23 – Reto Escritura – La cabaña del bosque

Para el reto de hoy decidí probar con un poco de fantasía, ¿qué os parece?

Semana 23: Escribe una historia en la que la vida de una mujer cambia drásticamente en solo 3 minutos

Se había perdido, definitivamente se había perdido y no tenía absolutamente ni idea de cómo volver a casa.
Llevaba horas caminando y el sol estaba ya a punto de desaparecer tras las colinas cuando encontró una pequeña casita en mitad de un claro.
De paredes blancas y tejado oscuro la casa descansaba a la sombra de un gran manzano y los jazmines que la rodeaban eran de un azul violáceo igual que el del cielo crepuscular. Salía humo de la chimenea.
Se acercó a la puerta maciza de madera y llamó, nerviosa pero decidida a que le dejaran pasar allí la noche, aunque fuera en un rincón en el suelo junto al hogar. Nadie abrió ni le llegó ruido alguno que indicara que había alguien dentro, pero entonces ¿y el humo? Volvió a llamar y al no recibir respuesta dijo en voz alta y clara:
—Buenas noches. Mi nombre es Virginia, me he perdido y quisiera poder pasar la noche bajo techo. No tengo dinero, pero soy buena costurera, si necesitan remendar alguna prenda lo haré gustosa.

El silencio continuó imperando en el claro, cada vez más oscuro, y ya ni tan siquiera el piar de los pájaros podía escucharse. El bosque se acostaba. Virginia sabía que de noche el bosque era un lugar peligroso, las sombras se transformaban en demonios y el viento llamaba tu nombre para conducirte hacia trampas mortales, debía entrar en la casa cuanto antes.
Empujó con el hombro y en voz baja pidió:
—Vamos, por favor. Ábrete y déjame pasar.
Al siguiente empujón la puerta se abrió y un chillido agudo proveniente del interior le dio la bienvenida.
Virginia se asustó y otra vez ante el portazo de la puerta al cerrarse, la casa retumbó entera. ¿Habría cometido un error? ¿Sería esa la casa de un malvado hechicero o una peligrosa bruja?
—¿Quién eres tú? —preguntó la voz aguda.— ¿Cómo has logrado entrar?
—Llamé a la puerta —se defendió Virginia.— Y como nadie contestaba y no quería pasar la noche en el bosque decidí probar suerte y abrir la puerta —No iba a confesar el uso de violencia si podía evitarlo.
—¿Abriste la puerta? ¿Así, sin más? —Virginia asintió y se encogió de hombros, tenía la boca seca.
La voz salió de entre las sombras de la cocina al encender una pequeña lámpara que aun y así iluminó toda la estancia; amplia, limpia y con escasos muebles. El inquilino de la casa era un joven alto y algo escuchimizado, pelirrojo y de piel lechosa moteada por infinitas y diminutas pecas. Sus ojos eran más negros que el carbón y dejaban claro que más allá de su frágil figura se escondía una gran inteligencia. Sus ropas eran sencillas pero habían sido confeccionadas con esmero y telas de calidad. Un escalofrío recorrió la espalda de Virginia, al final parecía ser la morada de un peligroso brujo.
El joven se le acercó y dejó la lámpara sobre una mesita junto al hogar, que para sorpresa de Virginia estaba apagado.
—¿Cómo te llamas? —preguntó el chico. Virginia se mordió el labio inferior. Era consciente de que lo había dicho al llamar a la puerta, pero había sido antes de saber que estaba ante un mago. Había escuchado lo que podían llegar a hacer los hechiceros si conocían tu nombre. —¡No lo sabes! —rió el chico. Sus colmillos eran extremadamente puntiagudos y sus ojos no dejaban de observarla con atención.
De repente, veloz como el viento , la cogió de la mano izquierda, apartó la manga de su vestido y se fijó en la marca de nacimiento que Virginia tenía en el dorso de la muñeca.

