Relato 3 | Por amor al arte

reto escitura relato marzo

In extremis, pero aquí tenéis mi relato para este mes de marzo. Espero que os guste y como siempre, al final tenéis la fotografía de lo que salió en los dados, esta vez 7 en vez de nueve porque dos ya iban impuestos en el reto mismo.

Relato 3: Escribe un relato que integre las palabras ‘luz’ y ‘cuadro’ como elementos relevantes del argumento.

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Relato 1 | Feliz año nuevo

¡Buenas!

Como ya sabréis el año pasado realicé el reto de escribir 52 relatos (uno por semana, más o menos….) que proponían los chicos de El libro del escritor, este año 2017 me vuelvo a sumar a tan fantástica idea pero pasando a escribir uno al mes. Además, como los reyes me trajeron Los Rory’s Story Cubes, he decidio que escribiré los retos según lo que me salga de los dados, por lo que después del relato añadiré la foto para que podáis ver de dónde ha salido cada historia ^^

Si queréis leer los relatos del año pasado podéis hacerlo aquí.
Para empezar con los de este año… ¡adelante!

1r Relato: Escribe un relato que comience en un día de Año Nuevo.

Jonás maldijo en voz baja y se vio obligado a quitarse los guantes.
No sólo tenía que ir al trabajo en día de año nuevo a buscar unos papeles si no que ahora le ocurría esto. Maravilloso presagio de cómo iba a ir el año.

Era una tarde fría y gris que había dejado las calles desangeladas. Los coches y los autobuses se sucedían uno detrás de otro, con sus pasajeros calentitos y cómodos en su interior, pero apenas un puñado de gente podía verse por la calle.
Jonás volvió a maldecir, esta vez sin preocuparse quién pudiera escucharle. El jodido candado de la bicicleta se negaba a abrirse y le tenía de cuclillas en medio de la calle, exasperado y deseando irse a casa. Maldijo de nuevo, en voz alta, desahogando su frustración y volvió a intentarlo una vez más antes de darle una patada a la vieja bicicleta y dejara allí para que alguien la robara, o no ¿quién iba a querer ese cúmulo de chatarra?
—¡Gracias! ¡Por fin, joder! —exclamó al notar que la llave giraba y ver al candado abrirse. Una risita a sus espalda le obligó a darse la vuelta.
Cuando vio quién era se sintió transportado al infierno del calor que empezó a subir por sus mejillas y el sudor que se instaló en las palmas de sus manos. Hacía semanas que no la veía.
—Parece que el hombre ha triunfado sobre la malvada bicicleta —Era la primera vez que Jonás escuchaba su voz. Era agradable, suave y la diversión fluía en ella en suaves olas—. Soy Carla, nos hemos visto con la bici.
—Sí, sí, lo sé. Soy Jonás.
El chico extendió la mano desnuda y cuando Carla se la estrechó sintió que debajo de los guantes de lana había una mano pequeña pero fuerte.
—¿Has venido a trabajar en un día como hoy? —preguntó al chica.
—No, sólo he tenido que venir a buscar unas facturas —explicó Jonás. Guardó la llave en el bolsillo del abrigo—. ¿Y tú?
—Tenía que acabar un proyecto, así que vine a pasar unas horas en la oficina.
Jonás asintió y sin saber qué más decir volvió a ponerse el guante y poco a poco sintió que sus dedos volvían a la vida.
El aire se había vuelto a levantar y mechones de cabello pelirrojo danzaban enfrente de la cara pecosa de Carla. Jonás se metió ambas manos en los bolsillos para evitar estirar un brazo y apartárselos de cara, avanzar y observar por primera vez de cerca esos ojos verdes que buscaba cada mañana de camino al trabajo.
—¿Dónde trabajas? —preguntó ella al fin.
—Aquí en frente, en un despacho contable. ¿Y tú?
—Una calle más arriba. En un despacho de arquitectos.
—Vaya, qué guay —dijo Jonás. Y acto seguido sintió unas enormes ganas de darse en la cabeza con el candado de la bicicleta, qué respuesta más estúpida. Carla sonrió y se encogió de hombros.
Había sido consciente de su existencia una mañana meses atrás, cuando el tiempo aún era agradable y el sol brillaba durante horas. Jonás sufría por llegar puntual al trabajo, arrastrando como cada día el vejestorio de su bicicleta, pedalada a pedalada, cuando se vio adelantado por una nariz respingona avanzando a la velocidad del rayo seguida de una melena pelirroja. Dos días después habían coincidido en un semáforo; la chica le había visto, le había sonreído y Jonás sintió que se enamoraba perdidamente. Desde entonces la había buscado cada día, primero con su chaqueta de cuero negro y luego con el abrigo amarillo con capucha que vestía ahora, y siempre que habían coincidido en algún cruce o espera se habían sonreído, incluso alguna vez ella había hecho sonar su timbre al adelantarle, siempre recta y veloz como una flecha.
—¿Tienes frío?¿Quieres ir a tomar un café?
—Claro, por supuesto. Al café, claro. —balbuceó Jonás. ¿Cómo podía haber preguntado eso con tanta calma? ¿Era una cita? ¿El inicio de una? ¿Sólo su imaginación jugando con él? Quizá se había desmayado a los pies de la bicicleta por el frío y todo esto eran alucinaciones…
—Conozco un sitio muy chulo a la vuelta de la esquina donde podrás guardar la bicicleta dentro —dijo ella con una sonrisa.
—Gracias. ¿Tú no has venido en bici hoy? —preguntó Jonás mientras guardaba el candado en la mochila. Sacó la bicicleta de su sitio y empezó a andar siguiendo a Carla.
—No, con este frío hoy he cogido el autobús.
—Bien hecho —dijo Jonás sin pensar y al ver la mirada divertida de Carla clavó los ojos en el suelo y añadió—: Mi combinación es tan mala que o vengo en bici o llego demasiado pronto o demasiado tarde.
—Entonces te vendrá bien tomar algo caliente antes de volver a casa.
—Seguro que sí.

Jonás llegó a su pequeño apartamento sin apenas haber registrado el frío polar que hacía en el exterior a esas horas. El recuerdo de la sonrisa de Carla, sus ojos verdes y el movimiento circular que hacía con las muñecas al ponerse el pelo detrás de las orejas le habían tenido muy ocupado. Esperaba que a la mañana siguiente aun conservaran su fuerza, si no tendría que recargar las pilas cuando volvieran a verse el sábado. Ese sí era un maravilloso presagio de cómo podía ir el año.

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¿Qué os dicen estas imágenes a vosotros?

Retos 51 & 52 – Felices para siempre

¡No me lo puedo creer! Lo he conseguido >_______< Sí, he tenido que hacer un sprint súper spamer pero lo he logrado 😀

¡Feliz año a todos!

Semana 51: Reescribe un cuento de hadas clásico.

Había una vez un hermano y una hermana que vivían en lo más profundo del bosque. Su padre les obligaba a cazar para tener qué llevarse a la boca, les hacía pasar horas en busca de madera para quemar y entrar en calor, les encargaba curtir las pieles de sus presas y, en resumen, les hacía trabajar de sol a sol sin que apenas pudieran disfrutar de los resultados de su arduo trabajo.
Un día Hansel, el hermano, le dijo a Gretel, su hermana:
—Estoy harto de esta vida de trabajo y pobreza. Huyamos de aquí.
—¿Y dónde iremos?
—Cualquier sitio será mejor que este.

Los hermanos trazaron un sencillo plan; aprovecharían que el tiempo había empezado a mejorar para escapar por la noche, se llevarían con ellos toda la comida que pudieran cargar y no mirarían atrás.

Caminaron y caminaron, a través de bosques, prados y ríos, siempre alejándose de su destartalada casa y del pueblo al que acudían los días de mercado. No pensaban en su padre, al que habían abandonado, sólo en su futuro; un lugar cálido, lleno de comida y cualquier cosa que ansiaran.

Después de tres días, cuando la comida empezaba a escasear, encontraron una casa algo destartalada en medio de un claro. Llamaron a la puerta y nadie abrió, observaron por las ventanas sucias y entre las cortinas roídas y vieron una mujer mayor tumbada en la cama, parecía dormida.
Volvieron a llamar a la puerta y al ver que no lograban despertarla trataron de abrir la puerta ellos mismos. Tras un par de fuertes empujones lograron desencajar el tablón de madera y entrar en la casa, oscura y llena de polvo.

