Relato 4 | A por el premio

¡Buenas!

Parece que la única manera que tengo de escribir es con el móvil y en el tren… Así he escrito este relato y así escribí también mi entrada para el Proyecto Remolacha. Supongo que a fin de cuentas lo que importa es escribir…

Relato 4: Crea un relato que gire en torno a una cuenta atrás.

La flecha pasó rozándole la oreja. Apenas tuvo tiempo de esconderse tras un árbol para sacar su arma y preparar una estrategia de ataque antes de que el bosque se llenara de sombras sedientas de sangre. Respiró hondo y una a una fue acabando con ellas.
Con el corazón a cien, los dedos engarrotados y la respiración entrecortada observó a su alrededor. Todas muertas

Le quedaban tres horas.

La torre se dibujaba a lo lejos, alta, estrecha y plagada de ventanas. El campo alrededor estaba lleno de flores multicolor que desprendían un olor embriagador que lo atraía hacia ellas. Acarició sus pétalos sedosos, aspiró su aroma dulzón y pensó que quizá no estaría mal echarse allí a dormir, descansar y recuperar la magia que había gastado en las últimas batallas.
Cuando se dio cuenta de lo que sucedía, del embrujo de las flores sobre él, empezó a correr hacia el edificio.

Le quedaba hora y media.

De la puerta colgaba un enorme candado dorado y lleno de arañazos, testigos de aquellos que habían llegado a la torre para tener que volver atrás a buscar la llave correcta. Se quitó el colgante que había robado a las sirenas y con una sonrisa empujó la llave en la ranura. Cerró los ojos, nervioso pese a su certeza, y aún siendo consciente del tiempo apremiante giró despacio, escuchando y sintiendo cada uno de los temblores de la puerta al desbloquearse.

Le quedaba una hora.

No sabía qué batallas le aguardaban una vez allí. No existía mapa alguno de la torre. Decidió tomar las escaleras que subían, empinadas y oscuras hacia lo más alto. En guardia, con la espada en una mano y el anillo de poder en la otra, subió peldaño a peldaño los dos primeros pisos. No encontró nada, ni puertas ni ventanas, pese a que la fachada exterior había mostrado una infinidad de ellas. ¿Se habría equivocado? Decidió seguir subiendo, cada vez más preocupado por el tiempo y por haber tomado la decisión incorrecta. Oyó el batir de unas alas y se detuvo a escuchar. El silencio volvió y le advirtió de seguir atento, de no dejarse llevar por sus propios miedos.
Subió y subió lo que parecieron miles de escalones y finalmente llegó frente a una puerta entreabierta. La luz se filtraba por las ranuras desiguales entre los tablones de madera que la formaban. Empujó con la mano libre de espada y la puerta se abrió sin ofrecer resistencia.

Le quedaban veinte minutos.

Estaba en lo más alto de la torre. Un balcón circular desde el que podía otear todo el territorio. El campo de flores somníferas, el bosque de las sombras, el pueblo de los enanos casamenteros… ¿Pero qué debía hacer ahora? ¿Dónde estaba su gran batalla final, su premio?
Buscó por el suelo y rebuscó por las grietas en las almenas hasta encontrar un cofre diminuto. Al abrirlo empezó a sonar música y confeti cayó sobre su cabeza.

Le quedaban cinco minutos y lo había conseguido.

 

Se quitó las gafas de realidad virtual y despegó los guantes sudados de sus manos.
—Te lo dije, me he pasado el juego en menos horas que tú.

 

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Los dados que inspiraron este relato

Relato 3 | Por amor al arte

reto escitura relato marzo

In extremis, pero aquí tenéis mi relato para este mes de marzo. Espero que os guste y como siempre, al final tenéis la fotografía de lo que salió en los dados, esta vez 7 en vez de nueve porque dos ya iban impuestos en el reto mismo.

Relato 3: Escribe un relato que integre las palabras ‘luz’ y ‘cuadro’ como elementos relevantes del argumento.

La primera vez que estuve en casa de Antón fue un sábado por la tarde a los dieciséis años. Nos había tocado ser pareja en el trabajo trimestral de historia y debíamos investigar sobre los egipcios para hacer una presentación en clase. Recuerdo entrar en el salón y sentirme diminuta y fea ante los muebles modernos de la sala y la preciosa luz dorada que entraba por los altos ventanales. No había nube en el cielo ni altos árboles en el cuidado jardín que empañaran el poder del Sol. Recuerdo que su madre nos trajo la merienda y nos colocamos en la mesa principal del salón con el Mac de Antón para empezar a buscar información, copiar y pegar párrafos enteros y discutir sobre tipografías. Me alegró no tener que abandonar aquel lugar por su habitación, había algo en ese suelo oscuro que enganchaba a él mis pies, los muebles claros tiraban de mí para que no les abandonara. Y entre mordisco y mordisco de mi sándwich de jamón y queso descubrí la razón. Era un cuadro precioso, de colores pálidos y trazos marcados representando un campo de amapolas mecidas por el viento. Una sombra desdibujada a lo lejos parece que dé la espalda al espectador, o quizá lo que hace es observarle atentamente esperando su reacción. Nunca he acabado de decidirme, pero mi reacción en aquel momento fue de asombro, de un embelesamiento tal que ya no pude concentrarme más en momias, esclavos ni pirámides. Estoy segura de que Antón se dio cuenta de mi nula atención hacia el trabajo pero no dijo nada, acabó de recopilar la información y al acabar me acompañó hasta la parada del autobús.

No pude olvidar el cuadro. Sus colores se me presentaban en sueños y al despertar añoraba aquella sensación de calma que transmitía la inexistente brisa que mecía las amapolas. Quería hablar con Antón, inventar cualquier excusa con tal de volver a su casa, pero no teníamos nada más en común que aquel trabajo de historia y mi timidez siempre acababa ganando a la necesidad de contemplar una vez más aquel paisaje.

 

La segunda vez que estuve en casa de Antón fue un año después, la noche de su cumpleaños. Que me invitara fue toda una sorpresa y más aún escucharme decir que sí. Cuando llegué ya había bastantes invitados, compañeros de clase de los que poco conocía a parte de su nombre y sus notas y la música fluía desde el jardín por todos los rincones de la casa. El salón había sido decorado con banderillas de colores que colgaban del techo y varios globos dorados iban de una esquina a otra por el suelo. El cuadro, mi cuadro, seguía en su sitio y tan precioso como la primera vez que lo vi. Había pensado, y temido, que quizá en el recuerdo lo había idealizado, dotado de cualidades que no había tenido nunca, pero sentí un alivio inmenso al asegurarme de que todos los detalles y sensaciones seguían ahí, en mi.

Nunca supe quién lo pintó, nunca lo pregunté, pero lo que sí hice fue empezar a fijarme en todos los cuadros y pinturas que se cruzaban en mi camino y descubrí que muchos de ellos despertaban en mí sensaciones parecidas; un anhelo agudo, un ansia de posesión, un respeto profundo. Poco a poco fui interesándome más y más por el mundo del arte, de la pintura, el dibujo y todas sus variantes, y fue ese obcecado interés el que me llevó a la universidad. Sin él no quiero pensar donde habría acabado.

Aquella noche, además, fue mi primer beso. Estaba sentada en el jardín, colocada estratégicamente para poder contemplar el cuadro sin parecer demasiado apartada de la fiesta. Contemplaba cómo las luces de colores que había en el jardín rozaban el lienzo y por unos segundos cambiaban por completo su atmósfera. Rojo, azul, verde y de nuevo el blanco del comedor. Rabia, tristeza, confusión y tranquilidad se seguían en un marcado ritmo que, cuando fue obstruido por un cuerpo frente a mi me quedé helada, sin saber qué sentir. Antón me cogió de la mano, hizo que me levantara y me besó. Primero me asaltó la rabia, quería continuar con mi estudio de aquel prado; luego la confusión tomó protagonismo en mi mente, ¿por qué me besaba Antón? para pasar rápidamente a la tristeza, mi primer beso no había sido nada espectacular como todos decían que debía ser. Cuando Antón se apartó y el cuadro volvió a entrar dentro de mi campo de visión la tranquilidad retornó y sonreí. Antón creyó que le sonreía a él y acabamos por hacernos novios.

 

Muchas más veces fui a casa de Antón. Mañanas, tardes y noches que me permitieron contemplar el cuadro incluso del revés. No sentía nada hacia Antón, ni mariposas en el estómago ni la flecha de Cupido en el corazón, pero sí me caía bien y quizá por asociar su presencia a la del cuadro estar con él me tranquilizaba y me infundía unas fuerzas que estando sola jamás habría conseguido.

La última vez que estuve en casa de Antón fue también la primera vez que cometí un robo. Ese mismo día por la tarde habíamos cortado, la distancia entre nuestras universidades un bache por el que no queríamos —Antón no quería— pasar. Yo sabía que ese día iba a llegar, que nuestra relación no sería eterna, pero me dolió de todos modos. Como he dicho, a mi manera quería a Antón.  Pero también quería aquella pintura, así que a media noche me escapé de casa, cogí el coche de mi hermano y la copia de las llaves de casa de Antón que había hecho a sus espaldas y robé el cuadro. Sabía que ese día llegaría y había tomado medidas.

