Mis LeKturas| Días en reflejo & Azul

¡Buenas!

Hoy empieza nueva sección a la que le tenía muchas ganas y con la que estoy muy emocionada >___< Mis Lekturas será la sección en la que reseñaré libros que me haya descargado por Lektu gracias a su magnífico pago social y a les autores que lo hacen posible. Si no conocéis la plataforma ya estáis tardando 😉

Ya os digo ahora que ambos relatos cumplen a la perfección aquello de lo bueno y breve dos veces bueno. ¡No los dejéis escapar!

Días en reflejo

Autora:  Laura Maquilón| @Dalayn
Género: Relato corto contemporánio
Puntuación: reseña, relato,
Descarga por pago social: Aquí

Con Días en reflejo nos encontramos con un relato de apenas 7 páginas pero cargado de sentimientos. La autora relata perfectamente lo que sienten la mayoría de las mujeres a diario ya sea al mirarse al espejo, trabajando o simplemente caminando por la calle. Es decir viviendo. Y digo la mayoría pero en realidad sería perfectamente posible decir todas, pues no creo que haya en el mundo una sola mujer que no haya sentido al menos una vez en su vida ese peso insoportable del miedo y la ansiedad que provoca la sociedad de hoy en día. Personalmente no me he sentido identificada en todos los aspectos, pero sí en los suficientes para que el estilo, claro y cuidado, junto al narrador en segunda persona (algo que me encanta) me atraparan y me recordaran momentos para nada agradables.

Leer algo suyo después de un tiempo siguiéndola en Twitter me ha gustado mucho y me han venido ganas de seguir leyendo lo que publique.

Azul

Autora:  Cris Melgosa| @LuverC
Género: Relato corto de ciencia ficción
Puntuación:reseña, libro ciencia ficción
Descarga por pago social:
Aquí

Azul, por su parte, es también una historia corta (aunque algo más larga que Días en reflejo), que engancha y deja al lector con curiosidad por conocer más de ese mundo postapocalíptico. Esto lo consigue con un estilo cuidado y una ambientación que trabajan muy bien juntos para transmitir al lector lo que siente la protagonista y mostrar ese mundo de ciencia ficción y cómo llegó a ser.
Lo único con lo que tuve un problema, menor, que conste, fue con las interrupciones entre diálogo y diálogo para mostrarnos los sentimientos de la protagonista ya que me pareció que cortaban un poco el ritmo. Pero también admito que  a mi me encantan los diálogos largos y dinámicos e ininterrumpidos.

A ella también la sigo en Twitter (así me entero de muchos de estos libros gratis) pero además en este caso la curiosidad de leerla estaba amplificada por nuestro “enfrentamiento” en el Proyecto Remolacha, y cuyo relato me gustó mucho también, por lo que tenía ganas de leer más de ella.

¿Conocíais Lektu? ¿Habéis leído alguno de los libros que ofrecen?

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Relato 6 | Nada

¡Buenas!

Esta vez no he tenido que esperar a final de mes para poder colgar mi relato ¡bien!
Parece que le he pillado el gustillo a esto de las 100 palabras y me he olvidado de los Rory’s story cubes… De todo modos espero que os guste!

Relato 6: Comienza un relato con: “Nada, no le queda nada”.

 

Nada, no le quedaba nada. La parte superior del reloj estaba completamente vacía. Ni un solitario grano de arena quedaba en él. La muerte leyó el nombre escrito en la placa negra y suspiró. Cerró los ojos y visualizó el entorno de la mujer; un pequeño jardín con una mesa y dos sillas, un libro a medio leer, la suave brisa de principios de septiembre, el sabor a limonada en los labios. Abrió los ojos y apareció en el jardín, sonriendo y con la mano estirada. En días así, optaba por un acercamiento casi amistoso. La mujer sonrió y aceptó.

Relato 4 | A por el premio

¡Buenas!

