Relato 6 | Nada

¡Buenas!

Esta vez no he tenido que esperar a final de mes para poder colgar mi relato ¡bien!
Parece que le he pillado el gustillo a esto de las 100 palabras y me he olvidado de los Rory’s story cubes… De todo modos espero que os guste!

Relato 6: Comienza un relato con: “Nada, no le queda nada”.

 

Nada, no le quedaba nada. La parte superior del reloj estaba completamente vacía. Ni un solitario grano de arena quedaba en él. La muerte leyó el nombre escrito en la placa negra y suspiró. Cerró los ojos y visualizó el entorno de la mujer; un pequeño jardín con una mesa y dos sillas, un libro a medio leer, la suave brisa de principios de septiembre, el sabor a limonada en los labios. Abrió los ojos y apareció en el jardín, sonriendo y con la mano estirada. En días así, optaba por un acercamiento casi amistoso. La mujer sonrió y aceptó.

Relato 5 | La monotonía de ser feliz

¡Buenas!

¿Creíais que se me había olvidado? ¡No! Aquí está el relato del mes de mayo ^^

Debido a las restricciones del reto escogido esta vez no he usado los Rory’s Stroy Cubes como otras veces pero sí he decidido rescatar los microrrelatos de 100 palabras que solía hacer hace unos años. ¡Espero que os guste! 🙂

Relato 5: Realiza un texto en el que no aparezca en ningún momento la letra ‘p’.

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Retos 51 & 52 – Felices para siempre

¡No me lo puedo creer! Lo he conseguido >_______< Sí, he tenido que hacer un sprint súper spamer pero lo he logrado 😀

¡Feliz año a todos!

Semana 51: Reescribe un cuento de hadas clásico.

Había una vez un hermano y una hermana que vivían en lo más profundo del bosque. Su padre les obligaba a cazar para tener qué llevarse a la boca, les hacía pasar horas en busca de madera para quemar y entrar en calor, les encargaba curtir las pieles de sus presas y, en resumen, les hacía trabajar de sol a sol sin que apenas pudieran disfrutar de los resultados de su arduo trabajo.
Un día Hansel, el hermano, le dijo a Gretel, su hermana:
—Estoy harto de esta vida de trabajo y pobreza. Huyamos de aquí.
—¿Y dónde iremos?
—Cualquier sitio será mejor que este.

Los hermanos trazaron un sencillo plan; aprovecharían que el tiempo había empezado a mejorar para escapar por la noche, se llevarían con ellos toda la comida que pudieran cargar y no mirarían atrás.

Caminaron y caminaron, a través de bosques, prados y ríos, siempre alejándose de su destartalada casa y del pueblo al que acudían los días de mercado. No pensaban en su padre, al que habían abandonado, sólo en su futuro; un lugar cálido, lleno de comida y cualquier cosa que ansiaran.

Después de tres días, cuando la comida empezaba a escasear, encontraron una casa algo destartalada en medio de un claro. Llamaron a la puerta y nadie abrió, observaron por las ventanas sucias y entre las cortinas roídas y vieron una mujer mayor tumbada en la cama, parecía dormida.
Volvieron a llamar a la puerta y al ver que no lograban despertarla trataron de abrir la puerta ellos mismos. Tras un par de fuertes empujones lograron desencajar el tablón de madera y entrar en la casa, oscura y llena de polvo.