La excitación y la adrenalina que sentí en ese momento no he vuelto a sentirlas de nuevo, tampoco la alegría de ver finalmente aquella luz clara y primaveral iluminar mis escasas posesiones, pero sí he sentido la emoción de colgar de la fachada de un edificio y entrar en un museo sin ser vista, de pasar frente a esas lucecitas rojas y saber que voy a llevarme una de las obras sin dejar huella. He recorrido el mundo de museo en museo, ganándome la vida con lo que más me gusta y todo por un cuadro que no tiene más valor que los incalculables sentimientos que me produce. Mi vida era un juego de dados, de mi insípida personalidad podría haber salido cualquier resultado, y salió la magnífica tirada del arte. No me arrepiento de nada.

Por cierto, siempre devuelvo todo lo que robo —ese es mi trabajo, demostrar que se puede robar—,pero ese cuadro con el campo de amapolas y la extraña figura difuminada sigue colgando de mi habitación.

 

relato de marzo reto escritura creativa

Relato 2 | Las ciudades de los muertos

¡Hola!

Hoy os presento el segundo reto mensual 2017 que han preparado los chicos del El libro del escritor. Como ya ocurrió en el reto de enero, para la trama he usado los dados Rory’s Story Cubes y podréis ver el resultado de la tirada que inspiró el relato al final ^^

Como el reto es para 52 relatos y yo, después del año pasado, me he puesto el objetivo de escribir 12, voy saltando, más o menos, de 4 en 4 y escojo el que más me llama la atención.

Relato 2: Usa la frase: “En el oeste se encontraban las ciudades de los muertos” para hacer una composición creativa.

En el oeste se encontraban las ciudades de los muertos.
Una vez al año Joffrey subía la pequeña colina frente a ellas y pagaba sus respetos. Si no hubiera sido por sus habitantes él no estaría allí, su familia probablemente tampoco. Las vistas y el ambiente, frío, gris e imperturbable, siempre se cerraban entorno a su corazón, le recordaban lo que había aprendido en el colegio y le hacían sentir ganas de llorar. A veces lo hacía, otras no. Una gota cayó del cielo y dio de lleno en su frente. Otras la acompañaron y el chico se refugió bajo uno de los altos pinos que habían sobrevivido la violencia de la zona, su corteza plagada de cicatrices y, seguro, recuerdos horribles. A los pocos segundos dejó de llover y Joffrey pensó que sería el momento perfecto para volver a casa, no quería que una posible tormenta le pillara aún en la colina.
El aleteo de un pájaro le asustó y seguido de él escuchó el crujir de una rama y el murmurar de una voz grave. El corazón empezó a latirle con fuerza, ¿quién podía ser? Nunca se había topado con nadie en sus visitas, no en diez años. Muchos opinaban como él en el pueblo, pero cada uno tenía su modo propio y particular de honrar al pasado.
De entre los árboles surgió la figura de un chico joven, no más de quince o dieciséis años. Piel morena, cabello oscuro y ojos verdes. El corazón de Joffrey, acelerado por la anticipación, paró súbitamente de miedo y el chico sintió que les flaqueaban las piernas. ¿Qué hacía él allí? Joffrey se obligó a respirar hondo, a calmarse y recordar que, gracias a los que yacían en camas de mármol a su espalda, vivía en tiempos de paz.

El recién llegado se percató también de su presencia y sus facciones se endurecieron al verse acompañado. Los chicos se observaron fijamente, atentos a cualquier signo de hostilidad. Pasados los minutos Joffrey exhaló sonoramente y saludó al desconocido.
—Buenas tardes —dijo con voz ronca y sintiendo como poco a poco sus músculos iban destensándose.
—Buenas tardes —respondió el chico de ojos verdes, sus ojos por fin desviándose de la figura de Joffrey —. ¿No habrás visto un gran perro gris, verdad? —preguntó el recién llegado, su mirada ahora centrada en los bajos edificios más allá de la colina.
—No, lo siento.
—Mierda. Dije a mis padres que solo iba a dar una vuelta pero Aja se escapó mientras estaba meando y ahora llegaré tarde a cenar y mis padres se enterarán de que he cruzado y el castigo será monumental.
Joffrey cerró la boca, tragó saliva y pestañeó rápidamente para que la sorpresa no se reflejara de un modo tan obvio en sus facciones. No es que nunca hubiera escuchado a alguien del otro lado hablar, es que los mercaderes e incluso su profesor se esforzaban por neutralizar su marcado acento y esa manera tan natural de expresarse, que no tenían en cuenta las sensibilidades de su público.
—Lo siento, no he visto a ningún perro —repitió Joffrey para dejar de parecer un pasmarote.
—En realidad es una hembra —aclaró el otro chico—. Muy grande, blanca y cariñosa.
Joffrey miró a un  lado y a otro de la colina y una idea se le apareció en la mente, descabellada y ligeramente peligrosa.
—¿Quieres que te ayude a encontrarla? —se ofreció—. Me llamo Joffrey.

Si después de tantos años acudiendo a la colina a visitar las ciudades de los muertos había encontrado a alguien en su camino, y no un chico cualquiera, un chico del otro lado, eso tenía que significar algo ¿cierto? Le ayudaría y un pequeño gesto más de bondad entre los dos pueblos sería colocado junto a la inmensa montaña de mal, terror, violencia y sufrimiento del pasado. Y quizá algún día, dentro de muchos años, cuando el bien superase al mal, la montaña del primero se tambalearía y caería sobre la del segundo para enterrarla y sólo dejar ver pequeños destellos oscuros que sirvieran de recuerdo y aviso.

—¿De verdad? —el chico parecía genuinamente sorprendido y a la vez agradecido. Joffrey le devolvió la sonrisa y asintió—. Yo soy Mateo, encantado.
El chico, Mateo, se acercó, le abrazó y le dio un beso en la mejilla izquierda. El contacto abrumó a Joffrey y la sorpresa se apodera de su cuerpo, impidiéndole apartarse de un empujón, sobresaltado. Aún y así Mateo sintió la incomodidad en su nuevo amigo y al apartarse un rubor furibundo teñía su cara.
—Perdón, lo siento. Eres la primera persona del otro lado que conozco.
—¿No tenéis a nadie de Kostera en Montealto? —preguntó sorprendido Joffrey.
—¡Sí! Claro que sí, pero esos no cuentan —respondió Mateo, un aire despreocupado de nuevo en sus gestos—. Ellos están acostumbrados, puede que no les guste pero lo aceptan sin sorpresas.
—Lo siento, no lo esperaba —se disculpó Joffrey.
—No pasa nada, es normal. Nuestros pueblos no son demasiado cercanos que digamos— La sonrisa blanca y brillante del chico desapareció por unos segundos, sus ojos verdes fijos en el inmenso cementerio dividido en dos. Las ciudades de los muertos, división entre pueblos que antaño vivieron siglos enfrentados.
—¿Aja, has dicho que se llamaba? —preguntó Joffrey. Mateo retornó su mirada hacia él, asintió y la sonrisa volvió a su rostro.

Bajaron la colina gritando el nombre del animal, mirando detrás de cada roca y de cada gran árbol, pero sin éxito. Al llegar al cruce que indicaba el camino hacia Kostera, Montealto o Las ciudades de los muertos empezó a llover de nuevo y oyeron, a lo lejos, el ladrido de un perro. Corrieron hacia el oeste, las finas gotas de agua empapando su cabello y su ropa y las ramas y hojas secas crujiendo bajo sus pies.
Aja les esperaba, tranquila e impávida ante la lluvia, en la entrada al cementerio que albergaba todas las familias de Montealto muertas durante la guerra. Mateo abrazó al animal, lo acarició y besó con cariño antes de reprenderle por haberse escapado.
—Muchas gracias por ayudarme —le agradeció luego el chico.
—No he hecho nada.
—Podrías haber decidido no ayudarme —Joffrey sintió que enrojecía y se encogió de hombros.
—Ha sido una tarde diferente. Espero que tus padres no te castiguen.
—Bueno, me caerá una bronca bastante gorda por llegar tarde y mojado, pero nada más.
—Entonces mejor nos despedimos —dijo Joffrey con una sonrisa. El buen ánimo de Mateo es realmente contagioso.
—Espero que nos veamos pronto —respondió este. Su cuerpo se inclinó hacia delante y súbitamente volvió hacia atrás. Joffrey le miró sorprendido durante un milisegundo y luego lo entendió, el chico iba a abrazarle de nuevo.
—Puedes abrazarme si quieres —respondió sintiendo que enrojecía de nuevo—, ambos estamos empapados.
Mateo le abrazó, su cuerpo delgado y fuerte desprendía calor pese al ambiente fresco del anochecer.
—De nuevo gracias por todo.
—A ti.

Ambos chicos emprendieron su camino a casa por senderos opuestos, ambos sonreían, ambos estaban tranquilos. Dejó de llover y las nubes dejaron paso a las brillantes estrellas. Los muertos, a sus espaldas, descansaban.

*

¿Qué os ha parecido?

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Relato – La orquídea negra

¡Buenas!