Se acercaron a la mujer y vieron que respiraba con dificultad.
—Señora, ¿se encuentra bien? —preguntó Gretel desde los pies de la cama.
—Niña, ¿cómo has llegado hasta aquí? —preguntó una voz temblorosa de entre el cabello gris. Gretel se acercó y peinó a la mujer, dejando a la vista una cara imposiblemente vieja, inundada de arrugas que se replegaban una sobre la otra y de las que sobresalían unos ojos diminutos y una nariz enorme. La mujer cogió a Gretel del brazo y le clavó las uñas con fuerza. Pese al abrigo que llevaba Gretel sintió las uñas puntiagudas en su piel.
—¡Aléjate! -gritó de golpe Hansel—. Es una bruja.
El chico ayudó a su hermana a separarse de la bruja, quién empezó a maldecir entre resoplidos y gruñidos.
—¿Cómo lo has sabido?
—He encontrado restos de huesos humanos en el horno —Gretel trató de suprimir un escalofrío y se alejó aun más de la cama—. Oí en el pueblo que la gran bruja estaba enferma, un conjuro que había salido mal. Dijeron que necesitaba comer niños para curarse.
—Si me ayudáis, si me salváis, os daré todo lo que queráis —dijo la bruja desde la cama, mirándoles con maldad en sus ojos violáceos.
—No vamos a hacer nada de eso —dijo Gretel, el coraje había vuelto a ella —. Esperaremos a que mueras y entonces tu poder será nuestro.
—¿Cómo? —se sorprendió Hansel, a la vez que la bruja exclamaba:
—¿¡Cómo sabes eso, niña inmunda?!
—Lo dijo mi madre hace mucho tiempo, antes de morir. Las brujas tienen un demonio en su interior, cuando mueren ese demonio vaga por el mundo hasta encontrar un nuevo cuerpo. Así para siempre.
—¿De verdad?
—Madre dijo que por eso había abandonado a su familia, por eso decidió vivir en medio del bosque, para que el demonio que se había apoderado de su hermana no volviera jamás a por ella.
—Y por eso padre siempre la resintió, por obligarle a dejarlo todo —dijo Hansel. Gretel asintió con una sonrisa.
—Esta puede ser nuestra oportunidad. Podemos capturar al demonio y obligarle a que cumpla todos nuestros deseos si quiere que le liberemos —susurró Gretel para que la bruja no pudiera oírla.
—¿Funcionaría?
—Cualquier cosa que suceda será mejor que habernos quedado en casa.
—Tienes razón.

Y así lo hicieron. Los dos hermanos vivieron en casa de la bruja hasta que está murió y cuando el demonio salió de su cuerpo; horriblemente feo, rojo y negro, con alas viscosas y garras putrefactas, Hansel y Gretel lo atraparon en un círculo de sal y virutas de hierro. Pidieron no pasar hambre nunca más, no pasar jamás frío y dinero para todo lo que pudieran necesitar. El demonio convirtió la casa, paredes, cristales y cimientos en golosinas y encendió el horno con una llama tan poderosa que no pudieron volver a apagarlo nunca más. Echaron en él el cadáver de la bruja. En cuanto al dinero, el demonio sólo dijo que usaran bien el cerebro, por lo que tras días de comer deliciosos dulces, comprendieron qué era lo que el demonio había querido decir.
Hansel y Gretel empezaron a vender partes de la casa de la bruja, delicados pedazos de mazapán, chocolate y caramelo que eran las delicias de cuantos pequeños y mayores acudían al mercado.

Jamás volvieron a ver al demonio, tampoco a su padre, y murieron pocos años después en un incendio nocturno que derritió entera la casa de chucherías.

Semana 52: Escribe un relato de un personaje que encuentra una corbata y no sabe cómo ha llegado allí.

Entre los arbustos algo morado llama la atención de Marina. Se acerca, curiosa, y distingue un trozo de tela. Es alargado, más ancho por un extremo que por el otro y de un material suave y brillante que jamás ha visto. Extrañamente huele a azahar. Lo examina con más detenimiento y distingue diminutos rombos dorados entre la oscuridad púrpura. La respiración se le traba y mira hacia el cielo. No falta nada, todo lo que alcanzan a ver sus ojos es de un azul vibrante, sin nubes ni pájaros. Suspira aliviada, por un momento ha creído que el cielo se rompía y un pedazo de anochecer se había desprendido de lo más alto.
Un chapoteo llega a sus oídos y con el pedazo de tela bien sujeto entre sus dedos avanza hacia el río. Se esconde tras uno de los altos pinos y descubre que hay alguien bañándose allí. Es un hombre alto y delgado, su pecho está al descubierto y se ha arremangado los pantalones hasta las rodillas. Se le marcan ligeramente las costillas y no tiene apenas músculos en los brazos. Su nariz es larga y estrecha, su barba corta y cuidada, oscura como su cabello. ¿De dónde viene?
Sus pantalones son negros como la noche y se le amoldan perfectamente al culo y las pantorrillas. El resto de lo que parece ser su ropa está junto a unas rocas de la orilla. Todo blanco y negro, impoluto y perfecto, sin remiendo alguno. Sus zapatos se ven duros, en excelente estado y muy cómodos.
El hombre sale del río y usa lo que parece una chaqueta para secarse la cara y el torso. La deja caer sobre las piedras como si fuera un trapo inservible y vuelve a colocarse bien los pantalones. El hombre mira a su alrededor y sonríe.

Por la magia de la tierra que ese hombre ha de tener muchísimo dinero, ¿cómo si no va a permitirse esas telas?, se dice Marina. Respira hondo y sale de su escondite.
—Perdone, creo que esto es suyo —dice.
El hombre se asusta ante la intromisión, mira a un lado y a otro con nerviosismo y finalmente parece relajarse y sonríe también.
—Muchas gracias —dice.
—¿Qué es? ¿Para qué sirve?
—Es… una corbata. Se coloca en el cuello, como adorno.
—Es muy bonita —Marina mira el trozo de tela, la corbata, una vez más y se la acerca al hombre—. Aquí tiene.
—Puedes quedártela, si te gusta —dice él con una pequeña sonrisa—. Pero no la enseñes mucho.
—¿Es poderosa? ¿Tiene magia? —pregunta Marina emocionada. La magia siempre se le ha dado fatal, quizá pueda usar esa corbata como canalizador. La sonrisa del hombre desaparece y su mirada se vuelve dura.
—¿Magia? —Un mal presentimiento se adueña de Marina y le impide contestar. Se muerde el labio inferior mientras repasa la situación. ¿Es ese hombre peligroso?
—Lo siento, parece que he olvidado mis modales —dice él de repente. Su sonrisa ha vuelto y sus ojos oscuros vuelven a brillar con inteligencia y curiosidad—. Mi nombre es Jonás.
Jonás extiende la mano y Marina la encaja, sintiendo que se ruboriza ligeramente.
—Yo soy Marina, encantada.
—Marina, verás… ¿Puedes decir dónde estoy? —La voz del hombre es casi un susurro, sus ojos vuelven a vagar del río a los árboles y Marina puede sentir su incomodidad envuelta en una energía vibrante de excitación.
No cree que ese hombre sea peligroso, pero sí es extraño.
—Estamos a las afueras de Pyurth, mi pueblo. Ese es el río Urth. ¿De dónde sois vos?
—Oh, no me hables de usted, por favor. ¿Pyurth? No me suena de nada…¿En qué año estamos? ¿Estamos en España? Por favor dime que estamos en la Península Ibérica?
—Siento decirle, decirte, que no me suena ningún lugar con ese nombre. ¿Está bien? ¿Se ha dado un golpe en la cabeza? ¡Ya sé! Alguien le ha hechizado. Se ha encontrado con bandidos en el camino que al ver sus ropas han querido atracarle. Por eso no lleva equipaje —dice Marina con una gran sonrisa. Empezaba a asustarse, pero ahora todo tenía sentido.
—Vale, puede que sí esté algo descolocado…
Jonás se alejó unos pasos y se puso a murmurar para sí mismo. Marina no entendía muchas de las palabras que decía, como “universoparalelo” o “desvíocuantico” por lo que imaginó que estaría realizando algún tipo de contra hechizo. Era fascinante. Seguro que se había topado con un gran mago. Por todos era bien sabido que los grandes magos llevaban barba y eran algo excéntricos.
A los pocos minutos Jonás volvió a acercarse, se sentó sobre una de las piedras e instó a Marina a que hiciera lo mismo.
—¿Qué pensarías si te dijera que no soy de aquí? ¿Qué soy de un mundo completamente diferente, en el que la magia no existe y que he inventado una máquina para viajar entre los dos universos?