Se acercaron a la mujer y vieron que respiraba con dificultad.
—Señora, ¿se encuentra bien? —preguntó Gretel desde los pies de la cama.
—Niña, ¿cómo has llegado hasta aquí? —preguntó una voz temblorosa de entre el cabello gris. Gretel se acercó y peinó a la mujer, dejando a la vista una cara imposiblemente vieja, inundada de arrugas que se replegaban una sobre la otra y de las que sobresalían unos ojos diminutos y una nariz enorme. La mujer cogió a Gretel del brazo y le clavó las uñas con fuerza. Pese al abrigo que llevaba Gretel sintió las uñas puntiagudas en su piel.
—¡Aléjate! -gritó de golpe Hansel—. Es una bruja.
El chico ayudó a su hermana a separarse de la bruja, quién empezó a maldecir entre resoplidos y gruñidos.
—¿Cómo lo has sabido?
—He encontrado restos de huesos humanos en el horno —Gretel trató de suprimir un escalofrío y se alejó aun más de la cama—. Oí en el pueblo que la gran bruja estaba enferma, un conjuro que había salido mal. Dijeron que necesitaba comer niños para curarse.
—Si me ayudáis, si me salváis, os daré todo lo que queráis —dijo la bruja desde la cama, mirándoles con maldad en sus ojos violáceos.
—No vamos a hacer nada de eso —dijo Gretel, el coraje había vuelto a ella —. Esperaremos a que mueras y entonces tu poder será nuestro.
—¿Cómo? —se sorprendió Hansel, a la vez que la bruja exclamaba:
—¿¡Cómo sabes eso, niña inmunda?!
—Lo dijo mi madre hace mucho tiempo, antes de morir. Las brujas tienen un demonio en su interior, cuando mueren ese demonio vaga por el mundo hasta encontrar un nuevo cuerpo. Así para siempre.
—¿De verdad?
—Madre dijo que por eso había abandonado a su familia, por eso decidió vivir en medio del bosque, para que el demonio que se había apoderado de su hermana no volviera jamás a por ella.
—Y por eso padre siempre la resintió, por obligarle a dejarlo todo —dijo Hansel. Gretel asintió con una sonrisa.
—Esta puede ser nuestra oportunidad. Podemos capturar al demonio y obligarle a que cumpla todos nuestros deseos si quiere que le liberemos —susurró Gretel para que la bruja no pudiera oírla.
—¿Funcionaría?
—Cualquier cosa que suceda será mejor que habernos quedado en casa.
—Tienes razón.

Y así lo hicieron. Los dos hermanos vivieron en casa de la bruja hasta que está murió y cuando el demonio salió de su cuerpo; horriblemente feo, rojo y negro, con alas viscosas y garras putrefactas, Hansel y Gretel lo atraparon en un círculo de sal y virutas de hierro. Pidieron no pasar hambre nunca más, no pasar jamás frío y dinero para todo lo que pudieran necesitar. El demonio convirtió la casa, paredes, cristales y cimientos en golosinas y encendió el horno con una llama tan poderosa que no pudieron volver a apagarlo nunca más. Echaron en él el cadáver de la bruja. En cuanto al dinero, el demonio sólo dijo que usaran bien el cerebro, por lo que tras días de comer deliciosos dulces, comprendieron qué era lo que el demonio había querido decir.
Hansel y Gretel empezaron a vender partes de la casa de la bruja, delicados pedazos de mazapán, chocolate y caramelo que eran las delicias de cuantos pequeños y mayores acudían al mercado.

Jamás volvieron a ver al demonio, tampoco a su padre, y murieron pocos años después en un incendio nocturno que derritió entera la casa de chucherías.

Semana 52: Escribe un relato de un personaje que encuentra una corbata y no sabe cómo ha llegado allí.

Entre los arbustos algo morado llama la atención de Marina. Se acerca, curiosa, y distingue un trozo de tela. Es alargado, más ancho por un extremo que por el otro y de un material suave y brillante que jamás ha visto. Extrañamente huele a azahar. Lo examina con más detenimiento y distingue diminutos rombos dorados entre la oscuridad púrpura. La respiración se le traba y mira hacia el cielo. No falta nada, todo lo que alcanzan a ver sus ojos es de un azul vibrante, sin nubes ni pájaros. Suspira aliviada, por un momento ha creído que el cielo se rompía y un pedazo de anochecer se había desprendido de lo más alto.
Un chapoteo llega a sus oídos y con el pedazo de tela bien sujeto entre sus dedos avanza hacia el río. Se esconde tras uno de los altos pinos y descubre que hay alguien bañándose allí. Es un hombre alto y delgado, su pecho está al descubierto y se ha arremangado los pantalones hasta las rodillas. Se le marcan ligeramente las costillas y no tiene apenas músculos en los brazos. Su nariz es larga y estrecha, su barba corta y cuidada, oscura como su cabello. ¿De dónde viene?
Sus pantalones son negros como la noche y se le amoldan perfectamente al culo y las pantorrillas. El resto de lo que parece ser su ropa está junto a unas rocas de la orilla. Todo blanco y negro, impoluto y perfecto, sin remiendo alguno. Sus zapatos se ven duros, en excelente estado y muy cómodos.
El hombre sale del río y usa lo que parece una chaqueta para secarse la cara y el torso. La deja caer sobre las piedras como si fuera un trapo inservible y vuelve a colocarse bien los pantalones. El hombre mira a su alrededor y sonríe.