Seguro que muchos conocéis ya la red social de El libro del Escritor y sus concursos. Durante 2015 fue Las primeras hojas y en 2016 Inventízate. Uno de mis propósitos de 2016 fue participar en como mínimo 6 de las 12 pruebas (pues empecé a participar en mayo) y lo logré con 7. Hubieran sido 8 si no fuera por que soy un desastre y, aún no sé muy bien cómo, no le di al botoncito de “sí, estoy segura de que quiero enviar mi relato” por lo que no pude participar en la prueba de noviembre. Y me da un poco de rabia por qué el relato me gustaba bastante, así que ahora que Inventízate ya ha acabado he decidido colgarlo en el blog tal cual lo hubiera enviado. De hecho me he tenido que refrenar de cambiar algunas cosas al releerlo….

Las restricciones de la prueba eran: El título debe ser La orquídea negra, el relato debe desmontar un cliché y el/la protagonista debe llevar consigo un libro.
Como siempre el máximo de palabras eran 500.

La orquídea negra

Ayer vino el Gran Mago al colegio. Todo el mundo había oído hablar de él pero nadie le había visto nunca. Lo poco que conocíamos nos había llegado a través de los viajeros que, con un poco de alcohol en las venas y muchas ganas de sentirse importantes, contaban increíbles aventuras de magia y dragones. Resultó ser un hombre mayor, vestido de gris y de larga barba blanca como cualquier otro.
Salimos al patio y los profesores nos colocaron por clases. El Gran Mago nos examinó uno a uno y finalmente paró frente a mí. Sin decir nada me agarró de la mano izquierda y el libro que había sacado de clase cayó al suelo. El mago alzó la manga de mi camisa y observó con atención la cicatriz que tengo en el antebrazo. Cuando empezó a acariciarla con sus dedos largos y pálidos sentí escalofríos. Hay quien dice que la cicatriz parece una flor, con su tallo y múltiples pétalos, pero para mí es sólo un cúmulo de zigzags oscuros que me recuerda al fuego en el que murieron mis padres. Tras segundos en silencio el Gran Mago se apartó de mí e hizo un gesto a la maestra. Ella se me acercó y devolviéndome el libro me dijo en un susurro que fuera con él.
El Gran Mago anduvo hasta el viejo olivo y cuando estuvo seguro de que éramos los únicos en todo el patio preguntó:
—¿Cómo te llamas, joven?
—Joseph —respondí.
—Hola Joseph, he venido a contarte algo muy importante. Supongo que conoces los problemas que hay en la ciudad por culpa del Mago Oscuro. Lo que quizá no sepas es que hace unos años surgió una profecía que anunciaba su derrota. Esa profecía anuncia al salvador como un joven nacido de las llamas, portador de una orquídea negra en el brazo y amplia luz en el corazón. He buscado a ese joven durante mucho tiempo y creo que por fin lo he encontrado. Eres tú, Joseph.
Me sentí aturdido. ¿Cómo iba yo a vencer al Mago Oscuro?
—Joseph, siento en ti un importante poder. Si vienes conmigo llegarás a ser la persona más importante del mundo, el chico que salvó el mundo.
—¡Es imposible! Yo no tengo magia, soy un chico como cualquier otro.
—Admiro tu humildad, pero si dejas que te muestre todo tu potencial…
Volvió a agarrarme de la muñeca y esta vez sí me zafé y azuzado por el miedo y las dudas empujé al hombre para que no volviera a acercárseme.
El Gran Mago dio un paso atrás, chocó contra una de las raíces del olivo y dio de cabeza contra el suelo. Jamás olvidaré ese sonido. Supe inmediatamente que estaba muerto y empecé a correr.

Llevo un día de camino, con mi libro como única compañía, y no sé qué va a ser de mí. Aunque el Gran Mago tuviera razón ya nadie me creerá, no después de esto.

*
¿Qué os parece? ¿Qué nota me hubierais puesto? :3

 

Relato 1 | Feliz año nuevo

¡Buenas!

Como ya sabréis el año pasado realicé el reto de escribir 52 relatos (uno por semana, más o menos….) que proponían los chicos de El libro del escritor, este año 2017 me vuelvo a sumar a tan fantástica idea pero pasando a escribir uno al mes. Además, como los reyes me trajeron Los Rory’s Story Cubes, he decidio que escribiré los retos según lo que me salga de los dados, por lo que después del relato añadiré la foto para que podáis ver de dónde ha salido cada historia ^^

Si queréis leer los relatos del año pasado podéis hacerlo aquí.
Para empezar con los de este año… ¡adelante!

1r Relato: Escribe un relato que comience en un día de Año Nuevo.

Jonás maldijo en voz baja y se vio obligado a quitarse los guantes.
No sólo tenía que ir al trabajo en día de año nuevo a buscar unos papeles si no que ahora le ocurría esto. Maravilloso presagio de cómo iba a ir el año.

Era una tarde fría y gris que había dejado las calles desangeladas. Los coches y los autobuses se sucedían uno detrás de otro, con sus pasajeros calentitos y cómodos en su interior, pero apenas un puñado de gente podía verse por la calle.
Jonás volvió a maldecir, esta vez sin preocuparse quién pudiera escucharle. El jodido candado de la bicicleta se negaba a abrirse y le tenía de cuclillas en medio de la calle, exasperado y deseando irse a casa. Maldijo de nuevo, en voz alta, desahogando su frustración y volvió a intentarlo una vez más antes de darle una patada a la vieja bicicleta y dejara allí para que alguien la robara, o no ¿quién iba a querer ese cúmulo de chatarra?
—¡Gracias! ¡Por fin, joder! —exclamó al notar que la llave giraba y ver al candado abrirse. Una risita a sus espalda le obligó a darse la vuelta.
Cuando vio quién era se sintió transportado al infierno del calor que empezó a subir por sus mejillas y el sudor que se instaló en las palmas de sus manos. Hacía semanas que no la veía.
—Parece que el hombre ha triunfado sobre la malvada bicicleta —Era la primera vez que Jonás escuchaba su voz. Era agradable, suave y la diversión fluía en ella en suaves olas—. Soy Carla, nos hemos visto con la bici.
—Sí, sí, lo sé. Soy Jonás.
El chico extendió la mano desnuda y cuando Carla se la estrechó sintió que debajo de los guantes de lana había una mano pequeña pero fuerte.
—¿Has venido a trabajar en un día como hoy? —preguntó al chica.
—No, sólo he tenido que venir a buscar unas facturas —explicó Jonás. Guardó la llave en el bolsillo del abrigo—. ¿Y tú?
—Tenía que acabar un proyecto, así que vine a pasar unas horas en la oficina.
Jonás asintió y sin saber qué más decir volvió a ponerse el guante y poco a poco sintió que sus dedos volvían a la vida.
El aire se había vuelto a levantar y mechones de cabello pelirrojo danzaban enfrente de la cara pecosa de Carla. Jonás se metió ambas manos en los bolsillos para evitar estirar un brazo y apartárselos de cara, avanzar y observar por primera vez de cerca esos ojos verdes que buscaba cada mañana de camino al trabajo.
—¿Dónde trabajas? —preguntó ella al fin.
—Aquí en frente, en un despacho contable. ¿Y tú?
—Una calle más arriba. En un despacho de arquitectos.
—Vaya, qué guay —dijo Jonás. Y acto seguido sintió unas enormes ganas de darse en la cabeza con el candado de la bicicleta, qué respuesta más estúpida. Carla sonrió y se encogió de hombros.
Había sido consciente de su existencia una mañana meses atrás, cuando el tiempo aún era agradable y el sol brillaba durante horas. Jonás sufría por llegar puntual al trabajo, arrastrando como cada día el vejestorio de su bicicleta, pedalada a pedalada, cuando se vio adelantado por una nariz respingona avanzando a la velocidad del rayo seguida de una melena pelirroja. Dos días después habían coincidido en un semáforo; la chica le había visto, le había sonreído y Jonás sintió que se enamoraba perdidamente. Desde entonces la había buscado cada día, primero con su chaqueta de cuero negro y luego con el abrigo amarillo con capucha que vestía ahora, y siempre que habían coincidido en algún cruce o espera se habían sonreído, incluso alguna vez ella había hecho sonar su timbre al adelantarle, siempre recta y veloz como una flecha.
—¿Tienes frío?¿Quieres ir a tomar un café?
—Claro, por supuesto. Al café, claro. —balbuceó Jonás. ¿Cómo podía haber preguntado eso con tanta calma? ¿Era una cita? ¿El inicio de una? ¿Sólo su imaginación jugando con él? Quizá se había desmayado a los pies de la bicicleta por el frío y todo esto eran alucinaciones…
—Conozco un sitio muy chulo a la vuelta de la esquina donde podrás guardar la bicicleta dentro —dijo ella con una sonrisa.
—Gracias. ¿Tú no has venido en bici hoy? —preguntó Jonás mientras guardaba el candado en la mochila. Sacó la bicicleta de su sitio y empezó a andar siguiendo a Carla.
—No, con este frío hoy he cogido el autobús.
—Bien hecho —dijo Jonás sin pensar y al ver la mirada divertida de Carla clavó los ojos en el suelo y añadió—: Mi combinación es tan mala que o vengo en bici o llego demasiado pronto o demasiado tarde.
—Entonces te vendrá bien tomar algo caliente antes de volver a casa.
—Seguro que sí.

