28 Reto Escritura – La llave

Como comenté hace un par de semanas, durante este NaNoWriMo no tengo ninguna idea poderosa en mente, así que cuando me atasco en lo que estoy tratando de sacar adelante utilizo los retos semanales de escritura de El Libro del Escritor para hacer subir el recuento de palabras (aunque de todos modos voy súper atrasada….) . Así que podéis esperar ver varios relatos más en los próximos días 🙂

Semana 28: Escribe un relato en el cual el personaje principal se despierta con una llave agarrada en su mano. Céntrate en cómo llegó a tener esa llave y qué abre.

La luz del mediodía cae con fuerza sobre sus párpados y la despierta. Le duele la cabeza, la boca seca y la mano derecha agarrotada. Abre el puño y entre sus dedos aparece una llave. No cuelga de ningún llavero, no tiene número ni color distintivo, pero sabe que es su llave, la llave de Ari. Ha dormido agarrada a ella con tanta fuerza que la silueta dentada ha quedado marcada sobre su piel. Desaparecerá; como todo lo que Lorena ama, como Ari y como la casa que compartido hasta ahora.
Se levanta, aún con la llave en la mano y se dirige a la cocina, donde Diana está preparando café. Al oírla llegar se gira, la observa en silencio durante unos segundos y finalmente deja su taza de café sobra la encimera para acercarse a ella y abrazarla.
—¿Estás bien? —susurra.
Lorena ríe y se encoge de hombros, no está bien y no va a mentir pero tampoco se encuentra mal. Ha expulsado todos sus sentimientos a base de lágrimas y por el momento no le quedan más.
—¿Quieres café? —pregunta Diana al separarse. Lorena asiente y cuando su amiga le da la espalda para coger una de las tazas del armario se lleva la mano con la llave al pecho y respira hondo antes de sentarse en uno de los taburetes.

No sabe de quién es la culpa, si suya, si de Ari, si de una tercera persona desconocida para ella, del cruel destino o del universo, pero la cuestión es que Ariadna la ha dejado. Después de cuatro años y medio de amor, risas, aventuras y discusiones Ariadna no quiere volver a verla y le ha echado de su piso. Ahora esa llave es la única escusa que le queda a Lorena para volver a ver al amor de su vida y eso convierte a ese pedazo de metal en lo más valioso que posee, la oportunidad de arreglarlo, de demostrarle a Ari que se equivoca, de hacerle ver que pase lo que pase lo solucionarán, superarán los problemas y seguirán juntas para siempre jamás. Pero para hacer eso necesita el café, y una buena sesión de maquillaje, y quizá algo de comer si su estómago se lo permite.

La borrachera de ayer fue épica. Después de un día en shock en el que sólo la monotonía del trabajo había sido capaz de llevarla por la vida como una persona normal llegó el sábado, y verse en un sofá, con sus pertenencias en maletas y cajas de cartón había sido tan deprimente que no había parado de llorar. Diana había decidido sacarla de fiesta, o al menos de su salón, si tenía que llorar y quejarse de lo injusta que era la vida, al menos que lo hiciera donde la música ahogara sus berrinches. La noche se convirtió en todo un recuerdo de los mejores y peores momentos de su relación con Ari, desde su amistad en la universidad hasta sus últimos planes para ese viaje a Lisboa que ya nunca realizarían, pasando por aquellas primeras citas llenas de nervios y dudas. Diana se había portado muy bien, escuchándola a medias y asintiendo cuando tocaba pero también mostrándose firme. Si Ari no quería contarle la razón de la ruptura era porque se trataba de algo poco decente. Y si era así, lo mejor era irse bien lejos, había dicho. Su sofá estaba allí para lo que necesitara.
Lorena sabía que Diana decía la verdad, ¿qué razón podía tener Ari para cortar con ella por las buenas, así de pronto? Pero por mucho que lo pensaba no se le ocurría qué podía ser, y aquello la ahogaba más en la miseria y el alcohol.  Al llegar a casa de Diana había separado la llave del piso que había compartido con Ari durante los últimos dos años y la había besado y dejado sobre el suelo, a la altura de su cabeza. La débil luz que entraba por la ventana del salón iluminaba el gris metálico de la llave y por mucho que Lorena cerrara los ojos seguía viéndola tras sus párpados. Finalmente la había cogido y con su frío y duro tacto entre los dedos había caído dormida en un sueño profundo, triste y etílico.

—No puedes montar ninguna escena— dijo de golpe Diana, como si le hubiera estado leyendo el pensamiento (y quizá lo había hecho, no era la primera vez que a Lorena le parecía que su amiga disponía de grandes dotes psíquicas).―Tienes que devolverle las llaves con dignidad y demostrar que estás por encima de esa actitud infantil.
—Pero quiero saber por qué… —susurró Lorena.
—Si no te lo ha dicho a estas alturas, no lo hará nunca.
—Quizá después de estos días se arrepiente…
—No dejas a alguien por un capricho. Y si lo haces es que no le quieres de verdad.  Son decisiones muy serias que no puedes tomar a la ligera. Si quieres iré yo —añadió Diana tras largos segundos de silencio.
—No, tengo que hacerlo yo —respondió Lorena. Dejó la llave sobre la mesa y cogió la taza de café, cálida entre sus manos.

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