Reto 46 & 47 – Amor y sangre

¡Hoy toca ciencia ficción y fantasía!

Semana 46: Escribe una historia que tenga lugar en un taller mecánico.

El taller mecánico abandonado siempre fue lugar de múltiples anécdotas e historias. Durante toda mi infancia y adolescencia fue protagonista de muchos de mis sueños y aventuras; el escondite de los alienígenas, el punto de encuentro entre bandas rivales, un laboratorio secreto en el que experimentaban con humanos… Por eso, cuando llegó mi primer aniversario con Lisa decidí preparar allí una romántica cena con velas, mantel a cuadros y sándwiches preparados por un servidor. Incluso logré llevarme un par de cervezas y una caja de condones sin que mi padre se enterara.

Llegué quince minutos antes y lo coloqué todo en el centro del local, justo encima de una mancha negra que podía ser aceite o sangre. El aire primaveral entraba por las ventanas rotas y me costó encender las velas, colocadas en círculo alrededor del gran mantel que serviría también para que nos sentáramos en él. El ambiente olía a hierro y goma quemada pero no era desagradable. De una de las paredes aún colgaban varias herramientas y en las esquinas se podían encontrar neumáticos de todos los tamaños. Lisa anunció su llegada dando leves golpecitos a la persiana metálica a medio bajar y grité que pasara.
Obviamente no esperaba aquello y aunque al principio le entró la risa por lo ridículo de la situación al final resultó una cena agradable, llena de risas, besos y una conversación plagada de referencias a un futuro en común que reafirmaron mil veces el amor que sentía por ella.
Acabados los sándwiches y las cervezas empezamos a besarnos con más asiduidad y ganas hasta que acabamos los dos sin camiseta, medio cuerpo sobre el mantel y el otro medio sobre el cemento frío y sucio del taller mecánico.
Cuando el suelo empezó a temblar pensé que eran imaginaciones mías producidas por mis hormonas, cuando el temblor fue seguido de gritos alejados y una luz azulada que entraba por la persiana a medio bajar mi cerebro decidió que definitivamente ocurría algo extraño.
Nos separamos y recogimos nuestras camisetas. Nos asomamos por las ventanas rotas y fuimos testigos de la Primera Masacre Alienígena de la Tierra.
Nos miramos asustados y en vez de salir en busca de ayuda decidimos quedarnos allí, recoger cualquier pista de nuestra presencia allí, hacernos con lo que pudiera servirnos de arma, y escondernos detrás de una puerta vieja de camión, apoyada en una esquina.
Nunca vimos los alienígenas con claridad pero escuchamos sus baboseos y aspiraciones tras el latir de nuestros corazones. Pasamos allí escondidos dos días, sin comida ni bebida , sin apenas mover un músculo.

Cuando por fin decidimos salir al exterior estaba toda nuestra ciudad y la mayor parte del planeta estaban destrozados. Pocos sobrevivieron y ninguno supo por qué.
Los alienígenas no han vuelto, pero ahora estamos preparados para defendernos y no se volverá a repetir.

Semana 47: Elige una letra del alfabeto. Encuentra 5 elementos de tu habitación que comiencen por esa letra y escribe un relato sobre alguien que intenta escapar usándolos, al más puro estilo MacGyver.

Estoy en lo que parece un estudio. Las últimas horas de mi vida son una sucesión de imágenes borrosas que no aportan información alguna de cómo he llegado aquí.
He despertado debajo de la mesa, a oscuras y sobre una manta a cuadros escoceses de esos rojos, amarillos y verdes. Sé que cada uno de los colores y estilos representa una familia o clan pero dudo que saber a cuál de ellas pertenece este en particular me ayude.

La puerta está cerrada y las ventanas, aunque se pueden abrir sin problemas das a la más y absoluta nada. Es noche cerrada, la Luna apenas se intuye tras las densas nubes y el rumor de los árboles me llega como un murmullo de ultratumba. Cada vez tengo más miedo y estoy más enfadado conmigo mismo y mi cerebro ¿qué ha ocurrido? ¿por qué no recuerdo nada? Vuelvo a acercarme a la puerta y acerco el oído, silencio absoluto.
Estudio la habitación: es cuadrada, con un escritorio bajo la ventana donde descansan una libreta y un estuche metálico perfectamente colocados en el centro, una silla negra de las ergonómicas, seguro que muy cara, una estantería a mi izquierda con un par de libros escritos en lo que parece algún idioma eslavo y a mi derecha una espada antigua y enorme que cuelga de la pared. Eso me da una idea.
Me subo a la silla y con todas mis fuerzas descuelgo la espada, que cae ruidosamente al suelo y deja varias muescas en el parquet. ¿Por qué me han encerrado en una habitación con un arma? Pesa mucho más de lo que esperaba y la única luz de la habitación otorga al metal un fulgor apagado y frío. ¿Cuántos cientos de años debe de tener? La arrastro por el suelo ignorando los rasguños que la punta deja en el suelo y una vez frente a la puerta distingo un pequeño bote en la esquina. Dejo la espada en el suelo con cuidado y doy los dos pasos que me separan de lo que parece ser un insecticida. Lo observo con atención y decido que puede serme de ayuda, por lo que lo acerco a la puerta y lo vuelvo a dejar en el suelo. Voy a recoger la espada de nuevo cuando más ideas vienen a mi mente. Se supone que estoy preso en un lugar desconocido y voy a intentar fugarme, debería prepararme. ¿Qué hay en ese estudio que pueda servirme? Vuelvo a subirme sobre la silla y estiro con fuerza de los estores que cubren las ventanas, la tela es dura y algo rígida y puede servir para protegerme las manos cuando trate de abrir la puerta a espadazos. También me quedo con el espiral de la libreta, y con el estuche,  me los meto en los bolsillos traseros del pantalón y vuelvo a por la espada. Presto atención, el silencio continua. Me envuelvo una de las manos con el estor y el otro me lo ato al cuello. Me resulta algo complicado coger la espada con la mano vendada de una manera tan tosca pero así no resultaré herido si se desprenden astillas de la puerta cuando la rompa.

El primer golpe de empuñadura contra cerradura resuena por toda la habitación y estoy seguro que si hay alguien en esa casa ahora mismo está de camino al estudio. Pero pasan los segundos y no sucede nada, así que vuelvo a intentarlo. El metal empieza a ceder y la madera se separa de él al tercer golpe. Un par más y la puerta se abre con un silencio que contrasta con las sonoras estocadas anteriores. El pasillo está desierto. Fotografías de paisajes montañosos adornan las paredes. Decido avanzar por la derecha, no sin antes coger el espray anti insectos. Resulta difícil avanzar con todo eso en las manos y el peso de la espada hace estragos en mis músculos. Nunca he sido de hacer deporte y menos aún pesas. Sospeso mis opciones y decido cometer la imprudencia de dejar la espada en el suelo lo más silenciosamente posible. No sé usarla y su peso será un inconveniente si he de luchar o huir. Continuo avanzando con el espray frente a mí y el estor bien enrollado tapándome nariz y boca. Llego a una cocina abierta y un salón comedor. Toda la pared frente a mi da al exterior, a un bosque oscuro que no me augura una huida fácil. Sentada en una butaca una mujer joven me observa con una fina sonrisa en los labios. Estiro el brazo con el espray hacia ella y retrocedo hasta sentir la pared en mi espalda. El estuche y el espiral de la libreta se me clavan en el culo.
—Tranquilo —dice la mujer al levantarse—. Lo has hecho muy bien.
Se acerca con grandes pasos y sus zapatos de tacón repiquetean en el suelo. Cuando está a menos de dos metros de mí me abalanzo sobre ella y vacío el espray sobre sus ojos, nariz y boca. La sorpresa se adueña de ella y aprovecho esos preciosos segundos de incertidumbre que la apresan para darle bien fuerte en la sien con el bote vacío. Se tambalea, choca contra la encimera y se agarra en ella para no caer. Le sangran los ojos y de entre sus finos labios distingo el destello de unos colmillos más largos de lo normal. Sin pensar en lo que estoy haciendo cojo un cuchillo del bloque magnético que hay frente a mí y le atravieso el corazón. Eso no podría haberlo hecho con la espada.