Parece que la única manera que tengo de escribir es con el móvil y en el tren… Así he escrito este relato y así escribí también mi entrada para el Proyecto Remolacha. Supongo que a fin de cuentas lo que importa es escribir…

Relato 4: Crea un relato que gire en torno a una cuenta atrás.

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Relato 3 | Por amor al arte

reto escitura relato marzo

In extremis, pero aquí tenéis mi relato para este mes de marzo. Espero que os guste y como siempre, al final tenéis la fotografía de lo que salió en los dados, esta vez 7 en vez de nueve porque dos ya iban impuestos en el reto mismo.

Relato 3: Escribe un relato que integre las palabras ‘luz’ y ‘cuadro’ como elementos relevantes del argumento.

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Relato 2 | Las ciudades de los muertos

¡Hola!

Hoy os presento el segundo reto mensual 2017 que han preparado los chicos del El libro del escritor. Como ya ocurrió en el reto de enero, para la trama he usado los dados Rory’s Story Cubes y podréis ver el resultado de la tirada que inspiró el relato al final ^^

Como el reto es para 52 relatos y yo, después del año pasado, me he puesto el objetivo de escribir 12, voy saltando, más o menos, de 4 en 4 y escojo el que más me llama la atención.

Relato 2: Usa la frase: “En el oeste se encontraban las ciudades de los muertos” para hacer una composición creativa.

En el oeste se encontraban las ciudades de los muertos.
Una vez al año Joffrey subía la pequeña colina frente a ellas y pagaba sus respetos. Si no hubiera sido por sus habitantes él no estaría allí, su familia probablemente tampoco. Las vistas y el ambiente, frío, gris e imperturbable, siempre se cerraban entorno a su corazón, le recordaban lo que había aprendido en el colegio y le hacían sentir ganas de llorar. A veces lo hacía, otras no. Una gota cayó del cielo y dio de lleno en su frente. Otras la acompañaron y el chico se refugió bajo uno de los altos pinos que habían sobrevivido la violencia de la zona, su corteza plagada de cicatrices y, seguro, recuerdos horribles. A los pocos segundos dejó de llover y Joffrey pensó que sería el momento perfecto para volver a casa, no quería que una posible tormenta le pillara aún en la colina.
El aleteo de un pájaro le asustó y seguido de él escuchó el crujir de una rama y el murmurar de una voz grave. El corazón empezó a latirle con fuerza, ¿quién podía ser? Nunca se había topado con nadie en sus visitas, no en diez años. Muchos opinaban como él en el pueblo, pero cada uno tenía su modo propio y particular de honrar al pasado.
De entre los árboles surgió la figura de un chico joven, no más de quince o dieciséis años. Piel morena, cabello oscuro y ojos verdes. El corazón de Joffrey, acelerado por la anticipación, paró súbitamente de miedo y el chico sintió que les flaqueaban las piernas. ¿Qué hacía él allí? Joffrey se obligó a respirar hondo, a calmarse y recordar que, gracias a los que yacían en camas de mármol a su espalda, vivía en tiempos de paz.

El recién llegado se percató también de su presencia y sus facciones se endurecieron al verse acompañado. Los chicos se observaron fijamente, atentos a cualquier signo de hostilidad. Pasados los minutos Joffrey exhaló sonoramente y saludó al desconocido.
—Buenas tardes —dijo con voz ronca y sintiendo como poco a poco sus músculos iban destensándose.
—Buenas tardes —respondió el chico de ojos verdes, sus ojos por fin desviándose de la figura de Joffrey —. ¿No habrás visto un gran perro gris, verdad? —preguntó el recién llegado, su mirada ahora centrada en los bajos edificios más allá de la colina.
—No, lo siento.
—Mierda. Dije a mis padres que solo iba a dar una vuelta pero Aja se escapó mientras estaba meando y ahora llegaré tarde a cenar y mis padres se enterarán de que he cruzado y el castigo será monumental.
Joffrey cerró la boca, tragó saliva y pestañeó rápidamente para que la sorpresa no se reflejara de un modo tan obvio en sus facciones. No es que nunca hubiera escuchado a alguien del otro lado hablar, es que los mercaderes e incluso su profesor se esforzaban por neutralizar su marcado acento y esa manera tan natural de expresarse, que no tenían en cuenta las sensibilidades de su público.
—Lo siento, no he visto a ningún perro —repitió Joffrey para dejar de parecer un pasmarote.
—En realidad es una hembra —aclaró el otro chico—. Muy grande, blanca y cariñosa.
Joffrey miró a un  lado y a otro de la colina y una idea se le apareció en la mente, descabellada y ligeramente peligrosa.
—¿Quieres que te ayude a encontrarla? —se ofreció—. Me llamo Joffrey.

