19 Reto Escritura – Bajo del mar

Parece que tanto calor hacer que sólo pueda pensar en el agua y el mar… menos mal que justo acababa de leer a William Gibson, si no crear este mundo futuro hubiera sido mucho más difícil.

Semana 19: Escribe una historia de ciencia ficción mostrando cómo te imaginas el futuro.

Khaj despertó  mucho antes de que sonara el despertador. Había llegado el gran día. Sin hacer ruido, no quería despertar a nadie, se vistió y se dirigió al comedor. En realidad no tenía apetito, lo único que deseaba era llegar al colegio y saber si le habían aceptado. Saber si su sueño iba a cumplirse. Pero por muy pronto que llegara las listas no iban a colgarse hasta las ocho, así que se sirvió un poco del arroz que había sobrado de la cena y exprimió un par de naranjas, su desayuno favorito. Las persianas empezaron a subir cuando la luz del sol llegó a los sensores externos y a los pocos minutos el suave pitido del despertador sonó por todo el edificio. Khaj se levantó de su mesa y dejó el bol, palillos y vaso en el fregadero, hoy tocaba limpiar a los del 2B. De vuelta a su habitación se puso los zapatos y cogió las gafas de sol. En el dormitorio de al lado su madre se estaba vistiendo.
—Mamá, me voy —dijo desde la puerta.
—Si que te has levantado pronto.
—No podía dormir.
—Estoy segura de que has superado todas las pruebas, no tienes de qué estar nervioso —Khaj sonrió y abrazó  a su madre cuando esta se acercó.
—Gracias . Nos vemos para la cena.
Se besaron las mejillas y Khaj se marchó. Por el pasillo se cruzó con varios compañeros del colegio que iban a desayunar. Pensó en esperarles e ir todos juntos como siempre, pero la impaciencia era tal que decidió subirse la bicicleta y coger el camino que bordeaba el mar, así no llegaría tan pronto y podría disfrutar del suave vaivén del agua. Un océano que escondía miles de secretos de lo que una vez había sido la gran civilización humana.

Por esa razón quería convertirse en arqueólogo submarino. Para poder observar aquellas grandes ciudades sumergidas y recuperar lo que pudiera de ellas, llevarlo a la superficie y estudiarlo. Descubrir un poco más cómo era la vida antes de la desaparición de los casquetes polares, del paso de las cuatro estaciones a dos, del abandono de las casas unifamiliares por los complejos comunes autorregulados. Khaj no creía, como algunos lo hacían, que entonces se viviera mejor, pero sí sentía una curiosidad mezclada con resentimiento por aquella sociedad que había llevado a la vida en la Tierra al borde de la extinción. Atrás habían quedado los billones de habitantes que poblaban el planeta junto a miles de especie animales y vegetales, atrás había quedado el uso (casi por completo) de todo material  que no fuera biodegradable y, sobre todo, del dinero. Aquello era lo que más gracia le hacía a Khaj, pensar que el mundo había estado controlado sólo por unos pocos quienes dominaban algo que en realidad no existía; pedazos de metal y papel. Rió por debajo de la nariz y paró al borde del acantilado. Los cristales de las gafas de sol aumentaron su protección ante la luz reflejada por el mar y Khaj respiró hondo, sintiendo la sal en el aire y el calor de la arena a sus pies. Iba a llegar al colegio empapado de sudor. Volvió a subir a la bicicleta y, ahora sí, puso rumbo a su destino.

Su preocupación no era tanto por las pruebas intelectuales si no por las físicas. Khaj era listo y tenía muy buena memoria, y aunque era uno de los chicos que primero aprendió a nadar en su clase, la resistencia física no era uno de sus puntos fuertes. Pero sí era uno de los puntos más importante a la hora de realizar los cursos superiores de buceo. Él había superado todos los que podían realizarse por libre ¿pero qué ocurriría si el comité decidía que no daba la talla? De nada serviría entrar en la facultad de historia si no podía dedicarse a la exploración submarina. Su segunda opción había sido ingeniería hidropónica, ayudar mejorar los cultivos familiares y con los años pasar a genética vegetal. Así podría llegar a tener contacto con los grupos estacionados en la vieja Svalbard, especializados en la búsqueda y recuperación de las semillas allí guardadas. Era un terreno peligroso y sólo cada pocos años encontraban alguna semilla intacta de la que poder extraer el ADN para su clonación y recuperación. Aquellos científicos eran sus héroes, pero él no quería ir tan lejos, le gustaba lo cotidiano.

La zona del colegio estaba prácticamente desierta. Sólo un puñado de alumnos de su curso habían llegado ya. Dejó su bicicleta en la entrada y se dirigió al pasillo central, el estómago hecho un ovillo de nervios y miedo.
—¡Khaj! —le saludó Mary. La chica avanzaba hacia él con una amplia sonrisa en los labios, eso quería decir que a ella sí la habían cogido ¿pero y a él? Debió de percibir su inquietud, pues apresuró el paso y se tiró encima suyo en un gran abrazo— ¡Vamos a ser compañeros de clase!

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