Por la magia de la tierra que ese hombre ha de tener muchísimo dinero, ¿cómo si no va a permitirse esas telas?, se dice Marina. Respira hondo y sale de su escondite.
—Perdone, creo que esto es suyo —dice.
El hombre se asusta ante la intromisión, mira a un lado y a otro con nerviosismo y finalmente parece relajarse y sonríe también.
—Muchas gracias —dice.
—¿Qué es? ¿Para qué sirve?
—Es… una corbata. Se coloca en el cuello, como adorno.
—Es muy bonita —Marina mira el trozo de tela, la corbata, una vez más y se la acerca al hombre—. Aquí tiene.
—Puedes quedártela, si te gusta —dice él con una pequeña sonrisa—. Pero no la enseñes mucho.
—¿Es poderosa? ¿Tiene magia? —pregunta Marina emocionada. La magia siempre se le ha dado fatal, quizá pueda usar esa corbata como canalizador. La sonrisa del hombre desaparece y su mirada se vuelve dura.
—¿Magia? —Un mal presentimiento se adueña de Marina y le impide contestar. Se muerde el labio inferior mientras repasa la situación. ¿Es ese hombre peligroso?
—Lo siento, parece que he olvidado mis modales —dice él de repente. Su sonrisa ha vuelto y sus ojos oscuros vuelven a brillar con inteligencia y curiosidad—. Mi nombre es Jonás.
Jonás extiende la mano y Marina la encaja, sintiendo que se ruboriza ligeramente.
—Yo soy Marina, encantada.
—Marina, verás… ¿Puedes decir dónde estoy? —La voz del hombre es casi un susurro, sus ojos vuelven a vagar del río a los árboles y Marina puede sentir su incomodidad envuelta en una energía vibrante de excitación.
No cree que ese hombre sea peligroso, pero sí es extraño.
—Estamos a las afueras de Pyurth, mi pueblo. Ese es el río Urth. ¿De dónde sois vos?
—Oh, no me hables de usted, por favor. ¿Pyurth? No me suena de nada…¿En qué año estamos? ¿Estamos en España? Por favor dime que estamos en la Península Ibérica?
—Siento decirle, decirte, que no me suena ningún lugar con ese nombre. ¿Está bien? ¿Se ha dado un golpe en la cabeza? ¡Ya sé! Alguien le ha hechizado. Se ha encontrado con bandidos en el camino que al ver sus ropas han querido atracarle. Por eso no lleva equipaje —dice Marina con una gran sonrisa. Empezaba a asustarse, pero ahora todo tenía sentido.
—Vale, puede que sí esté algo descolocado…
Jonás se alejó unos pasos y se puso a murmurar para sí mismo. Marina no entendía muchas de las palabras que decía, como “universoparalelo” o “desvíocuantico” por lo que imaginó que estaría realizando algún tipo de contra hechizo. Era fascinante. Seguro que se había topado con un gran mago. Por todos era bien sabido que los grandes magos llevaban barba y eran algo excéntricos.
A los pocos minutos Jonás volvió a acercarse, se sentó sobre una de las piedras e instó a Marina a que hiciera lo mismo.
—¿Qué pensarías si te dijera que no soy de aquí? ¿Qué soy de un mundo completamente diferente, en el que la magia no existe y que he inventado una máquina para viajar entre los dos universos?

Reto 43 & 44 & 45 -Decisiones

”Nueva entrada triple que nos acerca poco a poco al fin!!

Semana 43: Escribe una metáfora sobre el primer objeto que veas al apartar tu mirada de la pantalla. Haz un relato que la integre.