Jonás llegó a su pequeño apartamento sin apenas haber registrado el frío polar que hacía en el exterior a esas horas. El recuerdo de la sonrisa de Carla, sus ojos verdes y el movimiento circular que hacía con las muñecas al ponerse el pelo detrás de las orejas le habían tenido muy ocupado. Esperaba que a la mañana siguiente aun conservaran su fuerza, si no tendría que recargar las pilas cuando volvieran a verse el sábado. Ese sí era un maravilloso presagio de cómo podía ir el año.

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¿Qué os dicen estas imágenes a vosotros?

Retos 51 & 52 – Felices para siempre

¡No me lo puedo creer! Lo he conseguido >_______< Sí, he tenido que hacer un sprint súper spamer pero lo he logrado 😀

¡Feliz año a todos!

Semana 51: Reescribe un cuento de hadas clásico.

Había una vez un hermano y una hermana que vivían en lo más profundo del bosque. Su padre les obligaba a cazar para tener qué llevarse a la boca, les hacía pasar horas en busca de madera para quemar y entrar en calor, les encargaba curtir las pieles de sus presas y, en resumen, les hacía trabajar de sol a sol sin que apenas pudieran disfrutar de los resultados de su arduo trabajo.
Un día Hansel, el hermano, le dijo a Gretel, su hermana:
—Estoy harto de esta vida de trabajo y pobreza. Huyamos de aquí.
—¿Y dónde iremos?
—Cualquier sitio será mejor que este.

Los hermanos trazaron un sencillo plan; aprovecharían que el tiempo había empezado a mejorar para escapar por la noche, se llevarían con ellos toda la comida que pudieran cargar y no mirarían atrás.

Caminaron y caminaron, a través de bosques, prados y ríos, siempre alejándose de su destartalada casa y del pueblo al que acudían los días de mercado. No pensaban en su padre, al que habían abandonado, sólo en su futuro; un lugar cálido, lleno de comida y cualquier cosa que ansiaran.

Después de tres días, cuando la comida empezaba a escasear, encontraron una casa algo destartalada en medio de un claro. Llamaron a la puerta y nadie abrió, observaron por las ventanas sucias y entre las cortinas roídas y vieron una mujer mayor tumbada en la cama, parecía dormida.
Volvieron a llamar a la puerta y al ver que no lograban despertarla trataron de abrir la puerta ellos mismos. Tras un par de fuertes empujones lograron desencajar el tablón de madera y entrar en la casa, oscura y llena de polvo.

Se acercaron a la mujer y vieron que respiraba con dificultad.
—Señora, ¿se encuentra bien? —preguntó Gretel desde los pies de la cama.
—Niña, ¿cómo has llegado hasta aquí? —preguntó una voz temblorosa de entre el cabello gris. Gretel se acercó y peinó a la mujer, dejando a la vista una cara imposiblemente vieja, inundada de arrugas que se replegaban una sobre la otra y de las que sobresalían unos ojos diminutos y una nariz enorme. La mujer cogió a Gretel del brazo y le clavó las uñas con fuerza. Pese al abrigo que llevaba Gretel sintió las uñas puntiagudas en su piel.
—¡Aléjate! -gritó de golpe Hansel—. Es una bruja.
El chico ayudó a su hermana a separarse de la bruja, quién empezó a maldecir entre resoplidos y gruñidos.
—¿Cómo lo has sabido?
—He encontrado restos de huesos humanos en el horno —Gretel trató de suprimir un escalofrío y se alejó aun más de la cama—. Oí en el pueblo que la gran bruja estaba enferma, un conjuro que había salido mal. Dijeron que necesitaba comer niños para curarse.
—Si me ayudáis, si me salváis, os daré todo lo que queráis —dijo la bruja desde la cama, mirándoles con maldad en sus ojos violáceos.
—No vamos a hacer nada de eso —dijo Gretel, el coraje había vuelto a ella —. Esperaremos a que mueras y entonces tu poder será nuestro.
—¿Cómo? —se sorprendió Hansel, a la vez que la bruja exclamaba:
—¿¡Cómo sabes eso, niña inmunda?!
—Lo dijo mi madre hace mucho tiempo, antes de morir. Las brujas tienen un demonio en su interior, cuando mueren ese demonio vaga por el mundo hasta encontrar un nuevo cuerpo. Así para siempre.
—¿De verdad?
—Madre dijo que por eso había abandonado a su familia, por eso decidió vivir en medio del bosque, para que el demonio que se había apoderado de su hermana no volviera jamás a por ella.
—Y por eso padre siempre la resintió, por obligarle a dejarlo todo —dijo Hansel. Gretel asintió con una sonrisa.
—Esta puede ser nuestra oportunidad. Podemos capturar al demonio y obligarle a que cumpla todos nuestros deseos si quiere que le liberemos —susurró Gretel para que la bruja no pudiera oírla.
—¿Funcionaría?
—Cualquier cosa que suceda será mejor que habernos quedado en casa.
—Tienes razón.

Y así lo hicieron. Los dos hermanos vivieron en casa de la bruja hasta que está murió y cuando el demonio salió de su cuerpo; horriblemente feo, rojo y negro, con alas viscosas y garras putrefactas, Hansel y Gretel lo atraparon en un círculo de sal y virutas de hierro. Pidieron no pasar hambre nunca más, no pasar jamás frío y dinero para todo lo que pudieran necesitar. El demonio convirtió la casa, paredes, cristales y cimientos en golosinas y encendió el horno con una llama tan poderosa que no pudieron volver a apagarlo nunca más. Echaron en él el cadáver de la bruja. En cuanto al dinero, el demonio sólo dijo que usaran bien el cerebro, por lo que tras días de comer deliciosos dulces, comprendieron qué era lo que el demonio había querido decir.
Hansel y Gretel empezaron a vender partes de la casa de la bruja, delicados pedazos de mazapán, chocolate y caramelo que eran las delicias de cuantos pequeños y mayores acudían al mercado.

Jamás volvieron a ver al demonio, tampoco a su padre, y murieron pocos años después en un incendio nocturno que derritió entera la casa de chucherías.

Semana 52: Escribe un relato de un personaje que encuentra una corbata y no sabe cómo ha llegado allí.

Entre los arbustos algo morado llama la atención de Marina. Se acerca, curiosa, y distingue un trozo de tela. Es alargado, más ancho por un extremo que por el otro y de un material suave y brillante que jamás ha visto. Extrañamente huele a azahar. Lo examina con más detenimiento y distingue diminutos rombos dorados entre la oscuridad púrpura. La respiración se le traba y mira hacia el cielo. No falta nada, todo lo que alcanzan a ver sus ojos es de un azul vibrante, sin nubes ni pájaros. Suspira aliviada, por un momento ha creído que el cielo se rompía y un pedazo de anochecer se había desprendido de lo más alto.
Un chapoteo llega a sus oídos y con el pedazo de tela bien sujeto entre sus dedos avanza hacia el río. Se esconde tras uno de los altos pinos y descubre que hay alguien bañándose allí. Es un hombre alto y delgado, su pecho está al descubierto y se ha arremangado los pantalones hasta las rodillas. Se le marcan ligeramente las costillas y no tiene apenas músculos en los brazos. Su nariz es larga y estrecha, su barba corta y cuidada, oscura como su cabello. ¿De dónde viene?
Sus pantalones son negros como la noche y se le amoldan perfectamente al culo y las pantorrillas. El resto de lo que parece ser su ropa está junto a unas rocas de la orilla. Todo blanco y negro, impoluto y perfecto, sin remiendo alguno. Sus zapatos se ven duros, en excelente estado y muy cómodos.
El hombre sale del río y usa lo que parece una chaqueta para secarse la cara y el torso. La deja caer sobre las piedras como si fuera un trapo inservible y vuelve a colocarse bien los pantalones. El hombre mira a su alrededor y sonríe.

