Relato 3 | Por amor al arte

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In extremis, pero aquí tenéis mi relato para este mes de marzo. Espero que os guste y como siempre, al final tenéis la fotografía de lo que salió en los dados, esta vez 7 en vez de nueve porque dos ya iban impuestos en el reto mismo.

Relato 3: Escribe un relato que integre las palabras ‘luz’ y ‘cuadro’ como elementos relevantes del argumento.

La primera vez que estuve en casa de Antón fue un sábado por la tarde a los dieciséis años. Nos había tocado ser pareja en el trabajo trimestral de historia y debíamos investigar sobre los egipcios para hacer una presentación en clase. Recuerdo entrar en el salón y sentirme diminuta y fea ante los muebles modernos de la sala y la preciosa luz dorada que entraba por los altos ventanales. No había nube en el cielo ni altos árboles en el cuidado jardín que empañaran el poder del Sol. Recuerdo que su madre nos trajo la merienda y nos colocamos en la mesa principal del salón con el Mac de Antón para empezar a buscar información, copiar y pegar párrafos enteros y discutir sobre tipografías. Me alegró no tener que abandonar aquel lugar por su habitación, había algo en ese suelo oscuro que enganchaba a él mis pies, los muebles claros tiraban de mí para que no les abandonara. Y entre mordisco y mordisco de mi sándwich de jamón y queso descubrí la razón. Era un cuadro precioso, de colores pálidos y trazos marcados representando un campo de amapolas mecidas por el viento. Una sombra desdibujada a lo lejos parece que dé la espalda al espectador, o quizá lo que hace es observarle atentamente esperando su reacción. Nunca he acabado de decidirme, pero mi reacción en aquel momento fue de asombro, de un embelesamiento tal que ya no pude concentrarme más en momias, esclavos ni pirámides. Estoy segura de que Antón se dio cuenta de mi nula atención hacia el trabajo pero no dijo nada, acabó de recopilar la información y al acabar me acompañó hasta la parada del autobús.

No pude olvidar el cuadro. Sus colores se me presentaban en sueños y al despertar añoraba aquella sensación de calma que transmitía la inexistente brisa que mecía las amapolas. Quería hablar con Antón, inventar cualquier excusa con tal de volver a su casa, pero no teníamos nada más en común que aquel trabajo de historia y mi timidez siempre acababa ganando a la necesidad de contemplar una vez más aquel paisaje.

 

La segunda vez que estuve en casa de Antón fue un año después, la noche de su cumpleaños. Que me invitara fue toda una sorpresa y más aún escucharme decir que sí. Cuando llegué ya había bastantes invitados, compañeros de clase de los que poco conocía a parte de su nombre y sus notas y la música fluía desde el jardín por todos los rincones de la casa. El salón había sido decorado con banderillas de colores que colgaban del techo y varios globos dorados iban de una esquina a otra por el suelo. El cuadro, mi cuadro, seguía en su sitio y tan precioso como la primera vez que lo vi. Había pensado, y temido, que quizá en el recuerdo lo había idealizado, dotado de cualidades que no había tenido nunca, pero sentí un alivio inmenso al asegurarme de que todos los detalles y sensaciones seguían ahí, en mi.

Nunca supe quién lo pintó, nunca lo pregunté, pero lo que sí hice fue empezar a fijarme en todos los cuadros y pinturas que se cruzaban en mi camino y descubrí que muchos de ellos despertaban en mí sensaciones parecidas; un anhelo agudo, un ansia de posesión, un respeto profundo. Poco a poco fui interesándome más y más por el mundo del arte, de la pintura, el dibujo y todas sus variantes, y fue ese obcecado interés el que me llevó a la universidad. Sin él no quiero pensar donde habría acabado.