—Verás, la vida es como tu pulsera de cuentas favorita —dice mi madre. Siempre ha tenido una mente dispersa pero oportuna, por lo que trato de controlar mis sollozos y espero a que siga hablando—. La estrenas y eres muy feliz con ella, brillante e impoluta. Pero con el tiempo la cuerda se desgasta y tienes que ir con cuidado hasta que si quieres conservarla debes rehacerla, cambiar la cuerda por una nueva y quizá cambiar el orden de las cuentas.
—No lo entiendo, ¿qué tiene que ver esto con que Luis me ha dejado? —digo reprimiendo una nueva oleada de lágrimas. Mi madre me abraza de nuevo y sigue con su extraña metáfora.
—Tiene que ver con que en la vida nada es para siempre, no al 100%. Todo cambia o se desintegra. Si quieres conservar la pulsera debes cambiar algún aspecto de ella, la cuerda, el cierre, lo que sea que no funciona; igual que en la vida. Desgraciadamente vuestra relación no funcionaba y tuvo que cambiar, pero no por ello tú eres una persona diferente, sólo ha cambiado tu alrededor, tu perspectiva, y ésta te ayudará a continuar.
—O sea, que todo va bien hasta el momento en el que no —refunfuño.
—Por supuesto. Pero lo importante no es sólo rehacernos de las dificultades, si no saber qué era lo que las ha provocado para sustituirlo y mejorar.
—Eres muy rara —susurro con una sonrisa triste. He dejado de llorar pero sigue doliéndome el corazón.
—Bueno, ha sido lo primero que se me ha venido a la cabeza. ¿Cuántos años hace que tienes esta pulsera? —pregunta señalando mi muñeca derecha.
—Ni idea —sonrío—. Me la hiciste tú.
—Y ha crecido contigo, la has cuidado y mejorado ¿verdad? —asiento—. Pues eso es lo que tienes que hacer con tu vida.
—Pero tú estarás a mi lado ¿no?
—Claro que sí.

Me abraza y siento su corazón latir. Mi madre puede ser un poco rara, pero siempre logra hacerme sentir mejor.

Semana 44:Comienza un relato con: “No te volveré a fallar, te lo juro”.

—No te volveré a fallar, te lo juro.
Esas palabras le perseguirán toda su vida.
—Entonces ya sabes qué hacer. El señor Torres debe demasiado dinero, haz que pague o… —Aquella sonrisa también se le aparece en sueños. Dientes blancos y perfectos en unos labios estrechos y pálidos. El olor a pintura y humedad se le mete en el cerebro y despierta con el corazón a mil y un disparo resonando a lo lejos.
Siempre el mismo sueño, siempre el mismo final, siempre las mismas noches de insomnio. Y ya van diez años.
En aquel momento se convenció a sí mismo diciéndose que era la única manera de conseguir el dinero que necesitaba para huir de allí y conseguir una mejor vida. Si volvía a intentar escapar de la banda, El Jefe le daría caza y lo mataría a él  y a Matilde, no precisamente en ese orden ni con tanta rapidez. Así que se dijo que haría lo que le pedía, se ganaría su perdón y luego huiría con Matilde a un lugar mejor para darle la vida que merecía, lejos de la violencia, las drogas y las traiciones. Pensó en abandonarla, en huir él sólo, pero el amor que sentía por ella era tan grande que lo único que su cerebro le decía era “Haz lo que sea necesario para estar con ella. Sólo así serás feliz”.
Y lo hizo. Mató al señor Torres después de pedirle y rogarle mil veces que pagara, que reuniera el dinero para EL Jefe. Se aseguró de no dejar ni una sola huella, ni una pista, ni un ápice de ADN en la escena del crimen; si acababa en la cárcel ¿quién iba a cuidar de Matilde? Nunca se lo diría, ella nunca sabría que dormía junto a un asesino y su vida lejos de allí sería maravillosa y llena de amor.
Pero obviamente nada es tan fácil. El Jefe sabía lo que pretendía y se encargó de que Matilde supiera de lo que era capaz. Matilde le dio una bofetada al verle, le dio la espalda y jamás volvió a aparecer por el barrio.
¿De qué le servían ahora las manos manchadas de sangre? ¿El dinero?  ¿Para qué quería una vida nueva si no tenía a nadie con quien compartirla?
Lloró de vuelta a casa, se pasó la noche en su estudio, mirando las estrellas, y al amanecer cogió sus escasas pertenencias y se marchó de allí de todos modos.
Donó el dinero a un orfanato vecino y se dedicó a realizar pequeños trabajos de fontanería por encargo. Apenas le llegaba para comer a diario, en invierno pasaba frío y en verano estaba siempre sediento, pro todo era poco para compensar el daño que había causado. Jamás se perdonaría poner su propia vida por delante de otro.

Semana 45: Escribe un relato de alguien que despierta de pronto con súperpoderes.