La mujer suelta un rugido animal antes de convertirse en ceniza ante mis ojos. El cuchillo cae al suelo junto a su ropa, joyas y zapatos. No he podido procesar todo lo sucedido cuando un aplauso seco y sonoro a mis espaldas vuelve a poner en alerta mis sentidos. Me giro y encuentro un hombre, otro vampiro, queme observa con diversión.
—Vaya, ella era quien había apostado por ti. Supongo que tenía razón.
—¿Razón en qué? —pregunto. Mi voz suena ronca y gastada pero me sorprende no encontrar miedo en ella.
—En que eras fuerte. Que superarías la prueba.
—¿Qué prueba? —No sé porque hablo cuando tendría que luchar, pero mientras el hombre avanza lentamente hacia mí y yo retrocedo de la cocina al salón, mis manos se dirigen hacia mis bolsillos traseros.
—Esta prueba —dice él extendiendo los brazos.
No sé qué quiere decir con ello pero yo también extiendo mis brazos. En una mano tengo el estuche y en la otra el espiral de la libreta, que he colocado formando una cruz. El vampiro ríe al verlo y sus colmillos aparecen entre sus labios, amenazantes y estilizados.
—Eso no sirve para nada —Antes de que mi cerebro haya podido procesar la última palabra el hombre se me planta delante y me abraza con fuerza—. No hay huida posible, sólo existe la muerte o esto —susurra antes de clavarme los colmillos en el cuello.

 

Reto 43 & 44 & 45 -Decisiones

”Nueva entrada triple que nos acerca poco a poco al fin!!

Semana 43: Escribe una metáfora sobre el primer objeto que veas al apartar tu mirada de la pantalla. Haz un relato que la integre.

—Verás, la vida es como tu pulsera de cuentas favorita —dice mi madre. Siempre ha tenido una mente dispersa pero oportuna, por lo que trato de controlar mis sollozos y espero a que siga hablando—. La estrenas y eres muy feliz con ella, brillante e impoluta. Pero con el tiempo la cuerda se desgasta y tienes que ir con cuidado hasta que si quieres conservarla debes rehacerla, cambiar la cuerda por una nueva y quizá cambiar el orden de las cuentas.
—No lo entiendo, ¿qué tiene que ver esto con que Luis me ha dejado? —digo reprimiendo una nueva oleada de lágrimas. Mi madre me abraza de nuevo y sigue con su extraña metáfora.
—Tiene que ver con que en la vida nada es para siempre, no al 100%. Todo cambia o se desintegra. Si quieres conservar la pulsera debes cambiar algún aspecto de ella, la cuerda, el cierre, lo que sea que no funciona; igual que en la vida. Desgraciadamente vuestra relación no funcionaba y tuvo que cambiar, pero no por ello tú eres una persona diferente, sólo ha cambiado tu alrededor, tu perspectiva, y ésta te ayudará a continuar.
—O sea, que todo va bien hasta el momento en el que no —refunfuño.
—Por supuesto. Pero lo importante no es sólo rehacernos de las dificultades, si no saber qué era lo que las ha provocado para sustituirlo y mejorar.
—Eres muy rara —susurro con una sonrisa triste. He dejado de llorar pero sigue doliéndome el corazón.
—Bueno, ha sido lo primero que se me ha venido a la cabeza. ¿Cuántos años hace que tienes esta pulsera? —pregunta señalando mi muñeca derecha.
—Ni idea —sonrío—. Me la hiciste tú.
—Y ha crecido contigo, la has cuidado y mejorado ¿verdad? —asiento—. Pues eso es lo que tienes que hacer con tu vida.
—Pero tú estarás a mi lado ¿no?
—Claro que sí.

Me abraza y siento su corazón latir. Mi madre puede ser un poco rara, pero siempre logra hacerme sentir mejor.

Semana 44:Comienza un relato con: “No te volveré a fallar, te lo juro”.

—No te volveré a fallar, te lo juro.
Esas palabras le perseguirán toda su vida.
—Entonces ya sabes qué hacer. El señor Torres debe demasiado dinero, haz que pague o… —Aquella sonrisa también se le aparece en sueños. Dientes blancos y perfectos en unos labios estrechos y pálidos. El olor a pintura y humedad se le mete en el cerebro y despierta con el corazón a mil y un disparo resonando a lo lejos.
Siempre el mismo sueño, siempre el mismo final, siempre las mismas noches de insomnio. Y ya van diez años.
En aquel momento se convenció a sí mismo diciéndose que era la única manera de conseguir el dinero que necesitaba para huir de allí y conseguir una mejor vida. Si volvía a intentar escapar de la banda, El Jefe le daría caza y lo mataría a él  y a Matilde, no precisamente en ese orden ni con tanta rapidez. Así que se dijo que haría lo que le pedía, se ganaría su perdón y luego huiría con Matilde a un lugar mejor para darle la vida que merecía, lejos de la violencia, las drogas y las traiciones. Pensó en abandonarla, en huir él sólo, pero el amor que sentía por ella era tan grande que lo único que su cerebro le decía era “Haz lo que sea necesario para estar con ella. Sólo así serás feliz”.
Y lo hizo. Mató al señor Torres después de pedirle y rogarle mil veces que pagara, que reuniera el dinero para EL Jefe. Se aseguró de no dejar ni una sola huella, ni una pista, ni un ápice de ADN en la escena del crimen; si acababa en la cárcel ¿quién iba a cuidar de Matilde? Nunca se lo diría, ella nunca sabría que dormía junto a un asesino y su vida lejos de allí sería maravillosa y llena de amor.
Pero obviamente nada es tan fácil. El Jefe sabía lo que pretendía y se encargó de que Matilde supiera de lo que era capaz. Matilde le dio una bofetada al verle, le dio la espalda y jamás volvió a aparecer por el barrio.
¿De qué le servían ahora las manos manchadas de sangre? ¿El dinero?  ¿Para qué quería una vida nueva si no tenía a nadie con quien compartirla?
Lloró de vuelta a casa, se pasó la noche en su estudio, mirando las estrellas, y al amanecer cogió sus escasas pertenencias y se marchó de allí de todos modos.
Donó el dinero a un orfanato vecino y se dedicó a realizar pequeños trabajos de fontanería por encargo. Apenas le llegaba para comer a diario, en invierno pasaba frío y en verano estaba siempre sediento, pro todo era poco para compensar el daño que había causado. Jamás se perdonaría poner su propia vida por delante de otro.

Semana 45: Escribe un relato de alguien que despierta de pronto con súperpoderes.

Siento un picor en la punta de los dedos. Un calor que va poco a poco avanzando por mis dedos hasta llegar a la muñeca y convertirse en lava que se mezcla con mi sangre y prende mi corazón. Empiezo a sudar profusamente y siento las sábanas pegarse a mi espalda. Abro los ojos; tales sensaciones no pueden ser producto de un sueño. La habitación está levemente iluminada por un fulgor que nace directamente de mis manos. Es una luz cálida, anaranjada, como si en cada una de mis palmas sostuviera una pequeña llama titilante. Me incorporo con dificultad, no quiero usar las manos, y me las acerco a la cara. Me sorprende no sentir calor alguno en mis mejillas; mi interior parece un volcán a punto de estallar. Me levanto y observo el fulgor me envuelve las manos como un guante, me concentro en él y poco a poco crece hasta iluminar toda la habitación. Un sudor frío me recorre la espalda y la contrariedad de sensaciones en mi interior me debilita, la cabeza me da vueltas y debo sentarme de nuevo en la cama. El corazón me va a mil. Cuando siento que he recuperado un poco las fuerzas abro los ojos de nuevo y allí sigue el tenue fulgor. Sonrío y vuelvo a concentrarme en él, esta vez, pero, en la dirección contraria, quiero quedarme completamente a oscuras. Por extraño que parezca me resulta más difícil. Como si esa luz quisiera salir de mi interior, mi cuerpo una presa a la que le resulta más fácil abrir las compuertas que cerrarlas por completo. No lo consigo del todo, un leve resplandor recubre aún mis manos huesudas y llenas de manchas. Suspiro y a la que dejo de pensar en controlar aquella luz el fulgor vuelve a su media potencia.
Genial, pienso. Por fin tengo los súperpoderes que siempre deseé. ¿Pero de qué me van a servir a los 80 años?