Por la magia de la tierra que ese hombre ha de tener muchísimo dinero, ¿cómo si no va a permitirse esas telas?, se dice Marina. Respira hondo y sale de su escondite.
—Perdone, creo que esto es suyo —dice.
El hombre se asusta ante la intromisión, mira a un lado y a otro con nerviosismo y finalmente parece relajarse y sonríe también.
—Muchas gracias —dice.
—¿Qué es? ¿Para qué sirve?
—Es… una corbata. Se coloca en el cuello, como adorno.
—Es muy bonita —Marina mira el trozo de tela, la corbata, una vez más y se la acerca al hombre—. Aquí tiene.
—Puedes quedártela, si te gusta —dice él con una pequeña sonrisa—. Pero no la enseñes mucho.
—¿Es poderosa? ¿Tiene magia? —pregunta Marina emocionada. La magia siempre se le ha dado fatal, quizá pueda usar esa corbata como canalizador. La sonrisa del hombre desaparece y su mirada se vuelve dura.
—¿Magia? —Un mal presentimiento se adueña de Marina y le impide contestar. Se muerde el labio inferior mientras repasa la situación. ¿Es ese hombre peligroso?
—Lo siento, parece que he olvidado mis modales —dice él de repente. Su sonrisa ha vuelto y sus ojos oscuros vuelven a brillar con inteligencia y curiosidad—. Mi nombre es Jonás.
Jonás extiende la mano y Marina la encaja, sintiendo que se ruboriza ligeramente.
—Yo soy Marina, encantada.
—Marina, verás… ¿Puedes decir dónde estoy? —La voz del hombre es casi un susurro, sus ojos vuelven a vagar del río a los árboles y Marina puede sentir su incomodidad envuelta en una energía vibrante de excitación.
No cree que ese hombre sea peligroso, pero sí es extraño.
—Estamos a las afueras de Pyurth, mi pueblo. Ese es el río Urth. ¿De dónde sois vos?
—Oh, no me hables de usted, por favor. ¿Pyurth? No me suena de nada…¿En qué año estamos? ¿Estamos en España? Por favor dime que estamos en la Península Ibérica?
—Siento decirle, decirte, que no me suena ningún lugar con ese nombre. ¿Está bien? ¿Se ha dado un golpe en la cabeza? ¡Ya sé! Alguien le ha hechizado. Se ha encontrado con bandidos en el camino que al ver sus ropas han querido atracarle. Por eso no lleva equipaje —dice Marina con una gran sonrisa. Empezaba a asustarse, pero ahora todo tenía sentido.
—Vale, puede que sí esté algo descolocado…
Jonás se alejó unos pasos y se puso a murmurar para sí mismo. Marina no entendía muchas de las palabras que decía, como “universoparalelo” o “desvíocuantico” por lo que imaginó que estaría realizando algún tipo de contra hechizo. Era fascinante. Seguro que se había topado con un gran mago. Por todos era bien sabido que los grandes magos llevaban barba y eran algo excéntricos.
A los pocos minutos Jonás volvió a acercarse, se sentó sobre una de las piedras e instó a Marina a que hiciera lo mismo.
—¿Qué pensarías si te dijera que no soy de aquí? ¿Qué soy de un mundo completamente diferente, en el que la magia no existe y que he inventado una máquina para viajar entre los dos universos?

Reto 48 & 49 & 50 – Momentos decisivos

¡Y ya sólo faltan dos!

Semana 48: Escribe un relato sobre un personaje que lleva más de una semana sin dormir.

Hace ocho días que no duermo.

¿Ocho? Sí, creo que sí.

192 horas despierto.
Y sin salir de esta apartamento. Esto no os lo había dicho ¿verdad?
Nunca había tenido problemas para dormir, pero hace ocho días me acosté y no pude dormir. Así de fácil y aterrador. Conté ovejas, me relajé, pensé en cosas agradables e imaginé que dormía y soñaba entre mullidas nubes. Nada funcionó. Pasaron las horas y lo único que podía hacer era dar vueltas en mi cama. Finalmente me levanté y me di una ducha caliente pero seguía tan despierto como si hubiera dormido ya mis ocho horas. Me puse a leer y vi amanecer. Saqué un par de fotos pero no quise colgarlas en internet, no quería que nadie supiera que tenía problemas para dormir.
Desayuné y pensé que quizá si hacía un poco de deporte lograría cansarme lo suficiente como para poder dormir esa noche. Preparé la mochila del gimnasio para llevármela al trabajo y cuando tenía el pomo de la puerta en la mano sonó mi móvil. Era mi supervisora. No tenía que ir a trabajar. Había problemas eléctricos en todo el edificio y nos habían dado una especie de vacaciones a todos. Se nos enviarían mails indicándonos lo que podíamos hacer desde casa.
Pensé en ir al gimnasio de todos modos pero sólo de pensar en bajar cinco pisos de escaleras se me quitaron las ganas. Me eché al sofá y pasé toda la mañana con la mente en blanco mientras programa basura tras programa basura pasaba frente a mis ojos. Así has sido mis días desde entonces. Hay algo en mi interior que no me deja dormir ni salir de casa, que me retiene en estos setenta metros cuadrados y me nubla la mente a la luz del sol. Cuando llega la noche contesto todos los mails del trabajo y preparo alguna presentación que se me ha pedido. Pero nunca duermo. Ayer tuve que pedir comida por internet; no lo había hecho nunca antes. Ha llegado esta mañana.  La reacción del repartidor al verme ha sido sorprendente, evitaba mirarme a la cara y ha estado temblando mientras comprobaba que no se habían olvidado nada. Cuando me he despedido de él ha dado un salto y ha dejado escapar un graznido. Me ha hecho gracia y a la vez me ha intrigado. Puede que no duerma ni salga de casa, pero no he olvidado mi higiene personal.

Después de guardar la carne en la nevera he ido al baño, curioso por encontrar qué ha podido provocar en el repartidor tal reacción. Voy bien peinado y afeitado, no me huele el aliento y mis uñas estás recién cortadas. No lo entiendo.

*

Juan se miró una vez más al espejo y se encogió de hombros. Estaba todo correcto. Excepto que no era así. en su frente habían empezado a nacer una pequeñas protuberancias negruzcas, sus dientes habían empezado a afilarse y su piel tenía un tono cenizo que enrojecía alrededor de las articulaciones.
lo que Juan no podía ver, además de su aspecto real, era el demonio que poco a poco dominaba su corazón, estrujándolo milímetro a milímetro para poder devorarlo una vez dejara de latir y quedarse con el alma que habitaba en él.

Hacía ocho días que Juan no dormía. Hacía ocho días que Juan había asesinado a su mujer.

 

Semana 49: Escribe un relato sobre una novia que tiene dudas antes de su boda. Describe la tarta y los invitados.

Carmen me ha enviado una foto de la tarta cuando me estaban peinando. Ha quedado preciosa. Tiene cuatro pisos de bizcocho red velvet y están cubiertos todos ellos de una buttercream blanca como el marfil. La decoración consiste en pequeñas perlas plateadas que crean cenefas en los niveles pares y mariposas moradas de pan de ángel en los impares. Suena extraño y puede no ser lo más corriente en una boda pero así era como la quería y así es como la he conseguido. Lo único que falta en ella son las figuritas de los novios que van arriba del todo. Tiene que traerlos Ricardo, los playmobil tuneados que serán a la vez su regalo.
Estoy guapísima. El vestido plateado es precioso, largo, estrecho y de amplio escote. Dani no podrá aguantar hasta la noche, estoy segura.
María ha llamado a primera hora de la mañana desde el camión. El ramo ha quedado precioso y las flores para los centros de mesa están listas. Todo parece un sueño.
Cuando llego al ayuntamiento veo las caras de asombro de mis padres y sonrío para mis adentros.
—¡Estás preciosa! —dice mi madre—. Toma el ramo.
—Dani te espera dentro —me informa mi padre.
María tenía razón, el ramo es también como lo había pedido. Una cascada de color que resalta ante la tela plateada de mi vestido.
Entramos en la sala del ayuntamiento y todos los invitados se levantan. Siento que enrojezco y mi sonrisa se ensancha. Allí está mi familia, mis amigos del instituto y de la universidad, Marcos… ¿Qué coño pinta él aquí? Mi cuerpo sigue avanzando hasta donde se encuentra Dani con su madre pero mi cerebro no procesa la música que acompaña mi entrada ni apenas reacciona ante el abrazo de mi madre al dirigirse hacia su sitio en primera fila. Sólo el apretón de manos de Dani logra que mi mente olvide unos ojos verdes por otros azules. Sonrío, le devuelvo el apretón y me obligo a mi misma a escuchar la ceremonia. Pero mi corazón late con fuerza y no precisamente de emoción. Ver a Marcos después de casi diez años ha sido como una apuñalada en el pecho. Reprimo las ganas de girarme y recuerdo que estaba sentado junto a Javier y Lurdes, ¿quiere decir eso que forma parte de la banda? ¿Mi primer amor va a ser el pianista de la banda que toque en mi boda? Eso es una jugarreta cruel del destino. O una señal. Nunca lo he dicho en voz alta pero Marcos fue mucho más que mi primer amor verdadero. Fue la única persona que no cayó ante mis encantos. Éramos amigos, nos llevábamos genial, pero nunca pasó nada entre nosotros y por eso siempre he tenido clavada la espinilla del “y si…” ¿Y si es él mi media naranja? ¿Y si nunca llego a sentir algo parecido por otra persona? Todos los sentimientos que he ido reprimiendo en los últimos años acaban de explotar ante mí y no sé si puedo evitar que manchen a alguien. Respiro hondo y por el rabillo del ojo veo que Dani me observa. Sonrío y veo que se tranquiliza. Tengo una decisión que tomar.

Imagino una balanza tras del juez de paz y coloco todo lo que siento por Dani en un lado, luego lo que he sentido por Marcos en el otro. Están bastante igualados. Añado los grandes momentos vividos con una y con el otro y obviamente gana Dani, resto los enfados y las discusiones y los platos vuelven a colocarse a una altura parecida. Nada de esto me ayuda. Son personas diferentes, sentimientos parecidos y situaciones opuestas. Marcos siempre será un inalcanzable, la representación de un sentimiento puro incorrupto por la realidad y no puedo basar mi futuro en un sueño infantil. El amor absoluto y puro existe, pero no está exento de sus malos momentos, sus situaciones difíciles que se encargan de hacerte crecer y evolucionar, de darte la perspectiva adecuada para disfrutar de lo que realmente vale la pena. Y quiero vivir todo ello con Dani.
—Sí quiero.

