Relato 42 – El collar de la abuela

Hoy entrada individual porque me ha salido un relato algo extenso y porque los otros no están listos, las compras navideñas me han ocupado mucho tiempo 😦

Semana 42: Escribe una historia acerca de un personaje que perdió algo importante.

Cuando esta mañana llegué a casa sentí que algo había cambiado. Un muy mal presentimiento se deslizó en mi mente y se cumplió nada más abrir la puerta del ático. Limpio, ordenado, con las paredes recién pintadas…
—¡Clara! ¿Dónde están las cosas del ático? —grité bajando las escalera de dos en dos.
Mi hermana estaba en la cocina, taza de té en mano y observando los rosales del jardín.
—¿Qué ocurre? ¿A qué vienen esos gritos? —preguntó con calma.
—¿Dónde están las cosas del ático? —repetí con voz grave, reprimiendo las ganas de gritar de nuevo y zarandearla para que dejara de ser doña tranquilidad y sonrisas.
—Las vendí. Voy a convertir el ático en mi estudio —dijo antes de dar un nuevo sorbo a su té y volver a prestar atención a sus queridos rosales.
—¡¿Cómo?! ¿Lo has vendido todo?
—Bueno, todo no —respondió con una risita de desdén—. Había cosas allí arriba que ni el más loco de los locos querría. Quedan un par de cajas, están en el salón. Si no quieres nada tíralo, por favor. Qué manera de acumular chismes.
—Clara, por Dios. Todo eso eran objetos de incalculable valor que nuestra familia había ido coleccionando durante siglos —susurré, el shock y el enfado me habían robado la voz. No podía hacerme a la idea de que mi hermana lo hubiera tirado todo. No cuando necesitaba el collar de la abuela.
—Matthew, sé que querías hacer una especie de museo o escribir una enciclopedia sobre ellos, pero tendrías que haberlo hecho antes. Estaba harta de vivir nadando entre calaveras, diamantes falsos y mapas del tesoro equivocados. Por no hablar de los huesos de ratón, pieles de serpiente y los colmillos de vete tú a saber qué —Clara se separó al fin de la ventana, dejó la taza de té en la mesa de la cocina y se giró hacia mi—. Pero puedo traerte la lista de lo que vendí. Apunté su precio y la tienda por si ocurría una situación como esta.
—Si sabías que iba a darse esta situación, ¿por qué lo hiciste? ¿Por qué no esperar a que viniera?
—Porque nunca vienes. Estás siempre con tus clases y tus investigaciones y yo estoy aquí, rodeada de fantasmas y leyendas y estoy harta de que la gente me pregunte si puedo conseguirle cuerno de unicornio en polvo. La única razón de tu visita es que necesitas algo que estaba en esas cajas, ¿cierto? —Clara rió por debajo de la nariz y se dirigió hacia el comedor.

La observé mientras cogía su libreta y buscaba la lista de lo que había vendido. En parte tenía razón. Hacía casi tres años que no nos veíamos y en ese tiempo apenas habíamos hablado por teléfono. Nuestra familia siempre ha estado más centrada en la magia, la aventura y la muerte que en la propia familia. Excepto Clara, al parecer, que siempre ha guardado cierto resentimiento a nuestros padres por abandonarnos a los diez años en busca de reliquias mayas. Quince años después no sabemos si murieron o simplemente se están tomando su tiempo en volver.
—Aquí tienes —Me entregó la libreta y volvió a coger su taza de té.
—Clara, siento no haber venido antes. Debería preocuparme más por ti, por cómo estás.
—No están ordenados por ningún criterio, así que espero que no tardes mucho en encontrar lo que buscas.
—Busco el collar de la abuela, ¿te acuerdas? Tenía una cadena de plata fina y el colgante era de un verde brillante.
—Me acuerdo. Sí que lo vendí. Pero no recuerdo a quien.

Asentí, me senté en una de las sillas de madera de la cocina y empecé a buscar entre la multitud de objetos que habían poblado mi infancia y ahora había perdido para siempre.