 

Relato 42 – El collar de la abuela

Hoy entrada individual porque me ha salido un relato algo extenso y porque los otros no están listos, las compras navideñas me han ocupado mucho tiempo 😦

Semana 42: Escribe una historia acerca de un personaje que perdió algo importante.

Cuando esta mañana llegué a casa sentí que algo había cambiado. Un muy mal presentimiento se deslizó en mi mente y se cumplió nada más abrir la puerta del ático. Limpio, ordenado, con las paredes recién pintadas…
—¡Clara! ¿Dónde están las cosas del ático? —grité bajando las escalera de dos en dos.
Mi hermana estaba en la cocina, taza de té en mano y observando los rosales del jardín.
—¿Qué ocurre? ¿A qué vienen esos gritos? —preguntó con calma.
—¿Dónde están las cosas del ático? —repetí con voz grave, reprimiendo las ganas de gritar de nuevo y zarandearla para que dejara de ser doña tranquilidad y sonrisas.
—Las vendí. Voy a convertir el ático en mi estudio —dijo antes de dar un nuevo sorbo a su té y volver a prestar atención a sus queridos rosales.
—¡¿Cómo?! ¿Lo has vendido todo?
—Bueno, todo no —respondió con una risita de desdén—. Había cosas allí arriba que ni el más loco de los locos querría. Quedan un par de cajas, están en el salón. Si no quieres nada tíralo, por favor. Qué manera de acumular chismes.
—Clara, por Dios. Todo eso eran objetos de incalculable valor que nuestra familia había ido coleccionando durante siglos —susurré, el shock y el enfado me habían robado la voz. No podía hacerme a la idea de que mi hermana lo hubiera tirado todo. No cuando necesitaba el collar de la abuela.
—Matthew, sé que querías hacer una especie de museo o escribir una enciclopedia sobre ellos, pero tendrías que haberlo hecho antes. Estaba harta de vivir nadando entre calaveras, diamantes falsos y mapas del tesoro equivocados. Por no hablar de los huesos de ratón, pieles de serpiente y los colmillos de vete tú a saber qué —Clara se separó al fin de la ventana, dejó la taza de té en la mesa de la cocina y se giró hacia mi—. Pero puedo traerte la lista de lo que vendí. Apunté su precio y la tienda por si ocurría una situación como esta.
—Si sabías que iba a darse esta situación, ¿por qué lo hiciste? ¿Por qué no esperar a que viniera?
—Porque nunca vienes. Estás siempre con tus clases y tus investigaciones y yo estoy aquí, rodeada de fantasmas y leyendas y estoy harta de que la gente me pregunte si puedo conseguirle cuerno de unicornio en polvo. La única razón de tu visita es que necesitas algo que estaba en esas cajas, ¿cierto? —Clara rió por debajo de la nariz y se dirigió hacia el comedor.

La observé mientras cogía su libreta y buscaba la lista de lo que había vendido. En parte tenía razón. Hacía casi tres años que no nos veíamos y en ese tiempo apenas habíamos hablado por teléfono. Nuestra familia siempre ha estado más centrada en la magia, la aventura y la muerte que en la propia familia. Excepto Clara, al parecer, que siempre ha guardado cierto resentimiento a nuestros padres por abandonarnos a los diez años en busca de reliquias mayas. Quince años después no sabemos si murieron o simplemente se están tomando su tiempo en volver.
—Aquí tienes —Me entregó la libreta y volvió a coger su taza de té.
—Clara, siento no haber venido antes. Debería preocuparme más por ti, por cómo estás.
—No están ordenados por ningún criterio, así que espero que no tardes mucho en encontrar lo que buscas.
—Busco el collar de la abuela, ¿te acuerdas? Tenía una cadena de plata fina y el colgante era de un verde brillante.
—Me acuerdo. Sí que lo vendí. Pero no recuerdo a quien.

Asentí, me senté en una de las sillas de madera de la cocina y empecé a buscar entre la multitud de objetos que habían poblado mi infancia y ahora había perdido para siempre.

¡Qué mala suerte la mía! Si hubiera venido una semana antes… ¿Y si han venido ya el collar? No es que fuera especialmente bonito pero quizá algún adolescente enamoradizo buscaba un regalo barato para su amada y decidió llevárselo. Pase lo que pase, pero, no debo dejar que nadie intuya lo importante que es en realidad ese collar. Si supieran de dónde puede provenir esa piedra me lo quitarían de las manos antes de que pudiera decir Ramsés.

La tienda agraciada se encuentra a las afueras de la ciudad y para seguir con mi mala suerte está cerrada. Un pequeño cartel escrito a mano dice que volverán a abrir en cinco minutos, pero llevo aquí más de veinte y no ha aparecido nadie.
—¿Está esperando a que abran la tienda?—oigo que dice una voz grave a mis espaldas. Me giro y me encuentro con un hombre de mediana edad, calvo y con gafas. El olor a tabaco ataca mi nariz y veo que en su mano izquierda, de dedos largos y amarillentos, se encuentra un cigarrillo estrecho y alargado. Asiento—. Perdón entonces, ahora abro.
Observo como da una última calada al cigarrillo, lo tira a la acera y se saca un manojo de llaves del bolsillo del abrigo. La inquietud se apodera poco a poco de mi estómago.
—En realidad —digo al entrar en la tienda, aún a oscuras—, venía a buscar un objeto que vendió mi hermana la semana pasada por error.
—¿La semana pasada? —dice el hombre. Enciende las luces y se coloca detrás del mostrador.
—El fin de semana pasado, una casa en la Calle del Pinar vendía cachivaches curiosos que se habían acumulado en el ático. Nada de mucha importancia, pero ese collar tiene valor sentimental. Seguro que lo entiende.
Rezo con todas las fuerzas para que mi tono suene mayormente desinteresado y que mi mirada no brille de ansiedad.
—Sí, recuerdo la casa ahora que lo comenta. Siento decirle que algo de esa compra sí he vendido. ¿Qué es lo que busca? —La mirada del hombre es inquisitiva pero no parece desconfiada.
—Un collar, pertenecía a mi abuela. La cadena es de plata y el colgante verde.
El hombre asiente, se acaricia la barbilla y desvía la mirada hacia una estantería distante.
—Las joyas están al fondo de la tienda. He vendido varios collares estos días, pero no puedo asegurarle que el suyo fuera uno de ellos. Mi memoria ya no es la que era.
Sonrío y me dirijo hacia el fondo de la tienda, donde el olor a metal y tierra va profundizando en mi nariz y me recuerda porqué es básico que recupere ese collar.
Lo veo colgando en lo alto de una reja decorada con otras muchas joyas, todas preciosas pero seguro que no tan vitales como la mía.
—Parece que he tenido suerte, ¡aquí está! —grito. Y al girarme me encuentro al hombre justo a mi espalda sonriendo ligeramente. Un escalofrío me recorre la columna y trato de disimularlo.
—Me alegro.

Después de devolverle lo que pagó a mi hermana más un diez por ciento como compensación por la pérdida del objeto, me dirijo a casa con un paso tranquilo que esconde mi felicidad y las ganas que tengo de entrar en mi habitación, sacar el libro que he traído de la universidad y verificar de una vez por todas que el collar de mi abuela es en realidad lo que creo que es.
Por suerte cuando llego a casa Clara no está.
Abro mi maleta, saco el paquete bien envuelto que escondía entre mis camisas y de entre papeles y tela aparece mi último descubrimiento, el libro que lo puede cambiar todo, el libro que puede traer los muertos a la vida.
Es de piel oscura, un marrón casi negro suave y frío. No tiene título, tan sólo el gravado de un Sol junto a una calavera y no puede abrirse. La cerradura lateral se ha resistido a todos mis intentos y esfuerzos. Sólo al estudiar mejor el agujero de la parte inferior y la historia alrededor del libro descubrí que la llave no era algo convencional, era un collar que había estado en mi familia durante años.