Semana 50: Escribe un relato sobre una fiesta, un grito y una mentira que cada vez crece más.

—Tía, ¿has oído lo que dicen del chico nuevo?
—¿De quién de Javi? —digo girándome. Miranda se sienta junto a mí en los escalones que dan al jardín y asiente.
—Aunque creo que prefiere que le llamen Jay, resulta que ha estado mucho tiempo en Estados Unidos y así le llamaban allí.

—Creía que había estado en el Canadá —respondo. Javi, o Jay, es de quién habla todo el mundo estos días. El chico nuevo del instituto, guapo y misterioso.
—Bueno, América —dice Miranda poniendo los ojos en blanco.
—Mujer, no es lo mismo —la chincho. Doy un sorbo a mi vodka con limonada y observo a la gente que va llegando a la fiesta. Las celebraciones de inicio de curso de Laura son famosas, seguro que esta noche alguien se lía con quien no debe o acaba con fotos vergonzosas subidas a su Instagram.
—¿Crees que vendrá? Jay, digo —Me encojo de hombros.
—Supongo. Seguro que Laura le ha invitado.
—¿Estáis hablando de Javi? —Mirando y yo alzamos la vista y nos encontramos con Antonio, cereza en una mano y cigarrillo en la otra. Asentimos.
—He oído que le echaron de su antiguo instituto por ir drogado.
—¿En serio? No tiene pinta de yonki —digo sorprendida.
—Pues Patri me dijeron que era él quien trapicheaba. Que era camello. Mira, allí está, ¡Patri! —grita Miranda. Se levanta e indica a Patricia a que se acerque. Con ella vienen también Julia y Sergio. No hay sitio en los escalones para todos así que me levanto yo también y cojo el cigarrillo de Antonio para darle una calada.
—Es verdad, me lo dijo Luisa. Su tía trabaja en el instituto, así que debe de saberlo de primera mano —dice Patri.
—No digo que Luisa sea una mentirosa —interviene Sergio—, pero ya sabéis lo que le gusta exagerar.
—A mí la info que me ha llegado es que sí que trapicheaba y que encima estaba compinchado con uno de sus profes. Como en la serie esa.
—¿Y qué pasó con el profe?

—Ni idea, a mí solo me ha llegado lo de Jay.
—¿Estáis hablando de Jay?
Esa pregunta fue repitiéndose a lo largo de la noche y las habladurías y rumores evolucionaron hasta colocar al chico como capo de una pequeña red de narcotráfico estudiantil que no sólo contaba con la ayuda de profesores si no también del cuerpo de policía. Si había tenido que volver a España era porque los bandas locales le habían amenazado, a él y a su familia, por meterse en sus negocios y quitarles la clientela.
—Esto es imposible. Se os está yendo la olla —dijo alguien. El círculo de comentaristas de la vida de Jay era ya de la fiesta entera. La música olvidada y el alcohol relegado a segundo plano.
—Que alguien se lo pregunte cuando venga.
—¿Pero va a venir?
—Claro que sí, bien querrá hacer amigos.
—¿Creéis que traerá hierba o algo?
—¿Os lo estáis pasando bien? —preguntó una voz aguda tratando de sonar fría y distante pero supurando histeria.
Era Laura, ceño fruncido y brazos en jarra.
—¿Por qué nadie está bailando? ¿Por qué no estáis twiteando lo bien que os lo estáis pasando?
—¿Va a venir Javi?
—¿Le has invitado?
—¡Esta es mi fiesta! No la del puto Jay de los cojones —chilló Laura—. ¿Se puede saber qué es lo que veis en él?
—A mí también me gustaría saber qué he hecho para merecer tanta atención.

Laura se giró y se encontró con Jay a sus espaldas, una sonrisa divertida en los labios y las manos en los bolsillos.
—Fuera de aquí, no estás invitado. ¡Es mi fiesta! —volvió a gritar Laura—. Nadie me roba el protagonismo en mi propia casa.
La chica empujó a Javi pero lo único que logró fue tropezar con sus propios pies. Se balanceó sobre los zapatos de tacón, perdió el equilibrio y tratando de mantenerse en pie trastabilló hasta quedarse sin superficie plana. Laura cayó a la piscina con un sonoro ¡chof!

—¡FUERA TODOS DE AQUÍ! La fiesta se ha acabado -farfulló con la boca llena de agua.

Reto 46 & 47 – Amor y sangre

¡Hoy toca ciencia ficción y fantasía!

Semana 46: Escribe una historia que tenga lugar en un taller mecánico.

El taller mecánico abandonado siempre fue lugar de múltiples anécdotas e historias. Durante toda mi infancia y adolescencia fue protagonista de muchos de mis sueños y aventuras; el escondite de los alienígenas, el punto de encuentro entre bandas rivales, un laboratorio secreto en el que experimentaban con humanos… Por eso, cuando llegó mi primer aniversario con Lisa decidí preparar allí una romántica cena con velas, mantel a cuadros y sándwiches preparados por un servidor. Incluso logré llevarme un par de cervezas y una caja de condones sin que mi padre se enterara.

Llegué quince minutos antes y lo coloqué todo en el centro del local, justo encima de una mancha negra que podía ser aceite o sangre. El aire primaveral entraba por las ventanas rotas y me costó encender las velas, colocadas en círculo alrededor del gran mantel que serviría también para que nos sentáramos en él. El ambiente olía a hierro y goma quemada pero no era desagradable. De una de las paredes aún colgaban varias herramientas y en las esquinas se podían encontrar neumáticos de todos los tamaños. Lisa anunció su llegada dando leves golpecitos a la persiana metálica a medio bajar y grité que pasara.
Obviamente no esperaba aquello y aunque al principio le entró la risa por lo ridículo de la situación al final resultó una cena agradable, llena de risas, besos y una conversación plagada de referencias a un futuro en común que reafirmaron mil veces el amor que sentía por ella.
Acabados los sándwiches y las cervezas empezamos a besarnos con más asiduidad y ganas hasta que acabamos los dos sin camiseta, medio cuerpo sobre el mantel y el otro medio sobre el cemento frío y sucio del taller mecánico.
Cuando el suelo empezó a temblar pensé que eran imaginaciones mías producidas por mis hormonas, cuando el temblor fue seguido de gritos alejados y una luz azulada que entraba por la persiana a medio bajar mi cerebro decidió que definitivamente ocurría algo extraño.
Nos separamos y recogimos nuestras camisetas. Nos asomamos por las ventanas rotas y fuimos testigos de la Primera Masacre Alienígena de la Tierra.
Nos miramos asustados y en vez de salir en busca de ayuda decidimos quedarnos allí, recoger cualquier pista de nuestra presencia allí, hacernos con lo que pudiera servirnos de arma, y escondernos detrás de una puerta vieja de camión, apoyada en una esquina.
Nunca vimos los alienígenas con claridad pero escuchamos sus baboseos y aspiraciones tras el latir de nuestros corazones. Pasamos allí escondidos dos días, sin comida ni bebida , sin apenas mover un músculo.

Cuando por fin decidimos salir al exterior estaba toda nuestra ciudad y la mayor parte del planeta estaban destrozados. Pocos sobrevivieron y ninguno supo por qué.
Los alienígenas no han vuelto, pero ahora estamos preparados para defendernos y no se volverá a repetir.

Semana 47: Elige una letra del alfabeto. Encuentra 5 elementos de tu habitación que comiencen por esa letra y escribe un relato sobre alguien que intenta escapar usándolos, al más puro estilo MacGyver.

Estoy en lo que parece un estudio. Las últimas horas de mi vida son una sucesión de imágenes borrosas que no aportan información alguna de cómo he llegado aquí.
He despertado debajo de la mesa, a oscuras y sobre una manta a cuadros escoceses de esos rojos, amarillos y verdes. Sé que cada uno de los colores y estilos representa una familia o clan pero dudo que saber a cuál de ellas pertenece este en particular me ayude.

