33 Reto Escritura – Deflagaración

Hacía mucho que no escribía algo así de surrealista, me ha recordado a mis inicios… qué tiempos aquellos.

Semana 33: Piensa en una palabra que no suelas utilizar y búscala en Google imágenes. Escribe una historia sobre la tercera imagen.

La palabra era deflagaración, de allí el título y la imágen que me salió fue esta.

He tenido el mismo sueño durante las últimas semanas. Cada noche sin falta el mismo y exacto sueño, ni una frase más ni un fotograma menos.

Todo empieza a oscuras. No tengo miedo, pero sí estoy nerviosa y empiezo a buscar a tientas por el suelo  algo que me sirva para ubicarme. Encuentro una caja de cerillas y enciendo una, su débil llama ilumina un pasillo estrecho que se alarga frente a mí y tras de mí, negro y tupido como la oscuridad que me envuelve una vez más al morir esa primera cerilla.
Gasto dos cerillas más —la caja está llena y no me preocupa quedarme sin— en asegurarme que lo que hay junto a mí son paredes y que bajo mis pies se encuentra una alfombra gris oscuro y avanzo. O quizá retrocedo, no me importa, lo que quiero es no quedarme allí quieta durante más tiempo.

A los pocos pasos empiezan a aparecer cuadros en las paredes. Son los retratos de mis padres y mis tíos, de mis hermanos y primos, de mis amigos y profesores del instituto y de la universidad. Algunos sonríen, otros miran al vacío con expresión neutra. Unos visten colores llamativos y otros parecen sacados de una fotografía antigua, pintados en tono sepia y sin apenas sombras. Continuo sin sentir miedo y ya no estoy nerviosa, ahora sé que estoy haciendo lo correcto y a cada cuadro que paso siento crecer en mí una sensación de orgullo. Al final del pasillo, tras un largo rastro de cerillas gastadas, llego frente a un trono. Es dorado y tanto el asiento como el respaldo están tapizados de seda roja. El material reluce ante el fuego y puedo distinguir pequeños grabados en los reposabrazos. Son frases que sé he dicho en algún punto de mi vida. (Lo sé como se saben las cosas en los sueños, porque no existe lógica ni realidad que pueda negarlo). La cerilla que tengo entre los dedos en ese momento se extingue y quedo a oscuras una vez más pero me siento en el trono con facilidad y cierro los ojos al hundirme en el mullido cojín. Cuando los abro toda mi familia, mis amigos y profesores están frente a mí, cada uno portando el estilo propio del cuadro en el que fue retratado, pero ahora todos sonríen. Incluso los familiares más puñeteros, mis peores enemigos del recreo y los profesores más intransigentes, todos ellos sonríen y aplauden.
Entonces me despierto. Me cosquillean los dedos, como si el fuego hubiera rozado mi piel de verdad, y siento una sensación de confusión que me cala hasta los huesos. Dos segundos después suena el despertador y ya no puedo pensar más en ello; empieza un nuevo día de trabajos y obligaciones y he de hacer lo que se espera de mí para que llegada la noche pueda caer de nuevo dormida y soñar una vez más con ese pasadizo oscuro, plagado de miradas y un final ¿positivo?

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