Coloco la piedra en el agujero y tras dos segundos de intenso silencio un suave click llega a mis oídos. Abro el libro y empiezo a leer. Efectivamente, el poder de la resurrección descansa en mis manos.

Retos 40 & 41 – To boldly go

¡11 Relatos! Ya casi lo consigo >___<

Semana 40: Abre el primer libro que veas por la página 23. Escoge la tercera frase de la página y úsala como la primera oración de tu relato.

In Adam’s limited experience, there were only a few things that could make that happen.

The Raven King. Maggie Stiefvater.

En la limitada experiencia de Adam, sólo un par de cosas pueden causar tales efectos. Y ninguna de ellas agradable.
—¿Vas a decirme ya qué me ocurre? —pregunta el capitán, perlas de sudor le recorren la frente. Un nuevo espasmo de dolor le obliga a cerrar los ojos y se le escapa un gruñido lastimero.
—Bueno, Julian, teniendo en cuenta lo poco que conocemos del planeta —dice Adam lentamente. Es para que  su amigo lo entienda y para que él mismo pueda escoger las palabras adecuadas, nada de lo que va a decir a continuación suena demasiado placentero—. Puede que algo de la cena de ayer con el jefe de la tribu te haya sentado mal, puede que hayas pillado la enfermedad chunga esa de la que me habló la princesa, o puede ser que estés embarazado.
Esto último lo dice más rápido y sin mirar a su amigo y capitán. La enfermería está desierta, todas las camas pulcramente hechas y las sábanas blancas y relucientes. El silencio es agobiante durante dos largos segundos.
—¡¿Qué estoy qué?! —grita el capitán.
—He dicho que puedes estar embarazado. Pero aun tengo que hacerte algunas pruebas y hablar con los nativos y-
—¡Pero si desde que me subí a esta nave que no he hecho nada!
—Estamos en el espacio, hay muchas cosas que no entendemos.
—Adam, por el amor de la Galaxia, hazme las pruebas que tengas que hacerme y cállate. No estoy como para tener un crío.
Adam es incapaz de reprimir una risita que por suerte queda disimulada por un nuevo ataque de gruñidos y quejidos de dolor.

Adam manda a su enfermera que haga un seguido de pruebas al capitán y mientras él baja al planeta recién hermandado para hablar con el jefe y su hija, la princesa Illiannzah sobre lo sucedido.
Cuando los resultados vuelven del pequeño laboratorio de abordo el doctor suspira tranquilo. Avisa a cocinas y coge del armario una caja de calmantes.
—¿Has pensado ya algún nombre para tu bebé? —pregunta. Es incapaz de reprimir la broma. Sólo por la cara de Julian vale la pena el castigo que éste pueda imponerle.
—¡No me digas eso!
—Era broma. Sólo es una indigestión. La mejor de las tres opciones ¿no? —Julian asiente. Está pálido y se le marcan las ojeras mucho más de lo normal—. De momento puedes tomarte esto, es un calmante para el dolor.
Adam le acerca un vaso con agua y la pastilla.
—¿Por qué no me lo has dado antes? —le recrimina el capitán antes de beber el agua y tragar la pastilla con ansias.
—Porque podía ser contraproducente. Ahora subirán de cocinas un poco de sopa. Me ha dicho el jefe que lo que necesitas son muchos líquidos, estar en un ambiente cálido y descanso.
—¿Sólo eso?
—Eso parece. Por lo que el jefe ha podido deducir eres la primera persona alérgica a su fruta más preciada. Es una pena, ha dicho, eso te descarta definitivamente para que contraigas nupcias con su hija.

 Semana 41: Escribe un relato sobre un personaje que tenga mucha fuerza de voluntad.

 

Algunos lo llaman tozudez, otros fuerza de voluntad. Ver sólo un punto fijo en el horizonte y avanzar hacia él cueste lo que cueste. Así me gustaría ser, como ella.
La veo en televisión, con esa sonrisa tan brillante y ese vestido tan bonito y me acuerdo de cuando íbamos a clase juntas.
Siempre quiso ser actriz, y se le daba bien. Iba a clases de teatro, a la academia de inglés y a canto. Eso último no se le daba tan bien. Pero ella continuó, sabía que era necesario para su voz, que le abriría muchas más puertas. Incluso cuando estábamos en época de exámenes no se saltaba nunca ni una de esas clases. Sacaba buenas notas, era algo torpe pero siempre tenía algo bonito que decirte. Me alegro de que le haya ido tan bien.
Fui a ver su primera obra de teatro importante. Teníamos dieciocho años y su papel era el de la hermana de la protagonista. Lo bordó. Después, al hablar con ella a la salida, me dijo que estaba enferma, a 38 de fiebre, pero que no podía desaprovechar aquella oportunidad. Yo la admiraba tanto. Mi vida hasta ese momento había sido simplemente dejarme llevar por la corriente, estudiar, aprobar y entrar en la universidad.
Dos meses después entró en la mejor academia de interpretación y poco a poco fuimos perdiendo el contacto. A veces hablábamos por Messenger o por Facebook y yo veía cómo seguía esforzándose, dándolo todo de sí misma, con una sonrisa y la mirada fija en la gran pantalla.
Recuerdo la primera vez que vi su nombre en el cine, en los créditos de una comedia coral un poco sosa pero con algunos diálogos muy buenos. Sentí una extraña mezcla de alegría, orgullo, envidia y autodesprecio. ¿Qué estaba haciendo yo con mi vida?
Y ahora aquí está, en la tele, nominada a los Goya como mejor actriz revelación. Y una pequeña lágrima cae por mi mejilla y me pregunto dónde estaría yo si hubiera luchado tanto como ella por mis propios sueños.

38 & 39 Retos Escritura – Cambios

¡Venga! Que ya queda menos >____<

Semana 38: Escribe un relato sobre piratas. Describe los movimientos del barco y cómo afecta a los personajes.

Siento la respiración de Kat en mi cuello, profunda y acompasada, parece que por fin se le ha pasado el mareo.
—Lo siento, no sé qué me ha pasado —susurra—. Ya sabes que yo nunca me mareo.
—Tranquila, estos últimos días no han sido tampoco corrientes.
Sobre mí la vela mesana está izada y se interpone entre mis ojos y el cielo estelado que nos cubre. No durará mucho, siento el amanecer en el aire. Kat empieza a toser y tengo miedo de que vuelva a ponerse a vomitar pero se sobre pone, se acerca más a mí y continúa con sus hondas respiraciones.
—No quiero llegar a casa —dice con un hilo de voz.

Yo tampoco. En pocas horas veremos tierra, las playas en las que crecimos, el puerto donde nos conocimos y nada más la arena toque la suela de mis roñosas botas me aprehenderán y me llevarán al calabozo. No me resistiré, tienen todo el derecho.
Los sucesos de la última semana transcurren tras mis párpados y el suave vaivén del barco me mece con cariño, como si quisiera consolarme tras la desgracia acaecida en nuestro último enfrentamiento.  Todas dijeron que no debíamos atacar tamaño barco, que no teníamos munición suficiente, pero hice oídos sordos y las embarqué a la muerte y al dolor. Quería llegar a casa con más riquezas que nadie, proclamarme la mejor capitana que jamás hubo en la isla, y ahora seré conocida como la peor.
Creo que Kat por fin ha logrado conciliar el sueño. Para mi va a ser imposible. Las olas chocan contra la cubierta y tengo la espalda empapada pero no voy a moverme. Esperaré al amanecer aquí sentada en la toldilla, en mi esquina favorita y escuchando los quejidos de mi barco por vez final. Las pocas tripulantes que se encuentran en cubierta no me prestan apenas atención; se centran en sus labores, algunas beben, otras susurran entre ellas, pero ninguna me mira, ya no existo para ellas.

Vislumbro en el horizonte inquieto un punto de luz que poco a poco va expandiéndose y suspiro, ya llegamos. Puedo oír los grilletes, puedo identificar las incitaciones a amotinarse. Ocurra lo que me ocurra no dejaré que le pase nada malo a Kat.

