34 & 35 Retos Escritura – Cumpleaños de miedo

¡Buenas!

Ya estamos en diciembre y como véis aún me faltan algunos relatos por subir hasta llegar a los 52. Después del fracaso estrepitoso que ha supuesto el NaNoWriMo de este año para mí, estoy dispuesta a acabar este reto sí o sí ò.ó Así que para no saturaros en demasía iré subiéndolos de dos en dos (p de tres en tres, quién sabe, si son cortitos)

Por tanto hoy os dejo con la primera entrada doble. El microrrelato 34 está basado en hechos si no 100% reales sí n 95% por difícil que a algunos les pueda parecer. El relato 35, por su parte es una mezcla de miedos de mi infancia y miedo infundado real (y sí, es el mismo miedo de mi reto de inventízate en octubre, pero es que es un miedo muy real aunque sea irracional).

¡Que los disfrutéis!

Semana 34: Escribe un relato sobre un personaje con tu edad actual en su cumpleaños.

Llaman a la puerta y pese a que no espero a nadie abro. ¿Y si son ladrones al acecho de pisos vacíos? Después de todo estamos en semana de fiestas…
Obviamente no es un ladrón, y si lo es al verme adopta su personaje de encuestador.
—Buenos días ¿están tus padres? —pregunta con una sonrisa.
—Están comiendo, no pueden atenderle —contesto con una sonrisa inocente. Es mentira, pero tampoco es cuestión de decirle al hombre que estoy sola en casa ¿no? Aquello parece descolocarle, mira su libreta y me mira a mí, de soslayo y sé qué está pensando pero no digo nada.
—¿Eres mayor de edad? —¡Allí está! Mi gran momento para lucirme.
—No, aun no —Y aunque esa contestación signifique que no puede cumplir con su cometido parece tranquilizarle.
—Vaya, bueno, pues adiós. Buenas tardes.
—Buenas tardes —me despido mientras cierro la puerta.

Cada vez que se repite esta situación me asombro más. ¿Cuándo empezaré a aparentar la edad que tengo?  Pasar por menor de dieciocho el día de tu veintiocho cumpleaños es un gran hito, sé que a muchas les gustaría, a mí sólo me sirve para deshacerme de encuestadores pesados y que la gente no me tome en serio.
En mi habitación me quito el pijama y me visto, voy al baño y me peino y arreglo un poco. A ver si van a pedirme el DNI en el supermercado cuando compre el alcohol para la fiesta.

Semana 35: Piensa en tus miedos más oscuros. Haz un relato en el que a tu personaje le pasen al menos 2.

Sus risas crueles la acompañan de la piscina al baño. Las lágrimas apenas la dejan ver por dónde va pero logra abrir la puerta de uno de los cubículos, sentarse en la taza del wáter y cerrar el pestillo. Muchos la ha visto huyendo, llorando, pero ninguno entrará a preguntarle cómo está, cuchichearán y murmurarán a la espera de que salga para poder observarla y reír disimuladamente.

¡La fea se ha puesto a llorar! ¿Por qué le duele la verdad? No importa el bikini que se ponga, seguirá siendo una tabla de surf.

¿Sabes? Dicen que le mola el chico del grupo tres, el del pelo negro y rizado. No flipa ni nada, como que alguien se va a fijar en ella. Bueno, quizá alguien muy borracho…

Sorprendentemente el baño huele bien, a desinfectante con aroma a pino, y hay papel. Andrea coge un buen trozo y se suena la nariz. Las últimas lágrimas desaparecen por su barbilla y con un nuevo trozo de papel se seca las mejillas. Aun tiene la respiración agitada pero al menos vuelve a poder pensar con claridad. Ha hecho el ridículo. Creía que durante los campamentos podría hacer amigos pero al parecer los adolescentes son malvados tanto durante las vacaciones de verano como durante el año escolar. Sí, encontraba guapo a Carlos pero no quería nada con él, sólo hablar de cómics y música, decirle que aquella camiseta de Kingdom Hearts era muy chula… pero obviamente Andrea había hecho algo horriblemente malo en otra vida porque justo cuando había logrado reunir el valor para colocar su toalla junto a la de él y preguntarle cuál era su canción de MUSE favorita los imbéciles de sus amigos habían aparecido y al verla allí sentada habían empezado a reír y a señalarla.
—Menos mal que hemos llegado —dijeron al sentarse junto a Carlos— el monstruo iba a comerte.