¡Qué mala suerte la mía! Si hubiera venido una semana antes… ¿Y si han venido ya el collar? No es que fuera especialmente bonito pero quizá algún adolescente enamoradizo buscaba un regalo barato para su amada y decidió llevárselo. Pase lo que pase, pero, no debo dejar que nadie intuya lo importante que es en realidad ese collar. Si supieran de dónde puede provenir esa piedra me lo quitarían de las manos antes de que pudiera decir Ramsés.

La tienda agraciada se encuentra a las afueras de la ciudad y para seguir con mi mala suerte está cerrada. Un pequeño cartel escrito a mano dice que volverán a abrir en cinco minutos, pero llevo aquí más de veinte y no ha aparecido nadie.
—¿Está esperando a que abran la tienda?—oigo que dice una voz grave a mis espaldas. Me giro y me encuentro con un hombre de mediana edad, calvo y con gafas. El olor a tabaco ataca mi nariz y veo que en su mano izquierda, de dedos largos y amarillentos, se encuentra un cigarrillo estrecho y alargado. Asiento—. Perdón entonces, ahora abro.
Observo como da una última calada al cigarrillo, lo tira a la acera y se saca un manojo de llaves del bolsillo del abrigo. La inquietud se apodera poco a poco de mi estómago.
—En realidad —digo al entrar en la tienda, aún a oscuras—, venía a buscar un objeto que vendió mi hermana la semana pasada por error.
—¿La semana pasada? —dice el hombre. Enciende las luces y se coloca detrás del mostrador.
—El fin de semana pasado, una casa en la Calle del Pinar vendía cachivaches curiosos que se habían acumulado en el ático. Nada de mucha importancia, pero ese collar tiene valor sentimental. Seguro que lo entiende.
Rezo con todas las fuerzas para que mi tono suene mayormente desinteresado y que mi mirada no brille de ansiedad.
—Sí, recuerdo la casa ahora que lo comenta. Siento decirle que algo de esa compra sí he vendido. ¿Qué es lo que busca? —La mirada del hombre es inquisitiva pero no parece desconfiada.
—Un collar, pertenecía a mi abuela. La cadena es de plata y el colgante verde.
El hombre asiente, se acaricia la barbilla y desvía la mirada hacia una estantería distante.
—Las joyas están al fondo de la tienda. He vendido varios collares estos días, pero no puedo asegurarle que el suyo fuera uno de ellos. Mi memoria ya no es la que era.
Sonrío y me dirijo hacia el fondo de la tienda, donde el olor a metal y tierra va profundizando en mi nariz y me recuerda porqué es básico que recupere ese collar.
Lo veo colgando en lo alto de una reja decorada con otras muchas joyas, todas preciosas pero seguro que no tan vitales como la mía.
—Parece que he tenido suerte, ¡aquí está! —grito. Y al girarme me encuentro al hombre justo a mi espalda sonriendo ligeramente. Un escalofrío me recorre la columna y trato de disimularlo.
—Me alegro.

Después de devolverle lo que pagó a mi hermana más un diez por ciento como compensación por la pérdida del objeto, me dirijo a casa con un paso tranquilo que esconde mi felicidad y las ganas que tengo de entrar en mi habitación, sacar el libro que he traído de la universidad y verificar de una vez por todas que el collar de mi abuela es en realidad lo que creo que es.
Por suerte cuando llego a casa Clara no está.
Abro mi maleta, saco el paquete bien envuelto que escondía entre mis camisas y de entre papeles y tela aparece mi último descubrimiento, el libro que lo puede cambiar todo, el libro que puede traer los muertos a la vida.
Es de piel oscura, un marrón casi negro suave y frío. No tiene título, tan sólo el gravado de un Sol junto a una calavera y no puede abrirse. La cerradura lateral se ha resistido a todos mis intentos y esfuerzos. Sólo al estudiar mejor el agujero de la parte inferior y la historia alrededor del libro descubrí que la llave no era algo convencional, era un collar que había estado en mi familia durante años.

Coloco la piedra en el agujero y tras dos segundos de intenso silencio un suave click llega a mis oídos. Abro el libro y empiezo a leer. Efectivamente, el poder de la resurrección descansa en mis manos.

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