Semana 39: Escribe un relato en el cual dos personas totalmente opuestas se conozcan de forma poco corriente.

Ya que tenía que hacer acto de presencia a la fiesta de fin de rodaje he decidio pedirme una cerveza y sentarme en una de las mesas más alejadas del barullo. Así puedo observa a mis compañeros reír, charlar y desinhibirse. Pese a la gente que hay en el bar agradezco la pequeña burbuja de soledad, no he tenido mucha de ella en las últimas semanas y la culpable acaba justo de sentarse frente a mí.
—Pensaba que no ibas a venir —dicela chica—. Pero me alegro de que lo hayas hecho.
Alza su vaso, de líquido oscuro y mucho hielo, a modo de brindis y da un largo trago.
—Te lo digo ahora que aún no voy borracha para que veas que lo digo de corazón. Por increíble que parezca te voy a echar de menos, Rafa.
Siento que me sonrojo pero la penumbra del bar me protege y no le doy más importáncia, respiro hondo, asiento y sin mirarla a los ojos digo:
—Yo también, Cristina —ésta suelta una carcajada y contesta:
—De verdad que no sé cómo alguien tan tímido como tú puede ser tan buen actor. Es algo que me supera.
Me encojo de hombros, es una explicación demasiado larga y personal. Me pongo a desenganchar la etiqueta de mi botellín de cerveza con la uña del dedo índice derecho.
—¿Recuerdas el primer día en el hotel? Pensabas que era un muñeco que los otros actores habían dejado allí para asustarte.
—No sería la primera vez que me hacen algún tipo de broma pesada antes de un rodaje.
—Y por eso me agarraste tan tranquilo para dejarme en la otra cama. ¡Qué susto! El tuyo al ver que me movía y el mío al despertarme y sentir que alguien me alzaba.
—Sí, tu peso te delató pero me di cuenta demasiado tarde.
—Y todo porque siempre tienes que dormir junto a la ventana —dice Cristina con una cantarela que podría tomarme a ofensa, pero la conozco, y por muy dispares que sean nuestros caracteres he aprendido que le caigo bien.
—Pero no voy a echar de menos tu atronadora música —digo, medio en broma medio en serio.
—Ni yo tu manía de ver películas mudas durante la cena.
—Siempre dejabas la ropa interior en el suelo del baño.
—Ninguno estamos demasiado acostumbrados a compartir piso ¿no? —Vuelve a reír. Niego con la cabeza y sonrío al recordar mi pequeño apartamento al que mañana podré volver, todo en orden, todo para mí solo.
—Aún queda esta noche —puntualizo.
—Tranquilo, intentaré no despertarte cuando llegue. Menos mal que comíamos en el plató. Con lo tiquismiquis que eras para el café no quiero imaginar si tenemos que hacernos la comida.
—Me gusta cocinar.
—¿Si? Yo lo odio. Algún día cuando pase por Madrid me haces la comida —La sorpresa debe reflejarse en mi cara, porque Cristina vuelve a reír—. Tranquilo, ¿con cuánto tiempo de antelación quieres que te avise?
—Con un par de días será suficiente, gracias.
—Lo digo de verdad eh, espero que sigamos siendo amigos.
—Quizá coincidimos en otro rodaje.
—¡Pero que no nos hagan compartir habitación!
—Sí, eso estaría bien.

Cristina se queda un rato más en mi mesa, bebiendo de su coctel en silencio. Finalmente me da unas palmaditas en el hombro y se despide. No tengo muchos amigos, y menos en este mundillo, por lo que agradezco mucho haberla conocido. Aunque vivir con ella haya sido un infierno en la Tierra.

36 & 37 Retos Escritura – Bebé

¡Segunda entrada doble! Microrrelatos tematizados 😀

Semana 36: Escribe un relato sobre un trayecto o travesía. Céntrate en los cambios de escenarios.

El tren entra en un túnel y el cristal pasa a ser espejo. Por unos segundos te ves a ti mismo; mejillas rojas y ojos brillantes. No puedes creerlo, por fin ha llegado el día.
El negro da paso al verde, marrón y naranja. Un gran bosque se extiende ahora ante tus ojos; una carretera lo atraviesa y a lo lejos distingues un pueblecito. Has hecho ese recorrido decenas de veces y nunca te has fijado en lo alto que resulta el campanario de la iglesia.
El bosque se va aclarando, el tren disminuye su velocidad y da paso a una estación. No hay nadie esperando y nadie se baja. ¿Por qué ha parado? Hay gente que tiene prisa.
El tren se pone en marcha una vez más. El traqueteo acompaña tu pierna inquieta, a la energía contenida, que quiere salir, explotar en tus pulmones. El vagón a la izquierda y cruza una carretera atestada de coches.
Has hecho bien de no coger el coche, te dices, hubieras tardado el triple. Claro que el tren tampoco es de lo más veloz.

Vislumbras los polígonos grises que señalan la frontera con la ciudad y sientes un cosquilleo en las plantas de los pies. Te levantas, el tren para una vez más y debes apartarte para dejar paso a quienes bajan y suben. Te quedas frente a la puerta; dos paradas más.
Los gigantescos almacenes  y coloridos contenedores van dejando paso poco a poco a los edificios, las calles y los transeúntes. El tren desciende bajo tierra y todo vuelve a oscurecerse. Respiras hondo, coges el móvil del bolsillo, ningún mensaje. La estación aparece tras la puerta, todo gris y luz naranja, te apartas y esperas a que el tren reprenda la marcha.
Esperar. Cuando llegues al hospital ¿cuánto tendrás que esperar? Oscuridad una vez más. La tensión y los nervios dan paso al miedo. ¿Irá todo bien? ¿Y si hay complicaciones? El llanto de un bebé unos asientos a tu derecha te provoca un mini infarto. ¿Es eso una buena señal? Llegáis a la estación, lo ves por el rabillo del ojo, pero estás demasiado pendiente del bebé y de su madre que lo acuna y le susurra para que se calme. En las clases de preparación al parte no te avisaron de esto, de los nervios y las dudas. El pitido que avisa del cierre de las puertas te saca de tu ensoñación y logras bajar al andén por los pelos. Solo faltaría que en los minutos de más que tardarías en retornar tu mujer diera a luz.

Semana 37: Escribe una historia con los siguientes elementos: orejas, bufanda, sonajero y guirnalda.

Javi sale de casa, cierra la puerta con llave y se dirige hacia el ascensor sin apartar los ojos de la lista de la compra que Cristina le ha dejado en la nevera.

—Qué morro tiene —murmura para sí mismo—. Ella se va a pilates y yo tengo que ir a comprar toda la mierda de Navidad. ¡Guirnaldas! ¿de qué tipo? ¿de qué color? ¿cuántas? Hacer la lista es muy fácil pero luego…

La puerta del ascensor se abre y Javi entra, aprieta el botón del cero y mientras espera a que vuelva a cerrarse la puerta se mira al espejo. Le encanta la bufanda verde que se compró por le Black Friday, le resalta los ojos. De repente alguien se interpone entre la puerta del ascensor y el sensor y ésta vuelve a abrirse. Es el vecino nuevo.
—Buenas tardes —saluda.
—Buenas tardes —responde Javi con una sonrisa embobada— Soy Javi, el vecino del tercero segunda.
—Oh sí, claro. Encantado, yo soy Ramón.

Javi sigue sonriendo. ¡Por fin sabe cómo se llama! (Aún no hay nombre en el buzón, fue lo primero que miró). No puede creer que haya sido tan directo con él pero siempre le sucede que su cerebro se cortocircuita ante los hombres que le gustan, por eso extiende la mano para sellar el saludo y sentir cuán suave es su piel. Ramón saca su mano derecha del bolsillo y de él cae un sonajero. Javi se agacha para recogerlo, confuso, y las puertas del ascensor se abren una vez más. Han llegado a su destino.
—Ui, gracias —dice Ramón. Las mejillas y las puntas de las orejas se le han enrojecido y está súper mono— Es de mi hijo, he tenido venir a buscarlo porqué no había manera de calmarle.
—Ah, claro —dice elocuentemente Javi. Abre la puerta del portal y deja pasar a Ramón. Allí está la mujer con el cochecito y el bebé. El chico se despide y empieza a andar por la calle helada de camino al chino.
¿Por qué siempre se enamora de imposibles?