—No lo puedo creer. Mi señora —dijo haciendo una pequeña reverencia.— Bienvenida sea de nuevo a su hogar.
—¿Qué estás diciendo? —exclamó Virginia apartándose del joven.— Qué señora ni qué señora, soy Virginia y esta casa definitivamente no es mi hogar. Yo vivo al otro lado del bosque, en la sastrería más distinguida del valle.
—Puede ser que ahora sea esa tu identidad, Virginia —dijo con un tono excesivamente condescendiente.— Pero no es quien eres de verdad. La profecía tenía razón. La Bruja ha vuelto y nos salvará a todos.
—¡Bruja lo será tu madre! —profirió la chica escandalizada y sintiendo que se le ruborizaban las mejillas.
—Técnicamente tú eres mi madre, tú me creaste —dijo el chico con una sonrisa burlona. El muy malvado estaba disfrutando de aquello.
—Necesito sentarme —Virginia se acercó a la silla que había frente al hogar y se dejó caer sobre ella.— ¿Qué tipo de prueba es esta? A los brujos malvados os gusta jugar con los pobres humanos que se cruzan en vuestro camino.
—No es ninguna prueba —dijo el chico acercándose a la cocina y cogiendo una jarra de cerámica.—Y técnicamente no soy un brujo aunque pueda hacer algo de magia. ¿De verdad no recuerdas nada? —preguntó al volver.
—¿De qué?
—De quién eres. Ya me avisaste de que podía ocurrir —dijo el joven vertiendo el agua en un pequeño baso,— pero esperaba que al  regresar a casa tus recuerdos empezaran a volver. Bebe.
—De verdad que no sé de qué me estás hablando —contestó Virginia, obedeciendo sin pensar y bebiendo el agua fría que le acababan de servir.
—Es cierto que podría estar equivocado, ¿pero entonces cómo has entrado? ¿Porqué tienes la marca de Mi Señora?¿Por qué no conoces tu nombre verdadero?
—Entré porqué empujé la puerta con todas mis fuerzas, eso no es más que una marca de nacimiento, mucha gente la tiene, y por supuesto que me llamo Virginia, como mi madre.
—Entraste porqué la casa te reconoció y se abrió para ti. Hace décadas que nadie ni tan siquiera pasa por aquí. Nadie más tiene esa marca, una estrella de siete puntas no es demasiado común. Y obviamente no te llamas Virginia ni esa señora es tu madre, te crió pero no fue quien te parió.

Empezaba a hacer calor en la casa, algo extraño teniendo en cuenta que ya era noche cerrada y el hogar seguía apagado. Virginia dejó el baso en la repisa de la chimenea y la cabeza empezó a darle vueltas.
—No me encuentro bien, ¿me has envenenado?
Virginia trató de levantarse pero fue inútil, las fuerzas la habían abandonado y apenas podía respirar. Lo último que vio antes de que los ojos se le cerraran fue al joven acercarse y colocarle el cabello detrás de la oreja.

Era de noche, la Luna llena brillaba roja como la sangre en el horizonte y El Mago reía.
—Has perdido, Bruja. Tus malas artes no tienen cabida aquí.

Era de madrugada, el caldero ardía y el bebé no dejaba de llorar.
—Hágase mi voluntad, renacer y olvidar. Vivir en las sombras hasta al Mago derrotar.

Era mediodía, el río avanzaba con usual lentitud y el llanto de un bebé perforó el aire.
—Virginia, ¿has oído eso?

Era de noche, la casa volvió a formarse frente a ella y la Bruja sonrió. Las fuerzas volvían a ella multiplicadas, después de más de quince años podía sentir la magia en sus venas y ver el mundo tal como era. Peritt se le acercó e hizo una reverencia.
—Mi Señora. Confío que lo recuerda todo.
—Oh Peritt, aun estoy en ello. Gracias por tu maravilloso trabajo.
—Un honor, Mi Señora. Siempre pensé que tardaría mucho más.
—Yo también, al crear el hechizo creía que tendría que vivir como humana durante varias generaciones, pero por lo visto el momento ha llegado antes de lo que todos esperábamos. Y eso sólo puede significar una cosa —dijo la Bruja levantándose y paseando por su salón.— El Mago no nos espera. El Ejercito de las Tinieblas juega con la ventaja de la sorpresa. Manos a la obra. Empecemos por el pueblo de la pobre muchacha, no queremos que puedan reconocerme.

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