Siento un picor en la punta de los dedos. Un calor que va poco a poco avanzando por mis dedos hasta llegar a la muñeca y convertirse en lava que se mezcla con mi sangre y prende mi corazón. Empiezo a sudar profusamente y siento las sábanas pegarse a mi espalda. Abro los ojos; tales sensaciones no pueden ser producto de un sueño. La habitación está levemente iluminada por un fulgor que nace directamente de mis manos. Es una luz cálida, anaranjada, como si en cada una de mis palmas sostuviera una pequeña llama titilante. Me incorporo con dificultad, no quiero usar las manos, y me las acerco a la cara. Me sorprende no sentir calor alguno en mis mejillas; mi interior parece un volcán a punto de estallar. Me levanto y observo el fulgor me envuelve las manos como un guante, me concentro en él y poco a poco crece hasta iluminar toda la habitación. Un sudor frío me recorre la espalda y la contrariedad de sensaciones en mi interior me debilita, la cabeza me da vueltas y debo sentarme de nuevo en la cama. El corazón me va a mil. Cuando siento que he recuperado un poco las fuerzas abro los ojos de nuevo y allí sigue el tenue fulgor. Sonrío y vuelvo a concentrarme en él, esta vez, pero, en la dirección contraria, quiero quedarme completamente a oscuras. Por extraño que parezca me resulta más difícil. Como si esa luz quisiera salir de mi interior, mi cuerpo una presa a la que le resulta más fácil abrir las compuertas que cerrarlas por completo. No lo consigo del todo, un leve resplandor recubre aún mis manos huesudas y llenas de manchas. Suspiro y a la que dejo de pensar en controlar aquella luz el fulgor vuelve a su media potencia.
Genial, pienso. Por fin tengo los súperpoderes que siempre deseé. ¿Pero de qué me van a servir a los 80 años?

 

Retos 40 & 41 – To boldly go

¡11 Relatos! Ya casi lo consigo >___<

Semana 40: Abre el primer libro que veas por la página 23. Escoge la tercera frase de la página y úsala como la primera oración de tu relato.

In Adam’s limited experience, there were only a few things that could make that happen.

The Raven King. Maggie Stiefvater.

En la limitada experiencia de Adam, sólo un par de cosas pueden causar tales efectos. Y ninguna de ellas agradable.
—¿Vas a decirme ya qué me ocurre? —pregunta el capitán, perlas de sudor le recorren la frente. Un nuevo espasmo de dolor le obliga a cerrar los ojos y se le escapa un gruñido lastimero.
—Bueno, Julian, teniendo en cuenta lo poco que conocemos del planeta —dice Adam lentamente. Es para que  su amigo lo entienda y para que él mismo pueda escoger las palabras adecuadas, nada de lo que va a decir a continuación suena demasiado placentero—. Puede que algo de la cena de ayer con el jefe de la tribu te haya sentado mal, puede que hayas pillado la enfermedad chunga esa de la que me habló la princesa, o puede ser que estés embarazado.
Esto último lo dice más rápido y sin mirar a su amigo y capitán. La enfermería está desierta, todas las camas pulcramente hechas y las sábanas blancas y relucientes. El silencio es agobiante durante dos largos segundos.
—¡¿Qué estoy qué?! —grita el capitán.
—He dicho que puedes estar embarazado. Pero aun tengo que hacerte algunas pruebas y hablar con los nativos y-
—¡Pero si desde que me subí a esta nave que no he hecho nada!
—Estamos en el espacio, hay muchas cosas que no entendemos.
—Adam, por el amor de la Galaxia, hazme las pruebas que tengas que hacerme y cállate. No estoy como para tener un crío.
Adam es incapaz de reprimir una risita que por suerte queda disimulada por un nuevo ataque de gruñidos y quejidos de dolor.

Adam manda a su enfermera que haga un seguido de pruebas al capitán y mientras él baja al planeta recién hermandado para hablar con el jefe y su hija, la princesa Illiannzah sobre lo sucedido.
Cuando los resultados vuelven del pequeño laboratorio de abordo el doctor suspira tranquilo. Avisa a cocinas y coge del armario una caja de calmantes.
—¿Has pensado ya algún nombre para tu bebé? —pregunta. Es incapaz de reprimir la broma. Sólo por la cara de Julian vale la pena el castigo que éste pueda imponerle.
—¡No me digas eso!
—Era broma. Sólo es una indigestión. La mejor de las tres opciones ¿no? —Julian asiente. Está pálido y se le marcan las ojeras mucho más de lo normal—. De momento puedes tomarte esto, es un calmante para el dolor.
Adam le acerca un vaso con agua y la pastilla.
—¿Por qué no me lo has dado antes? —le recrimina el capitán antes de beber el agua y tragar la pastilla con ansias.
—Porque podía ser contraproducente. Ahora subirán de cocinas un poco de sopa. Me ha dicho el jefe que lo que necesitas son muchos líquidos, estar en un ambiente cálido y descanso.
—¿Sólo eso?
—Eso parece. Por lo que el jefe ha podido deducir eres la primera persona alérgica a su fruta más preciada. Es una pena, ha dicho, eso te descarta definitivamente para que contraigas nupcias con su hija.

