Relato 2 | Las ciudades de los muertos

¡Hola!

Hoy os presento el segundo reto mensual 2017 que han preparado los chicos del El libro del escritor. Como ya ocurrió en el reto de enero, para la trama he usado los dados Rory’s Story Cubes y podréis ver el resultado de la tirada que inspiró el relato al final ^^

Como el reto es para 52 relatos y yo, después del año pasado, me he puesto el objetivo de escribir 12, voy saltando, más o menos, de 4 en 4 y escojo el que más me llama la atención.

Relato 2: Usa la frase: “En el oeste se encontraban las ciudades de los muertos” para hacer una composición creativa.

En el oeste se encontraban las ciudades de los muertos.
Una vez al año Joffrey subía la pequeña colina frente a ellas y pagaba sus respetos. Si no hubiera sido por sus habitantes él no estaría allí, su familia probablemente tampoco. Las vistas y el ambiente, frío, gris e imperturbable, siempre se cerraban entorno a su corazón, le recordaban lo que había aprendido en el colegio y le hacían sentir ganas de llorar. A veces lo hacía, otras no. Una gota cayó del cielo y dio de lleno en su frente. Otras la acompañaron y el chico se refugió bajo uno de los altos pinos que habían sobrevivido la violencia de la zona, su corteza plagada de cicatrices y, seguro, recuerdos horribles. A los pocos segundos dejó de llover y Joffrey pensó que sería el momento perfecto para volver a casa, no quería que una posible tormenta le pillara aún en la colina.
El aleteo de un pájaro le asustó y seguido de él escuchó el crujir de una rama y el murmurar de una voz grave. El corazón empezó a latirle con fuerza, ¿quién podía ser? Nunca se había topado con nadie en sus visitas, no en diez años. Muchos opinaban como él en el pueblo, pero cada uno tenía su modo propio y particular de honrar al pasado.
De entre los árboles surgió la figura de un chico joven, no más de quince o dieciséis años. Piel morena, cabello oscuro y ojos verdes. El corazón de Joffrey, acelerado por la anticipación, paró súbitamente de miedo y el chico sintió que les flaqueaban las piernas. ¿Qué hacía él allí? Joffrey se obligó a respirar hondo, a calmarse y recordar que, gracias a los que yacían en camas de mármol a su espalda, vivía en tiempos de paz.

El recién llegado se percató también de su presencia y sus facciones se endurecieron al verse acompañado. Los chicos se observaron fijamente, atentos a cualquier signo de hostilidad. Pasados los minutos Joffrey exhaló sonoramente y saludó al desconocido.
—Buenas tardes —dijo con voz ronca y sintiendo como poco a poco sus músculos iban destensándose.
—Buenas tardes —respondió el chico de ojos verdes, sus ojos por fin desviándose de la figura de Joffrey —. ¿No habrás visto un gran perro gris, verdad? —preguntó el recién llegado, su mirada ahora centrada en los bajos edificios más allá de la colina.
—No, lo siento.
—Mierda. Dije a mis padres que solo iba a dar una vuelta pero Aja se escapó mientras estaba meando y ahora llegaré tarde a cenar y mis padres se enterarán de que he cruzado y el castigo será monumental.
Joffrey cerró la boca, tragó saliva y pestañeó rápidamente para que la sorpresa no se reflejara de un modo tan obvio en sus facciones. No es que nunca hubiera escuchado a alguien del otro lado hablar, es que los mercaderes e incluso su profesor se esforzaban por neutralizar su marcado acento y esa manera tan natural de expresarse, que no tenían en cuenta las sensibilidades de su público.
—Lo siento, no he visto a ningún perro —repitió Joffrey para dejar de parecer un pasmarote.
—En realidad es una hembra —aclaró el otro chico—. Muy grande, blanca y cariñosa.
Joffrey miró a un  lado y a otro de la colina y una idea se le apareció en la mente, descabellada y ligeramente peligrosa.
—¿Quieres que te ayude a encontrarla? —se ofreció—. Me llamo Joffrey.