34 & 35 Retos Escritura – Cumpleaños de miedo

¡Buenas!

Ya estamos en diciembre y como véis aún me faltan algunos relatos por subir hasta llegar a los 52. Después del fracaso estrepitoso que ha supuesto el NaNoWriMo de este año para mí, estoy dispuesta a acabar este reto sí o sí ò.ó Así que para no saturaros en demasía iré subiéndolos de dos en dos (p de tres en tres, quién sabe, si son cortitos)

Por tanto hoy os dejo con la primera entrada doble. El microrrelato 34 está basado en hechos si no 100% reales sí n 95% por difícil que a algunos les pueda parecer. El relato 35, por su parte es una mezcla de miedos de mi infancia y miedo infundado real (y sí, es el mismo miedo de mi reto de inventízate en octubre, pero es que es un miedo muy real aunque sea irracional).

¡Que los disfrutéis!

Semana 34: Escribe un relato sobre un personaje con tu edad actual en su cumpleaños.

Llaman a la puerta y pese a que no espero a nadie abro. ¿Y si son ladrones al acecho de pisos vacíos? Después de todo estamos en semana de fiestas…
Obviamente no es un ladrón, y si lo es al verme adopta su personaje de encuestador.
—Buenos días ¿están tus padres? —pregunta con una sonrisa.
—Están comiendo, no pueden atenderle —contesto con una sonrisa inocente. Es mentira, pero tampoco es cuestión de decirle al hombre que estoy sola en casa ¿no? Aquello parece descolocarle, mira su libreta y me mira a mí, de soslayo y sé qué está pensando pero no digo nada.
—¿Eres mayor de edad? —¡Allí está! Mi gran momento para lucirme.
—No, aun no —Y aunque esa contestación signifique que no puede cumplir con su cometido parece tranquilizarle.
—Vaya, bueno, pues adiós. Buenas tardes.
—Buenas tardes —me despido mientras cierro la puerta.

Cada vez que se repite esta situación me asombro más. ¿Cuándo empezaré a aparentar la edad que tengo?  Pasar por menor de dieciocho el día de tu veintiocho cumpleaños es un gran hito, sé que a muchas les gustaría, a mí sólo me sirve para deshacerme de encuestadores pesados y que la gente no me tome en serio.
En mi habitación me quito el pijama y me visto, voy al baño y me peino y arreglo un poco. A ver si van a pedirme el DNI en el supermercado cuando compre el alcohol para la fiesta.

Semana 35: Piensa en tus miedos más oscuros. Haz un relato en el que a tu personaje le pasen al menos 2.

Sus risas crueles la acompañan de la piscina al baño. Las lágrimas apenas la dejan ver por dónde va pero logra abrir la puerta de uno de los cubículos, sentarse en la taza del wáter y cerrar el pestillo. Muchos la ha visto huyendo, llorando, pero ninguno entrará a preguntarle cómo está, cuchichearán y murmurarán a la espera de que salga para poder observarla y reír disimuladamente.

¡La fea se ha puesto a llorar! ¿Por qué le duele la verdad? No importa el bikini que se ponga, seguirá siendo una tabla de surf.

¿Sabes? Dicen que le mola el chico del grupo tres, el del pelo negro y rizado. No flipa ni nada, como que alguien se va a fijar en ella. Bueno, quizá alguien muy borracho…

Sorprendentemente el baño huele bien, a desinfectante con aroma a pino, y hay papel. Andrea coge un buen trozo y se suena la nariz. Las últimas lágrimas desaparecen por su barbilla y con un nuevo trozo de papel se seca las mejillas. Aun tiene la respiración agitada pero al menos vuelve a poder pensar con claridad. Ha hecho el ridículo. Creía que durante los campamentos podría hacer amigos pero al parecer los adolescentes son malvados tanto durante las vacaciones de verano como durante el año escolar. Sí, encontraba guapo a Carlos pero no quería nada con él, sólo hablar de cómics y música, decirle que aquella camiseta de Kingdom Hearts era muy chula… pero obviamente Andrea había hecho algo horriblemente malo en otra vida porque justo cuando había logrado reunir el valor para colocar su toalla junto a la de él y preguntarle cuál era su canción de MUSE favorita los imbéciles de sus amigos habían aparecido y al verla allí sentada habían empezado a reír y a señalarla.
—Menos mal que hemos llegado —dijeron al sentarse junto a Carlos— el monstruo iba a comerte.

Primera flecha a través del corazón. De nada sirve estar bajo el pleno sol de julio, el calor es incapaz de tocar su piel y empieza a temblar.

—Pensaba que los Gremlins no podían mojarse.
—¡Qué más da! Peor de lo que está no va a quedar.

Segunda flecha directa al estómago. Todo el calor que su piel es incapaz de sentir se concentra en sus mejillas, que arden con tanta fuerza que podrían evaporar las lágrimas que empiezan a brotar.

—Tíos, ya basta —Es lo único que dice Carlos.
—Lo hacemos por su bien. Tiene que saber que así no logrará nunca nada.

Tercera flecha que la parte en dos. Andrea se levanta y empieza a correr, por suerte no ha tenido que parar a ponerse las chanclas y aunque haya abandonado su toalla es mejor eso que aguantar dos segundos más aquellas palabras.
¿Qué hacer ahora? ¿Decírselo a los monitores? El mal ya está hecho, la imagen de ella llorando y huyendo quedará gravada en el recuerdo de todo el mundo, acompañado de una risa socarrona.

Descorre el pestillo y abre la puerta. Efectivamente el baño está desierto, incluso fresco gracias a las baldosas y la sombra que los árboles proyectan durante todo el día sobre el pequeño edificio. Se sorbe los mocos y se mira al espejo. La verdad es que sí que da pena. Los ojos rojos, las mejillas brillantes de lágrimas que no ha secado bien, sus estúpidos pechos que no crecen por muchos años que pasen. La ventana está abierta y una corriente de aire logra hacerse paso por el baño, erizándole el bello de los brazos y haciéndola creer que alguien ha entrado. Pero la puerta sigue cerrada, allí no hay nadie.
Cuando vuelve a mirarse al espejo su reflejo ha sido sustituido por el de otra chica.

Es pálida, con pecas y el cabello oscuro. Andrea lleva su mano derecha al espejo y la deja allí, con la palma abierta en contacto con la fría superficie. A los pocos segundos la chica del reflejo la imita. No desvía la mirada, no se mueve, apenas parece que respire.
Andrea quiere preguntarle quien es, qué está pasando, pero es incapaz de nada, ni tan siquiera retirar la mano, sólo puede respirar.
Empieza a hacer frío, su piel se eriza y un escalofrío le recorre la espalda.
—No merecen tus lágrimas —dice la chica del espejo. El cerebro de Andrea registra sus palabras y el movimiento de sus labios a tiempos distintos y aquello la hace despertar de su estupor. Sea lo que sea lo que está viendo no puede ser bueno —Puedo ayudarte, ¿no quieres que te ayude? —continua diciendo la chica mientras Andrea trata de separarse del espejo sin éxito. Su mano, desde la muñeca hasta la punta de los dedos, parece haberse desconectado completamente de su cuerpo, mucho peor que si se le hubiera dormido por falta de sangre.
—¡Déjame! ¡Déjame ir!
—Conmigo nunca volverás a pasar miedo.
—No quiero… —Las quejas de Andrea mueren antes de empezar. Su mano está desapareciendo y poco a poco la nada se apodera de su codo, de su hombro, su pecho, su cuello. No puede verse en el espejo, la otra chica aún está en él, mirándola a los ojos y sonriendo ligeramente, como si posara para una foto de carnet.
—¡Ayuda! ¡Que alguien me ayude, por favor! —grita Andrea. Su voz resuena en sus orejas y parte de ella sabe que nadie va a salvarla, que sólo ella ha escuchado su desesperación.
—Ahora nadie podrá hacerte daño.
La voz viene de sus espaldas. Se gira pero no hay nadie. Puede moverse, pero ya no está en el baño. Todo a su alrededor está oscuro, solo el suelo parece desprender un pequeño destello metálico.

Andrea se deja caer de rodillas y empieza a aporrear el suelo. No siente dolor, no se oye nada. Está en la nada más absoluta.