 Semana 41: Escribe un relato sobre un personaje que tenga mucha fuerza de voluntad.

 

Algunos lo llaman tozudez, otros fuerza de voluntad. Ver sólo un punto fijo en el horizonte y avanzar hacia él cueste lo que cueste. Así me gustaría ser, como ella.
La veo en televisión, con esa sonrisa tan brillante y ese vestido tan bonito y me acuerdo de cuando íbamos a clase juntas.
Siempre quiso ser actriz, y se le daba bien. Iba a clases de teatro, a la academia de inglés y a canto. Eso último no se le daba tan bien. Pero ella continuó, sabía que era necesario para su voz, que le abriría muchas más puertas. Incluso cuando estábamos en época de exámenes no se saltaba nunca ni una de esas clases. Sacaba buenas notas, era algo torpe pero siempre tenía algo bonito que decirte. Me alegro de que le haya ido tan bien.
Fui a ver su primera obra de teatro importante. Teníamos dieciocho años y su papel era el de la hermana de la protagonista. Lo bordó. Después, al hablar con ella a la salida, me dijo que estaba enferma, a 38 de fiebre, pero que no podía desaprovechar aquella oportunidad. Yo la admiraba tanto. Mi vida hasta ese momento había sido simplemente dejarme llevar por la corriente, estudiar, aprobar y entrar en la universidad.
Dos meses después entró en la mejor academia de interpretación y poco a poco fuimos perdiendo el contacto. A veces hablábamos por Messenger o por Facebook y yo veía cómo seguía esforzándose, dándolo todo de sí misma, con una sonrisa y la mirada fija en la gran pantalla.
Recuerdo la primera vez que vi su nombre en el cine, en los créditos de una comedia coral un poco sosa pero con algunos diálogos muy buenos. Sentí una extraña mezcla de alegría, orgullo, envidia y autodesprecio. ¿Qué estaba haciendo yo con mi vida?
Y ahora aquí está, en la tele, nominada a los Goya como mejor actriz revelación. Y una pequeña lágrima cae por mi mejilla y me pregunto dónde estaría yo si hubiera luchado tanto como ella por mis propios sueños.

38 & 39 Retos Escritura – Cambios

¡Venga! Que ya queda menos >____<

Semana 38: Escribe un relato sobre piratas. Describe los movimientos del barco y cómo afecta a los personajes.

Siento la respiración de Kat en mi cuello, profunda y acompasada, parece que por fin se le ha pasado el mareo.
—Lo siento, no sé qué me ha pasado —susurra—. Ya sabes que yo nunca me mareo.
—Tranquila, estos últimos días no han sido tampoco corrientes.
Sobre mí la vela mesana está izada y se interpone entre mis ojos y el cielo estelado que nos cubre. No durará mucho, siento el amanecer en el aire. Kat empieza a toser y tengo miedo de que vuelva a ponerse a vomitar pero se sobre pone, se acerca más a mí y continúa con sus hondas respiraciones.
—No quiero llegar a casa —dice con un hilo de voz.

Yo tampoco. En pocas horas veremos tierra, las playas en las que crecimos, el puerto donde nos conocimos y nada más la arena toque la suela de mis roñosas botas me aprehenderán y me llevarán al calabozo. No me resistiré, tienen todo el derecho.
Los sucesos de la última semana transcurren tras mis párpados y el suave vaivén del barco me mece con cariño, como si quisiera consolarme tras la desgracia acaecida en nuestro último enfrentamiento.  Todas dijeron que no debíamos atacar tamaño barco, que no teníamos munición suficiente, pero hice oídos sordos y las embarqué a la muerte y al dolor. Quería llegar a casa con más riquezas que nadie, proclamarme la mejor capitana que jamás hubo en la isla, y ahora seré conocida como la peor.
Creo que Kat por fin ha logrado conciliar el sueño. Para mi va a ser imposible. Las olas chocan contra la cubierta y tengo la espalda empapada pero no voy a moverme. Esperaré al amanecer aquí sentada en la toldilla, en mi esquina favorita y escuchando los quejidos de mi barco por vez final. Las pocas tripulantes que se encuentran en cubierta no me prestan apenas atención; se centran en sus labores, algunas beben, otras susurran entre ellas, pero ninguna me mira, ya no existo para ellas.

