una historia sobre un personaje que está viviendo tu festividad favorita.

La gente se movía  a sus espaldas. A veces la empujaban, a veces sentía que iban a llevársela por delante; pero la atracción que sentía hacia los libros frente a ella era superior a cualquier fuerza física.
Sus ojos se paseaban de libro en libro, saltaban de un título a otro y su cerebro trataba de recordar dónde había escuchado aquel nombre o visto esa cubierta. El ritual era el mismo en cada stand. No tenía prisa, podía dedicar todo el tiempo que fuera necesario a leer sinopsis, acariciar primeras páginas y disfrutar del olor a tinta que se mezclaba con el de las rosas. A veces también se paraba a observarlas. Había rosas rojas, por supuesto, y amarillas, blancas, azules, negras, multicolor; miles de sentimientos escondidos tras cada tonalidad. No quería que la florista se le acercara y rompiera la burbuja que había construido a su alrededor con rayos de sol y hojas de papel por lo que se apartó poco a poco y continuó su recorrido en busca de aquel libro que la esperaba, en algún rincón, para aliviar la realidad y hacerla soñar.
Lo encontró a los pocos minutos, era una edición preciosa, antigua, de un libro de su infancia, y cuando fue a cogerlo unos dedos largos y pálidos se le adelantaron. Giró el cuello, ofendida de que alguien se atreviera a robarle su libro y se encontró con la mirada sorprendida de un chico bajito y delgado. Se miraron a los ojos durante largos segundos, en silencio y sin apartar la mirada el uno del otro y a la vez, de reojo, del libro.
—Yo lo he cogido antes —dijo el chico con voz grave. Tenía el cabello oscuro y los ojos marrones. Una extraña combinación de tres pecas decoraba el lado izquierdo de su barbilla.
—Y yo llevo buscándolo desde hace años.
—También tiene valor sentimental para mí.
—Podríamos jugárnoslo a piedra papel y tijera —dijo ella sin pensar. Nunca había sentido en su interior tal determinación y no iba a darse por vencida sin luchar.
—O podríamos preguntarle al librero si tiene otro —ofreció el chico. Sus nudillos habían palidecido y ella pensó si quizá su seriedad le había asustado, quizá había pensado que le iba a arrancar el libro de las manos y salir corriendo..
—Podríamos —aceptó sin poder evitar reír por debajo de la nariz. Cómo si pudiera llegar muy lejos con toda aquella gente a su alrededor.
Sin dejar de sujetar el libro el chico llamó la atención de la dependienta más cercana y preguntó si disponían de otra copia.
—No, lo siento —dijo la mujer observando curiosa el libro que sujetaban entre los dos— En realidad está descatalogado, este el último ejemplar que tendremos.
No, su infancia no podía ser eliminada y enterrada bajo nuevas y modernas historias, algo debía sobrevivir que le asegurara que fue real. Debía conseguir ese libro de todas todas. Obvio la mirada intrigada de la librera y se giró una vez más al chico. No podía huir y aunque le sacaba casi un palmo no era lo suficientemente como para mantener el libro fuera del alcance del chico hasta que éste se cansara. Además aquello hubiera resultado infantil y llamado demasiado la atención. Sólo quedaba jugárselo a piedra, papel o tijera.
—Si no lo quieres me lo quedo —dijo, Quizá el chico  se había cansado de todo aquello y le entregaba poder absoluto del libro.
—Al contrario, puedes cedérmelo tú a mí y probar suerte en otra librería.
—Creo que prefiero jugármelo.
—¿Piedra papel o tijera? —ofreció el chico. Ella asintió.
—¿Podría hacer de jurado, por favor? —le preguntó a la dependienta, que se había quedado observándoles, ajena al ajetreo a su alrededor. La mujer asintió y los chicos, siempre sosteniendo el libro uno por cada extremo, cerraron la mano que tenían libre en un puño. La agitaron tres veces y a la cuarta mostraron su jugada.
Una enorme sonrisa afloró en sus labios.
—¿Al mejor de tres? —preguntó el chico frunciendo el ceño.
—De acuerdo —aceptó, se sentía magnánima, iba a ganar. Miraron a la librera y cuando ésta asintió volvieron a agitar tres veces sus puños.
Empate.
Sin intercambiar palabra ni separar la mirada el uno del otro jugaron la partida decisiva.
—¡Sí! —exclamó la chica. Sintió el peso total del libro en su mano y al sentirlo libre del agarre del chico se lo llevó al pecho. El corazón se le encogió al ver la tristeza reflejada en sus facciones pero no se dejó manipular —¿Cuánto es?
La mujer le cobró manteniendo a duras penas la profesionalidad y cuando la chica se vio con el cambio en una mano y el libro en la otra una locura se le vino a la cabeza. Era algo tan disparatado que su cerebro lo pasó por alto pero no su boca.
—¿Quieres que te invite a un café?

*

¿Adivináis de qué festividad se trata?

 

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