La puerta está cerrada y las ventanas, aunque se pueden abrir sin problemas das a la más y absoluta nada. Es noche cerrada, la Luna apenas se intuye tras las densas nubes y el rumor de los árboles me llega como un murmullo de ultratumba. Cada vez tengo más miedo y estoy más enfadado conmigo mismo y mi cerebro ¿qué ha ocurrido? ¿por qué no recuerdo nada? Vuelvo a acercarme a la puerta y acerco el oído, silencio absoluto.
Estudio la habitación: es cuadrada, con un escritorio bajo la ventana donde descansan una libreta y un estuche metálico perfectamente colocados en el centro, una silla negra de las ergonómicas, seguro que muy cara, una estantería a mi izquierda con un par de libros escritos en lo que parece algún idioma eslavo y a mi derecha una espada antigua y enorme que cuelga de la pared. Eso me da una idea.
Me subo a la silla y con todas mis fuerzas descuelgo la espada, que cae ruidosamente al suelo y deja varias muescas en el parquet. ¿Por qué me han encerrado en una habitación con un arma? Pesa mucho más de lo que esperaba y la única luz de la habitación otorga al metal un fulgor apagado y frío. ¿Cuántos cientos de años debe de tener? La arrastro por el suelo ignorando los rasguños que la punta deja en el suelo y una vez frente a la puerta distingo un pequeño bote en la esquina. Dejo la espada en el suelo con cuidado y doy los dos pasos que me separan de lo que parece ser un insecticida. Lo observo con atención y decido que puede serme de ayuda, por lo que lo acerco a la puerta y lo vuelvo a dejar en el suelo. Voy a recoger la espada de nuevo cuando más ideas vienen a mi mente. Se supone que estoy preso en un lugar desconocido y voy a intentar fugarme, debería prepararme. ¿Qué hay en ese estudio que pueda servirme? Vuelvo a subirme sobre la silla y estiro con fuerza de los estores que cubren las ventanas, la tela es dura y algo rígida y puede servir para protegerme las manos cuando trate de abrir la puerta a espadazos. También me quedo con el espiral de la libreta, y con el estuche,  me los meto en los bolsillos traseros del pantalón y vuelvo a por la espada. Presto atención, el silencio continua. Me envuelvo una de las manos con el estor y el otro me lo ato al cuello. Me resulta algo complicado coger la espada con la mano vendada de una manera tan tosca pero así no resultaré herido si se desprenden astillas de la puerta cuando la rompa.

El primer golpe de empuñadura contra cerradura resuena por toda la habitación y estoy seguro que si hay alguien en esa casa ahora mismo está de camino al estudio. Pero pasan los segundos y no sucede nada, así que vuelvo a intentarlo. El metal empieza a ceder y la madera se separa de él al tercer golpe. Un par más y la puerta se abre con un silencio que contrasta con las sonoras estocadas anteriores. El pasillo está desierto. Fotografías de paisajes montañosos adornan las paredes. Decido avanzar por la derecha, no sin antes coger el espray anti insectos. Resulta difícil avanzar con todo eso en las manos y el peso de la espada hace estragos en mis músculos. Nunca he sido de hacer deporte y menos aún pesas. Sospeso mis opciones y decido cometer la imprudencia de dejar la espada en el suelo lo más silenciosamente posible. No sé usarla y su peso será un inconveniente si he de luchar o huir. Continuo avanzando con el espray frente a mí y el estor bien enrollado tapándome nariz y boca. Llego a una cocina abierta y un salón comedor. Toda la pared frente a mi da al exterior, a un bosque oscuro que no me augura una huida fácil. Sentada en una butaca una mujer joven me observa con una fina sonrisa en los labios. Estiro el brazo con el espray hacia ella y retrocedo hasta sentir la pared en mi espalda. El estuche y el espiral de la libreta se me clavan en el culo.
—Tranquilo —dice la mujer al levantarse—. Lo has hecho muy bien.
Se acerca con grandes pasos y sus zapatos de tacón repiquetean en el suelo. Cuando está a menos de dos metros de mí me abalanzo sobre ella y vacío el espray sobre sus ojos, nariz y boca. La sorpresa se adueña de ella y aprovecho esos preciosos segundos de incertidumbre que la apresan para darle bien fuerte en la sien con el bote vacío. Se tambalea, choca contra la encimera y se agarra en ella para no caer. Le sangran los ojos y de entre sus finos labios distingo el destello de unos colmillos más largos de lo normal. Sin pensar en lo que estoy haciendo cojo un cuchillo del bloque magnético que hay frente a mí y le atravieso el corazón. Eso no podría haberlo hecho con la espada.

La mujer suelta un rugido animal antes de convertirse en ceniza ante mis ojos. El cuchillo cae al suelo junto a su ropa, joyas y zapatos. No he podido procesar todo lo sucedido cuando un aplauso seco y sonoro a mis espaldas vuelve a poner en alerta mis sentidos. Me giro y encuentro un hombre, otro vampiro, queme observa con diversión.
—Vaya, ella era quien había apostado por ti. Supongo que tenía razón.
—¿Razón en qué? —pregunto. Mi voz suena ronca y gastada pero me sorprende no encontrar miedo en ella.
—En que eras fuerte. Que superarías la prueba.
—¿Qué prueba? —No sé porque hablo cuando tendría que luchar, pero mientras el hombre avanza lentamente hacia mí y yo retrocedo de la cocina al salón, mis manos se dirigen hacia mis bolsillos traseros.
—Esta prueba —dice él extendiendo los brazos.
No sé qué quiere decir con ello pero yo también extiendo mis brazos. En una mano tengo el estuche y en la otra el espiral de la libreta, que he colocado formando una cruz. El vampiro ríe al verlo y sus colmillos aparecen entre sus labios, amenazantes y estilizados.
—Eso no sirve para nada —Antes de que mi cerebro haya podido procesar la última palabra el hombre se me planta delante y me abraza con fuerza—. No hay huida posible, sólo existe la muerte o esto —susurra antes de clavarme los colmillos en el cuello.

 

Relato 42 – El collar de la abuela

Hoy entrada individual porque me ha salido un relato algo extenso y porque los otros no están listos, las compras navideñas me han ocupado mucho tiempo 😦

Semana 42: Escribe una historia acerca de un personaje que perdió algo importante.

Cuando esta mañana llegué a casa sentí que algo había cambiado. Un muy mal presentimiento se deslizó en mi mente y se cumplió nada más abrir la puerta del ático. Limpio, ordenado, con las paredes recién pintadas…
—¡Clara! ¿Dónde están las cosas del ático? —grité bajando las escalera de dos en dos.
Mi hermana estaba en la cocina, taza de té en mano y observando los rosales del jardín.
—¿Qué ocurre? ¿A qué vienen esos gritos? —preguntó con calma.
—¿Dónde están las cosas del ático? —repetí con voz grave, reprimiendo las ganas de gritar de nuevo y zarandearla para que dejara de ser doña tranquilidad y sonrisas.
—Las vendí. Voy a convertir el ático en mi estudio —dijo antes de dar un nuevo sorbo a su té y volver a prestar atención a sus queridos rosales.
—¡¿Cómo?! ¿Lo has vendido todo?
—Bueno, todo no —respondió con una risita de desdén—. Había cosas allí arriba que ni el más loco de los locos querría. Quedan un par de cajas, están en el salón. Si no quieres nada tíralo, por favor. Qué manera de acumular chismes.
—Clara, por Dios. Todo eso eran objetos de incalculable valor que nuestra familia había ido coleccionando durante siglos —susurré, el shock y el enfado me habían robado la voz. No podía hacerme a la idea de que mi hermana lo hubiera tirado todo. No cuando necesitaba el collar de la abuela.
—Matthew, sé que querías hacer una especie de museo o escribir una enciclopedia sobre ellos, pero tendrías que haberlo hecho antes. Estaba harta de vivir nadando entre calaveras, diamantes falsos y mapas del tesoro equivocados. Por no hablar de los huesos de ratón, pieles de serpiente y los colmillos de vete tú a saber qué —Clara se separó al fin de la ventana, dejó la taza de té en la mesa de la cocina y se giró hacia mi—. Pero puedo traerte la lista de lo que vendí. Apunté su precio y la tienda por si ocurría una situación como esta.
—Si sabías que iba a darse esta situación, ¿por qué lo hiciste? ¿Por qué no esperar a que viniera?
—Porque nunca vienes. Estás siempre con tus clases y tus investigaciones y yo estoy aquí, rodeada de fantasmas y leyendas y estoy harta de que la gente me pregunte si puedo conseguirle cuerno de unicornio en polvo. La única razón de tu visita es que necesitas algo que estaba en esas cajas, ¿cierto? —Clara rió por debajo de la nariz y se dirigió hacia el comedor.

La observé mientras cogía su libreta y buscaba la lista de lo que había vendido. En parte tenía razón. Hacía casi tres años que no nos veíamos y en ese tiempo apenas habíamos hablado por teléfono. Nuestra familia siempre ha estado más centrada en la magia, la aventura y la muerte que en la propia familia. Excepto Clara, al parecer, que siempre ha guardado cierto resentimiento a nuestros padres por abandonarnos a los diez años en busca de reliquias mayas. Quince años después no sabemos si murieron o simplemente se están tomando su tiempo en volver.
—Aquí tienes —Me entregó la libreta y volvió a coger su taza de té.
—Clara, siento no haber venido antes. Debería preocuparme más por ti, por cómo estás.
—No están ordenados por ningún criterio, así que espero que no tardes mucho en encontrar lo que buscas.
—Busco el collar de la abuela, ¿te acuerdas? Tenía una cadena de plata fina y el colgante era de un verde brillante.
—Me acuerdo. Sí que lo vendí. Pero no recuerdo a quien.

Asentí, me senté en una de las sillas de madera de la cocina y empecé a buscar entre la multitud de objetos que habían poblado mi infancia y ahora había perdido para siempre.

¡Qué mala suerte la mía! Si hubiera venido una semana antes… ¿Y si han venido ya el collar? No es que fuera especialmente bonito pero quizá algún adolescente enamoradizo buscaba un regalo barato para su amada y decidió llevárselo. Pase lo que pase, pero, no debo dejar que nadie intuya lo importante que es en realidad ese collar. Si supieran de dónde puede provenir esa piedra me lo quitarían de las manos antes de que pudiera decir Ramsés.