Vislumbro en el horizonte inquieto un punto de luz que poco a poco va expandiéndose y suspiro, ya llegamos. Puedo oír los grilletes, puedo identificar las incitaciones a amotinarse. Ocurra lo que me ocurra no dejaré que le pase nada malo a Kat.

Semana 39: Escribe un relato en el cual dos personas totalmente opuestas se conozcan de forma poco corriente.

Ya que tenía que hacer acto de presencia a la fiesta de fin de rodaje he decidio pedirme una cerveza y sentarme en una de las mesas más alejadas del barullo. Así puedo observa a mis compañeros reír, charlar y desinhibirse. Pese a la gente que hay en el bar agradezco la pequeña burbuja de soledad, no he tenido mucha de ella en las últimas semanas y la culpable acaba justo de sentarse frente a mí.
—Pensaba que no ibas a venir —dicela chica—. Pero me alegro de que lo hayas hecho.
Alza su vaso, de líquido oscuro y mucho hielo, a modo de brindis y da un largo trago.
—Te lo digo ahora que aún no voy borracha para que veas que lo digo de corazón. Por increíble que parezca te voy a echar de menos, Rafa.
Siento que me sonrojo pero la penumbra del bar me protege y no le doy más importáncia, respiro hondo, asiento y sin mirarla a los ojos digo:
—Yo también, Cristina —ésta suelta una carcajada y contesta:
—De verdad que no sé cómo alguien tan tímido como tú puede ser tan buen actor. Es algo que me supera.
Me encojo de hombros, es una explicación demasiado larga y personal. Me pongo a desenganchar la etiqueta de mi botellín de cerveza con la uña del dedo índice derecho.
—¿Recuerdas el primer día en el hotel? Pensabas que era un muñeco que los otros actores habían dejado allí para asustarte.
—No sería la primera vez que me hacen algún tipo de broma pesada antes de un rodaje.
—Y por eso me agarraste tan tranquilo para dejarme en la otra cama. ¡Qué susto! El tuyo al ver que me movía y el mío al despertarme y sentir que alguien me alzaba.
—Sí, tu peso te delató pero me di cuenta demasiado tarde.
—Y todo porque siempre tienes que dormir junto a la ventana —dice Cristina con una cantarela que podría tomarme a ofensa, pero la conozco, y por muy dispares que sean nuestros caracteres he aprendido que le caigo bien.
—Pero no voy a echar de menos tu atronadora música —digo, medio en broma medio en serio.
—Ni yo tu manía de ver películas mudas durante la cena.
—Siempre dejabas la ropa interior en el suelo del baño.
—Ninguno estamos demasiado acostumbrados a compartir piso ¿no? —Vuelve a reír. Niego con la cabeza y sonrío al recordar mi pequeño apartamento al que mañana podré volver, todo en orden, todo para mí solo.
—Aún queda esta noche —puntualizo.
—Tranquilo, intentaré no despertarte cuando llegue. Menos mal que comíamos en el plató. Con lo tiquismiquis que eras para el café no quiero imaginar si tenemos que hacernos la comida.
—Me gusta cocinar.
—¿Si? Yo lo odio. Algún día cuando pase por Madrid me haces la comida —La sorpresa debe reflejarse en mi cara, porque Cristina vuelve a reír—. Tranquilo, ¿con cuánto tiempo de antelación quieres que te avise?
—Con un par de días será suficiente, gracias.
—Lo digo de verdad eh, espero que sigamos siendo amigos.
—Quizá coincidimos en otro rodaje.
—¡Pero que no nos hagan compartir habitación!
—Sí, eso estaría bien.

Cristina se queda un rato más en mi mesa, bebiendo de su coctel en silencio. Finalmente me da unas palmaditas en el hombro y se despide. No tengo muchos amigos, y menos en este mundillo, por lo que agradezco mucho haberla conocido. Aunque vivir con ella haya sido un infierno en la Tierra.

36 & 37 Retos Escritura – Bebé

¡Segunda entrada doble! Microrrelatos tematizados 😀

Semana 36: Escribe un relato sobre un trayecto o travesía. Céntrate en los cambios de escenarios.

