18 Reto Escritura – Un beso de amor verdadero

Soy consciente de que el reto está algo cogido por los pelos, pero era lo único que se me ocurría, puesto que más adelante ya habrá relato sobre una tormenta…

Semana 18: Escribe un relato que involucre agua como elemento relevante de la historia.

 

Había estado lloviendo durante tres días y aunque el hombre del tiempo decía que esa misma noche las nubes desaparecerían para dejar paso a un fin de semana de sol reluciente y altas temperaturas, nadie le creía, nadie excepto yo. Tenía que parar de llover.
Hacía semanas que ese sábado estaba marcado en rojo en mi calendario; un día mágico en el que los planetas se habían alineado para que todos los amigos de la universidad pudiéramos vernos y ponernos al día mientras disfrutábamos del  parque acuático más cercano.
El móvil no dejó de sonar durante toda la tarde con posibles planes alternativos: de pesca por el casco antiguo, piragüismo por el paseo, ir al cine, tomar un café… Y mientras las gotas resbalaban por mi ventana yo preparaba la mochila con la toalla, el bikini, las gafas de sol y los cupones de descuento. Tenía que ir a ese parque acuático.
En realidad no estaba pensando en mis amigos. Quería verles, obviamente, pero gracias a las nuevas tecnologías sabía perfectamente qué era de sus vidas, sus trabajos y sus familias, yo lo que quería era verle a él.
Habíamos sido compañeros en clase de francés durante todo el año y me había enamorado locamente de sus ojos grises, su piel morena y aquellos brazos fuertes destinados a sujetarme. Estudiaba económicas, durante el curso escolar trabajaba como monitor de piscina y en verano era socorrista en el parque acuático. Para celebrar el fin de exámenes hicimos una cena de clase, me puse mis mejores galas informales, me maquillé, me peiné y me dije a mi misma que todas aquellas horas codo con codo, de risas y malas pronunciaciones nos habían unido y tenía una oportunidad clara de seducirle. Pero una no puede dar el primer paso si la otra persona no hace acto de presencia. Fue una noche deprimente de comida sosa y música agobiante. El destino no podía hacerme aquello, tenía que parar de llover y él tenía que ir a trabajar para que yo pudiera declararle mi amor eterno y sellar nuestros sentimientos con un profundo beso con sabor a cloro (después de todo, los detalles ligeramente desagradables son los que crean un mejor recuerdo).

Desperté con una sonrisa al sentir el sol en mi cara. Las calles seguían húmedas pero no se veían nubes en el cielo. Me miré al espejo en búsqueda de granos inoportunos y comprobé en los mensajes del móvil que efectivamente la excursión seguía en pie.
Llegamos poco después de que el parque abriera y aunque ya había cola frente a las taquillas entramos al poco rato. La temperatura no era todo lo alta que me hubiera gustado y el agua de las piscinas estaba ligeramente fría pero me sumé a la exploración de reconocimiento para buscar la piscina menos concurrida y el mejor tobogán y así poder encontrar a mi amado socorrista. Le encontré después de comer, tras saltar olas artificiales, tirarme del tobogán más alto, pelearme con dos niñatos que pretendían colarse y estar a punto de enseñar las tetas tres veces porque la parte de arriba de mi bikini se negaba a cumplir con su función. Estaba aun más moreno y más guapo si cabe. Se me encogió el corazón y tuve que volver a mi toalla para peinarme y comprobar que mis ojos no parecían dos tomates. Me até el pareo a la cintura, me apliqué un poco de brillo de labios y tras respirar hondo varias veces emprendí la marcha a la piscina pirata. Mis amigos apenas me prestaron atención.
Varios niño se me cruzaron por el camino, salpicándome y haciéndome tropezar para que casi me cayera de cabeza a la piscina de bebés y me partiera el cráneo. Cuando llegué al puente de madera que unía tierra firme con el barco pirata él ya no estaba. ¿Habría acabado su turno? ¿Le habrían rotado a otra zona del parque? Miré a mi alrededor, la frustración y la tristeza aposentándose en la base de mi estómago y el pensamiento que había nacido esa noche de fin de curso resurgiendo una vez más, ¿y si la vida no quería que estuviéramos juntos? Pero entonces le vi. Estaba sentado en uno de los chiringuitos, una Coca-Cola en la mano y un libro en la otra. Suspiré aliviada y me dirigí hacia él. Que no nos hubiéramos visto durante el último mes no quería decir que no hubiéramos hablado, que le reconociera de lejos y me acercara a él no era nada raro, me decía una y otra vez para calmarme. Éramos amigos y aquello era completamente normal.
Cuando estuve a poco más de un metro de él pronuncié su nombre con un ligero tono de incertidumbre y se giró. Me reconoció y sonrió.
—¿Qué tal? ¿Qué haces aquí? —me preguntó tras darme dos besos.
—Bien, bien, con los amigos pasando el día —dije obligándome a clavar los ojos en su fina nariz para que no desaparecieran por su musculado torso y me hicieran quedar muda.
—Yo estoy en mi descanso.
—¿No hay nadie vigilando? —dije, como una tonta.
—Sí, claro que sí. Y si alguien necesita ayuda igualmente tengo que dársela. Pero sienta bien despegar la vista de la piscina por unos minutos.
—Imagino que sí. No fuiste a la cena —Mi plan de no decir tonterías había quedado completamente enterrado por mis hormonas.
—No pude, no. Cambiaron de día el festival de piscina de mis alumnos —se disculpó.— Ya vi que lo pasasteis bien.
—No estuvo mal —me obligue a contestar. Sentí cómo se me ponía la piel de gallina y mi pecho volvía a reducir su tamaño. Me aclaré la garganta, no sabía qué decir por miedo de seguir con las meteduras de pata, me peiné el flequillo con los dedos y sonreí.
—¿Seguirás con el francés el año que viene? —preguntó él entonces.
—Supongo que sí. ¿Tú?
—Supongo que también —Rió.
Y fue entonces que la inspiración vino a mí. Tenía que besarle, sólo así aquellas extrañas sensaciones que se estaban apoderando de mi cuerpo cesarían. No me importaban los niños, las familias o las chicas detrás de la barra. Tenía que acercarme, posar mis labios sobre los suyos y presionar ligeramente. Era el único desenlace posible para ese día.
Su cuerpo desprendía calor y su piel olía a protección solar, sus labios estaban secos y sabían a Coca-Cola. Sentí cómo se tensaba ante el beso y me aparté rápidamente, tan avergonzada que hasta que no sentí sus labios moviéndose contra los míos no me percaté de que me estaba devolviendo el beso. No sabía  a cloro, pero al separarnos me empezó a picar la nariz y al devolverle la amplia sonrisa tosí en toda su cara.

Fue un primer beso lleno de babas y microbios, como lo suelen ser todos los besos, marcado por días de lluvia y posteriores días en la piscina.

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