La tienda agraciada se encuentra a las afueras de la ciudad y para seguir con mi mala suerte está cerrada. Un pequeño cartel escrito a mano dice que volverán a abrir en cinco minutos, pero llevo aquí más de veinte y no ha aparecido nadie.
—¿Está esperando a que abran la tienda?—oigo que dice una voz grave a mis espaldas. Me giro y me encuentro con un hombre de mediana edad, calvo y con gafas. El olor a tabaco ataca mi nariz y veo que en su mano izquierda, de dedos largos y amarillentos, se encuentra un cigarrillo estrecho y alargado. Asiento—. Perdón entonces, ahora abro.
Observo como da una última calada al cigarrillo, lo tira a la acera y se saca un manojo de llaves del bolsillo del abrigo. La inquietud se apodera poco a poco de mi estómago.
—En realidad —digo al entrar en la tienda, aún a oscuras—, venía a buscar un objeto que vendió mi hermana la semana pasada por error.
—¿La semana pasada? —dice el hombre. Enciende las luces y se coloca detrás del mostrador.
—El fin de semana pasado, una casa en la Calle del Pinar vendía cachivaches curiosos que se habían acumulado en el ático. Nada de mucha importancia, pero ese collar tiene valor sentimental. Seguro que lo entiende.
Rezo con todas las fuerzas para que mi tono suene mayormente desinteresado y que mi mirada no brille de ansiedad.
—Sí, recuerdo la casa ahora que lo comenta. Siento decirle que algo de esa compra sí he vendido. ¿Qué es lo que busca? —La mirada del hombre es inquisitiva pero no parece desconfiada.
—Un collar, pertenecía a mi abuela. La cadena es de plata y el colgante verde.
El hombre asiente, se acaricia la barbilla y desvía la mirada hacia una estantería distante.
—Las joyas están al fondo de la tienda. He vendido varios collares estos días, pero no puedo asegurarle que el suyo fuera uno de ellos. Mi memoria ya no es la que era.
Sonrío y me dirijo hacia el fondo de la tienda, donde el olor a metal y tierra va profundizando en mi nariz y me recuerda porqué es básico que recupere ese collar.
Lo veo colgando en lo alto de una reja decorada con otras muchas joyas, todas preciosas pero seguro que no tan vitales como la mía.
—Parece que he tenido suerte, ¡aquí está! —grito. Y al girarme me encuentro al hombre justo a mi espalda sonriendo ligeramente. Un escalofrío me recorre la columna y trato de disimularlo.
—Me alegro.

Después de devolverle lo que pagó a mi hermana más un diez por ciento como compensación por la pérdida del objeto, me dirijo a casa con un paso tranquilo que esconde mi felicidad y las ganas que tengo de entrar en mi habitación, sacar el libro que he traído de la universidad y verificar de una vez por todas que el collar de mi abuela es en realidad lo que creo que es.
Por suerte cuando llego a casa Clara no está.
Abro mi maleta, saco el paquete bien envuelto que escondía entre mis camisas y de entre papeles y tela aparece mi último descubrimiento, el libro que lo puede cambiar todo, el libro que puede traer los muertos a la vida.
Es de piel oscura, un marrón casi negro suave y frío. No tiene título, tan sólo el gravado de un Sol junto a una calavera y no puede abrirse. La cerradura lateral se ha resistido a todos mis intentos y esfuerzos. Sólo al estudiar mejor el agujero de la parte inferior y la historia alrededor del libro descubrí que la llave no era algo convencional, era un collar que había estado en mi familia durante años.

Coloco la piedra en el agujero y tras dos segundos de intenso silencio un suave click llega a mis oídos. Abro el libro y empiezo a leer. Efectivamente, el poder de la resurrección descansa en mis manos.

Retos 40 & 41 – To boldly go

¡11 Relatos! Ya casi lo consigo >___<

Semana 40: Abre el primer libro que veas por la página 23. Escoge la tercera frase de la página y úsala como la primera oración de tu relato.

In Adam’s limited experience, there were only a few things that could make that happen.

The Raven King. Maggie Stiefvater.

En la limitada experiencia de Adam, sólo un par de cosas pueden causar tales efectos. Y ninguna de ellas agradable.
—¿Vas a decirme ya qué me ocurre? —pregunta el capitán, perlas de sudor le recorren la frente. Un nuevo espasmo de dolor le obliga a cerrar los ojos y se le escapa un gruñido lastimero.
—Bueno, Julian, teniendo en cuenta lo poco que conocemos del planeta —dice Adam lentamente. Es para que  su amigo lo entienda y para que él mismo pueda escoger las palabras adecuadas, nada de lo que va a decir a continuación suena demasiado placentero—. Puede que algo de la cena de ayer con el jefe de la tribu te haya sentado mal, puede que hayas pillado la enfermedad chunga esa de la que me habló la princesa, o puede ser que estés embarazado.
Esto último lo dice más rápido y sin mirar a su amigo y capitán. La enfermería está desierta, todas las camas pulcramente hechas y las sábanas blancas y relucientes. El silencio es agobiante durante dos largos segundos.
—¡¿Qué estoy qué?! —grita el capitán.
—He dicho que puedes estar embarazado. Pero aun tengo que hacerte algunas pruebas y hablar con los nativos y-
—¡Pero si desde que me subí a esta nave que no he hecho nada!
—Estamos en el espacio, hay muchas cosas que no entendemos.
—Adam, por el amor de la Galaxia, hazme las pruebas que tengas que hacerme y cállate. No estoy como para tener un crío.
Adam es incapaz de reprimir una risita que por suerte queda disimulada por un nuevo ataque de gruñidos y quejidos de dolor.

Adam manda a su enfermera que haga un seguido de pruebas al capitán y mientras él baja al planeta recién hermandado para hablar con el jefe y su hija, la princesa Illiannzah sobre lo sucedido.
Cuando los resultados vuelven del pequeño laboratorio de abordo el doctor suspira tranquilo. Avisa a cocinas y coge del armario una caja de calmantes.
—¿Has pensado ya algún nombre para tu bebé? —pregunta. Es incapaz de reprimir la broma. Sólo por la cara de Julian vale la pena el castigo que éste pueda imponerle.
—¡No me digas eso!
—Era broma. Sólo es una indigestión. La mejor de las tres opciones ¿no? —Julian asiente. Está pálido y se le marcan las ojeras mucho más de lo normal—. De momento puedes tomarte esto, es un calmante para el dolor.
Adam le acerca un vaso con agua y la pastilla.
—¿Por qué no me lo has dado antes? —le recrimina el capitán antes de beber el agua y tragar la pastilla con ansias.
—Porque podía ser contraproducente. Ahora subirán de cocinas un poco de sopa. Me ha dicho el jefe que lo que necesitas son muchos líquidos, estar en un ambiente cálido y descanso.
—¿Sólo eso?
—Eso parece. Por lo que el jefe ha podido deducir eres la primera persona alérgica a su fruta más preciada. Es una pena, ha dicho, eso te descarta definitivamente para que contraigas nupcias con su hija.

 Semana 41: Escribe un relato sobre un personaje que tenga mucha fuerza de voluntad.

 

Algunos lo llaman tozudez, otros fuerza de voluntad. Ver sólo un punto fijo en el horizonte y avanzar hacia él cueste lo que cueste. Así me gustaría ser, como ella.
La veo en televisión, con esa sonrisa tan brillante y ese vestido tan bonito y me acuerdo de cuando íbamos a clase juntas.
Siempre quiso ser actriz, y se le daba bien. Iba a clases de teatro, a la academia de inglés y a canto. Eso último no se le daba tan bien. Pero ella continuó, sabía que era necesario para su voz, que le abriría muchas más puertas. Incluso cuando estábamos en época de exámenes no se saltaba nunca ni una de esas clases. Sacaba buenas notas, era algo torpe pero siempre tenía algo bonito que decirte. Me alegro de que le haya ido tan bien.
Fui a ver su primera obra de teatro importante. Teníamos dieciocho años y su papel era el de la hermana de la protagonista. Lo bordó. Después, al hablar con ella a la salida, me dijo que estaba enferma, a 38 de fiebre, pero que no podía desaprovechar aquella oportunidad. Yo la admiraba tanto. Mi vida hasta ese momento había sido simplemente dejarme llevar por la corriente, estudiar, aprobar y entrar en la universidad.
Dos meses después entró en la mejor academia de interpretación y poco a poco fuimos perdiendo el contacto. A veces hablábamos por Messenger o por Facebook y yo veía cómo seguía esforzándose, dándolo todo de sí misma, con una sonrisa y la mirada fija en la gran pantalla.
Recuerdo la primera vez que vi su nombre en el cine, en los créditos de una comedia coral un poco sosa pero con algunos diálogos muy buenos. Sentí una extraña mezcla de alegría, orgullo, envidia y autodesprecio. ¿Qué estaba haciendo yo con mi vida?
Y ahora aquí está, en la tele, nominada a los Goya como mejor actriz revelación. Y una pequeña lágrima cae por mi mejilla y me pregunto dónde estaría yo si hubiera luchado tanto como ella por mis propios sueños.