El tren entra en un túnel y el cristal pasa a ser espejo. Por unos segundos te ves a ti mismo; mejillas rojas y ojos brillantes. No puedes creerlo, por fin ha llegado el día.
El negro da paso al verde, marrón y naranja. Un gran bosque se extiende ahora ante tus ojos; una carretera lo atraviesa y a lo lejos distingues un pueblecito. Has hecho ese recorrido decenas de veces y nunca te has fijado en lo alto que resulta el campanario de la iglesia.
El bosque se va aclarando, el tren disminuye su velocidad y da paso a una estación. No hay nadie esperando y nadie se baja. ¿Por qué ha parado? Hay gente que tiene prisa.
El tren se pone en marcha una vez más. El traqueteo acompaña tu pierna inquieta, a la energía contenida, que quiere salir, explotar en tus pulmones. El vagón a la izquierda y cruza una carretera atestada de coches.
Has hecho bien de no coger el coche, te dices, hubieras tardado el triple. Claro que el tren tampoco es de lo más veloz.

Vislumbras los polígonos grises que señalan la frontera con la ciudad y sientes un cosquilleo en las plantas de los pies. Te levantas, el tren para una vez más y debes apartarte para dejar paso a quienes bajan y suben. Te quedas frente a la puerta; dos paradas más.
Los gigantescos almacenes  y coloridos contenedores van dejando paso poco a poco a los edificios, las calles y los transeúntes. El tren desciende bajo tierra y todo vuelve a oscurecerse. Respiras hondo, coges el móvil del bolsillo, ningún mensaje. La estación aparece tras la puerta, todo gris y luz naranja, te apartas y esperas a que el tren reprenda la marcha.
Esperar. Cuando llegues al hospital ¿cuánto tendrás que esperar? Oscuridad una vez más. La tensión y los nervios dan paso al miedo. ¿Irá todo bien? ¿Y si hay complicaciones? El llanto de un bebé unos asientos a tu derecha te provoca un mini infarto. ¿Es eso una buena señal? Llegáis a la estación, lo ves por el rabillo del ojo, pero estás demasiado pendiente del bebé y de su madre que lo acuna y le susurra para que se calme. En las clases de preparación al parte no te avisaron de esto, de los nervios y las dudas. El pitido que avisa del cierre de las puertas te saca de tu ensoñación y logras bajar al andén por los pelos. Solo faltaría que en los minutos de más que tardarías en retornar tu mujer diera a luz.

Semana 37: Escribe una historia con los siguientes elementos: orejas, bufanda, sonajero y guirnalda.

Javi sale de casa, cierra la puerta con llave y se dirige hacia el ascensor sin apartar los ojos de la lista de la compra que Cristina le ha dejado en la nevera.

—Qué morro tiene —murmura para sí mismo—. Ella se va a pilates y yo tengo que ir a comprar toda la mierda de Navidad. ¡Guirnaldas! ¿de qué tipo? ¿de qué color? ¿cuántas? Hacer la lista es muy fácil pero luego…

La puerta del ascensor se abre y Javi entra, aprieta el botón del cero y mientras espera a que vuelva a cerrarse la puerta se mira al espejo. Le encanta la bufanda verde que se compró por le Black Friday, le resalta los ojos. De repente alguien se interpone entre la puerta del ascensor y el sensor y ésta vuelve a abrirse. Es el vecino nuevo.
—Buenas tardes —saluda.
—Buenas tardes —responde Javi con una sonrisa embobada— Soy Javi, el vecino del tercero segunda.
—Oh sí, claro. Encantado, yo soy Ramón.

Javi sigue sonriendo. ¡Por fin sabe cómo se llama! (Aún no hay nombre en el buzón, fue lo primero que miró). No puede creer que haya sido tan directo con él pero siempre le sucede que su cerebro se cortocircuita ante los hombres que le gustan, por eso extiende la mano para sellar el saludo y sentir cuán suave es su piel. Ramón saca su mano derecha del bolsillo y de él cae un sonajero. Javi se agacha para recogerlo, confuso, y las puertas del ascensor se abren una vez más. Han llegado a su destino.
—Ui, gracias —dice Ramón. Las mejillas y las puntas de las orejas se le han enrojecido y está súper mono— Es de mi hijo, he tenido venir a buscarlo porqué no había manera de calmarle.
—Ah, claro —dice elocuentemente Javi. Abre la puerta del portal y deja pasar a Ramón. Allí está la mujer con el cochecito y el bebé. El chico se despide y empieza a andar por la calle helada de camino al chino.
¿Por qué siempre se enamora de imposibles?