Si después de tantos años acudiendo a la colina a visitar las ciudades de los muertos había encontrado a alguien en su camino, y no un chico cualquiera, un chico del otro lado, eso tenía que significar algo ¿cierto? Le ayudaría y un pequeño gesto más de bondad entre los dos pueblos sería colocado junto a la inmensa montaña de mal, terror, violencia y sufrimiento del pasado. Y quizá algún día, dentro de muchos años, cuando el bien superase al mal, la montaña del primero se tambalearía y caería sobre la del segundo para enterrarla y sólo dejar ver pequeños destellos oscuros que sirvieran de recuerdo y aviso.

—¿De verdad? —el chico parecía genuinamente sorprendido y a la vez agradecido. Joffrey le devolvió la sonrisa y asintió—. Yo soy Mateo, encantado.
El chico, Mateo, se acercó, le abrazó y le dio un beso en la mejilla izquierda. El contacto abrumó a Joffrey y la sorpresa se apodera de su cuerpo, impidiéndole apartarse de un empujón, sobresaltado. Aún y así Mateo sintió la incomodidad en su nuevo amigo y al apartarse un rubor furibundo teñía su cara.
—Perdón, lo siento. Eres la primera persona del otro lado que conozco.
—¿No tenéis a nadie de Kostera en Montealto? —preguntó sorprendido Joffrey.
—¡Sí! Claro que sí, pero esos no cuentan —respondió Mateo, un aire despreocupado de nuevo en sus gestos—. Ellos están acostumbrados, puede que no les guste pero lo aceptan sin sorpresas.
—Lo siento, no lo esperaba —se disculpó Joffrey.
—No pasa nada, es normal. Nuestros pueblos no son demasiado cercanos que digamos— La sonrisa blanca y brillante del chico desapareció por unos segundos, sus ojos verdes fijos en el inmenso cementerio dividido en dos. Las ciudades de los muertos, división entre pueblos que antaño vivieron siglos enfrentados.
—¿Aja, has dicho que se llamaba? —preguntó Joffrey. Mateo retornó su mirada hacia él, asintió y la sonrisa volvió a su rostro.

Bajaron la colina gritando el nombre del animal, mirando detrás de cada roca y de cada gran árbol, pero sin éxito. Al llegar al cruce que indicaba el camino hacia Kostera, Montealto o Las ciudades de los muertos empezó a llover de nuevo y oyeron, a lo lejos, el ladrido de un perro. Corrieron hacia el oeste, las finas gotas de agua empapando su cabello y su ropa y las ramas y hojas secas crujiendo bajo sus pies.
Aja les esperaba, tranquila e impávida ante la lluvia, en la entrada al cementerio que albergaba todas las familias de Montealto muertas durante la guerra. Mateo abrazó al animal, lo acarició y besó con cariño antes de reprenderle por haberse escapado.
—Muchas gracias por ayudarme —le agradeció luego el chico.
—No he hecho nada.
—Podrías haber decidido no ayudarme —Joffrey sintió que enrojecía y se encogió de hombros.
—Ha sido una tarde diferente. Espero que tus padres no te castiguen.
—Bueno, me caerá una bronca bastante gorda por llegar tarde y mojado, pero nada más.
—Entonces mejor nos despedimos —dijo Joffrey con una sonrisa. El buen ánimo de Mateo es realmente contagioso.
—Espero que nos veamos pronto —respondió este. Su cuerpo se inclinó hacia delante y súbitamente volvió hacia atrás. Joffrey le miró sorprendido durante un milisegundo y luego lo entendió, el chico iba a abrazarle de nuevo.
—Puedes abrazarme si quieres —respondió sintiendo que enrojecía de nuevo—, ambos estamos empapados.
Mateo le abrazó, su cuerpo delgado y fuerte desprendía calor pese al ambiente fresco del anochecer.
—De nuevo gracias por todo.
—A ti.

Ambos chicos emprendieron su camino a casa por senderos opuestos, ambos sonreían, ambos estaban tranquilos. Dejó de llover y las nubes dejaron paso a las brillantes estrellas. Los muertos, a sus espaldas, descansaban.

*

¿Qué os ha parecido?

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2 Replies to “Relato 2 | Las ciudades de los muertos”

    1. les cares son una mica les emocions del prota, llavors la pluja que cau, com el paracaigudes i l’hombra es l’ensurt, el móvil es cridar a la gossa, que es l’animal (obella) i la llun que es fa de nit XD

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