Aquella noche, además, fue mi primer beso. Estaba sentada en el jardín, colocada estratégicamente para poder contemplar el cuadro sin parecer demasiado apartada de la fiesta. Contemplaba cómo las luces de colores que había en el jardín rozaban el lienzo y por unos segundos cambiaban por completo su atmósfera. Rojo, azul, verde y de nuevo el blanco del comedor. Rabia, tristeza, confusión y tranquilidad se seguían en un marcado ritmo que, cuando fue obstruido por un cuerpo frente a mi me quedé helada, sin saber qué sentir. Antón me cogió de la mano, hizo que me levantara y me besó. Primero me asaltó la rabia, quería continuar con mi estudio de aquel prado; luego la confusión tomó protagonismo en mi mente, ¿por qué me besaba Antón? para pasar rápidamente a la tristeza, mi primer beso no había sido nada espectacular como todos decían que debía ser. Cuando Antón se apartó y el cuadro volvió a entrar dentro de mi campo de visión la tranquilidad retornó y sonreí. Antón creyó que le sonreía a él y acabamos por hacernos novios.

 

Muchas más veces fui a casa de Antón. Mañanas, tardes y noches que me permitieron contemplar el cuadro incluso del revés. No sentía nada hacia Antón, ni mariposas en el estómago ni la flecha de Cupido en el corazón, pero sí me caía bien y quizá por asociar su presencia a la del cuadro estar con él me tranquilizaba y me infundía unas fuerzas que estando sola jamás habría conseguido.

La última vez que estuve en casa de Antón fue también la primera vez que cometí un robo. Ese mismo día por la tarde habíamos cortado, la distancia entre nuestras universidades un bache por el que no queríamos —Antón no quería— pasar. Yo sabía que ese día iba a llegar, que nuestra relación no sería eterna, pero me dolió de todos modos. Como he dicho, a mi manera quería a Antón.  Pero también quería aquella pintura, así que a media noche me escapé de casa, cogí el coche de mi hermano y la copia de las llaves de casa de Antón que había hecho a sus espaldas y robé el cuadro. Sabía que ese día llegaría y había tomado medidas.

La excitación y la adrenalina que sentí en ese momento no he vuelto a sentirlas de nuevo, tampoco la alegría de ver finalmente aquella luz clara y primaveral iluminar mis escasas posesiones, pero sí he sentido la emoción de colgar de la fachada de un edificio y entrar en un museo sin ser vista, de pasar frente a esas lucecitas rojas y saber que voy a llevarme una de las obras sin dejar huella. He recorrido el mundo de museo en museo, ganándome la vida con lo que más me gusta y todo por un cuadro que no tiene más valor que los incalculables sentimientos que me produce. Mi vida era un juego de dados, de mi insípida personalidad podría haber salido cualquier resultado, y salió la magnífica tirada del arte. No me arrepiento de nada.

Por cierto, siempre devuelvo todo lo que robo —ese es mi trabajo, demostrar que se puede robar—,pero ese cuadro con el campo de amapolas y la extraña figura difuminada sigue colgando de mi habitación.

 

relato de marzo reto escritura creativa

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2 comentarios sobre “Relato 3 | Por amor al arte

  1. Woooo pues m’ha agradat força, crec que és dels més originals que t’he llegit últimament! Tant pel tema del quadre en si, que és interessant, com pel final.

    Em pregunto si ara que té el quadre a disposició ha pogut indagar-ne l’autoria ù.ú

    PD: Con esa L del dado podrías haber hecho una historia sobre Luigi (hermano de Mario xD)… wasted opportunity xDDDD Luigi salvando el mundo de unos paracaídistas que tiran flechas, plantando árboles para que los paracaídas se enreden en ellos ù.ú xDDDDD

    PD 2: M’he recordat sobre cert home que va robar cert Van Gogh amb un cachiporrazo XDDDDDD

    PD 3: Antón es un nom una mica repelent ò.o I aquí “nos colocamos en la mesa principal del salón con el Mac de Antón” he llegit “en la mesa principal del salón con Marco Antonio” ^o^

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