Primera flecha a través del corazón. De nada sirve estar bajo el pleno sol de julio, el calor es incapaz de tocar su piel y empieza a temblar.

—Pensaba que los Gremlins no podían mojarse.
—¡Qué más da! Peor de lo que está no va a quedar.

Segunda flecha directa al estómago. Todo el calor que su piel es incapaz de sentir se concentra en sus mejillas, que arden con tanta fuerza que podrían evaporar las lágrimas que empiezan a brotar.

—Tíos, ya basta —Es lo único que dice Carlos.
—Lo hacemos por su bien. Tiene que saber que así no logrará nunca nada.

Tercera flecha que la parte en dos. Andrea se levanta y empieza a correr, por suerte no ha tenido que parar a ponerse las chanclas y aunque haya abandonado su toalla es mejor eso que aguantar dos segundos más aquellas palabras.
¿Qué hacer ahora? ¿Decírselo a los monitores? El mal ya está hecho, la imagen de ella llorando y huyendo quedará gravada en el recuerdo de todo el mundo, acompañado de una risa socarrona.

Descorre el pestillo y abre la puerta. Efectivamente el baño está desierto, incluso fresco gracias a las baldosas y la sombra que los árboles proyectan durante todo el día sobre el pequeño edificio. Se sorbe los mocos y se mira al espejo. La verdad es que sí que da pena. Los ojos rojos, las mejillas brillantes de lágrimas que no ha secado bien, sus estúpidos pechos que no crecen por muchos años que pasen. La ventana está abierta y una corriente de aire logra hacerse paso por el baño, erizándole el bello de los brazos y haciéndola creer que alguien ha entrado. Pero la puerta sigue cerrada, allí no hay nadie.
Cuando vuelve a mirarse al espejo su reflejo ha sido sustituido por el de otra chica.

Es pálida, con pecas y el cabello oscuro. Andrea lleva su mano derecha al espejo y la deja allí, con la palma abierta en contacto con la fría superficie. A los pocos segundos la chica del reflejo la imita. No desvía la mirada, no se mueve, apenas parece que respire.
Andrea quiere preguntarle quien es, qué está pasando, pero es incapaz de nada, ni tan siquiera retirar la mano, sólo puede respirar.
Empieza a hacer frío, su piel se eriza y un escalofrío le recorre la espalda.
—No merecen tus lágrimas —dice la chica del espejo. El cerebro de Andrea registra sus palabras y el movimiento de sus labios a tiempos distintos y aquello la hace despertar de su estupor. Sea lo que sea lo que está viendo no puede ser bueno —Puedo ayudarte, ¿no quieres que te ayude? —continua diciendo la chica mientras Andrea trata de separarse del espejo sin éxito. Su mano, desde la muñeca hasta la punta de los dedos, parece haberse desconectado completamente de su cuerpo, mucho peor que si se le hubiera dormido por falta de sangre.
—¡Déjame! ¡Déjame ir!
—Conmigo nunca volverás a pasar miedo.
—No quiero… —Las quejas de Andrea mueren antes de empezar. Su mano está desapareciendo y poco a poco la nada se apodera de su codo, de su hombro, su pecho, su cuello. No puede verse en el espejo, la otra chica aún está en él, mirándola a los ojos y sonriendo ligeramente, como si posara para una foto de carnet.
—¡Ayuda! ¡Que alguien me ayude, por favor! —grita Andrea. Su voz resuena en sus orejas y parte de ella sabe que nadie va a salvarla, que sólo ella ha escuchado su desesperación.
—Ahora nadie podrá hacerte daño.
La voz viene de sus espaldas. Se gira pero no hay nadie. Puede moverse, pero ya no está en el baño. Todo a su alrededor está oscuro, solo el suelo parece desprender un pequeño destello metálico.

Andrea se deja caer de rodillas y empieza a aporrear el suelo. No siente dolor, no se oye nada. Está en la nada más absoluta.

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