Si después de tantos años acudiendo a la colina a visitar las ciudades de los muertos había encontrado a alguien en su camino, y no un chico cualquiera, un chico del otro lado, eso tenía que significar algo ¿cierto? Le ayudaría y un pequeño gesto más de bondad entre los dos pueblos sería colocado junto a la inmensa montaña de mal, terror, violencia y sufrimiento del pasado. Y quizá algún día, dentro de muchos años, cuando el bien superase al mal, la montaña del primero se tambalearía y caería sobre la del segundo para enterrarla y sólo dejar ver pequeños destellos oscuros que sirvieran de recuerdo y aviso.

—¿De verdad? —el chico parecía genuinamente sorprendido y a la vez agradecido. Joffrey le devolvió la sonrisa y asintió—. Yo soy Mateo, encantado.
El chico, Mateo, se acercó, le abrazó y le dio un beso en la mejilla izquierda. El contacto abrumó a Joffrey y la sorpresa se apodera de su cuerpo, impidiéndole apartarse de un empujón, sobresaltado. Aún y así Mateo sintió la incomodidad en su nuevo amigo y al apartarse un rubor furibundo teñía su cara.
—Perdón, lo siento. Eres la primera persona del otro lado que conozco.
—¿No tenéis a nadie de Kostera en Montealto? —preguntó sorprendido Joffrey.
—¡Sí! Claro que sí, pero esos no cuentan —respondió Mateo, un aire despreocupado de nuevo en sus gestos—. Ellos están acostumbrados, puede que no les guste pero lo aceptan sin sorpresas.
—Lo siento, no lo esperaba —se disculpó Joffrey.
—No pasa nada, es normal. Nuestros pueblos no son demasiado cercanos que digamos— La sonrisa blanca y brillante del chico desapareció por unos segundos, sus ojos verdes fijos en el inmenso cementerio dividido en dos. Las ciudades de los muertos, división entre pueblos que antaño vivieron siglos enfrentados.
—¿Aja, has dicho que se llamaba? —preguntó Joffrey. Mateo retornó su mirada hacia él, asintió y la sonrisa volvió a su rostro.

Bajaron la colina gritando el nombre del animal, mirando detrás de cada roca y de cada gran árbol, pero sin éxito. Al llegar al cruce que indicaba el camino hacia Kostera, Montealto o Las ciudades de los muertos empezó a llover de nuevo y oyeron, a lo lejos, el ladrido de un perro. Corrieron hacia el oeste, las finas gotas de agua empapando su cabello y su ropa y las ramas y hojas secas crujiendo bajo sus pies.
Aja les esperaba, tranquila e impávida ante la lluvia, en la entrada al cementerio que albergaba todas las familias de Montealto muertas durante la guerra. Mateo abrazó al animal, lo acarició y besó con cariño antes de reprenderle por haberse escapado.
—Muchas gracias por ayudarme —le agradeció luego el chico.
—No he hecho nada.
—Podrías haber decidido no ayudarme —Joffrey sintió que enrojecía y se encogió de hombros.
—Ha sido una tarde diferente. Espero que tus padres no te castiguen.
—Bueno, me caerá una bronca bastante gorda por llegar tarde y mojado, pero nada más.
—Entonces mejor nos despedimos —dijo Joffrey con una sonrisa. El buen ánimo de Mateo es realmente contagioso.
—Espero que nos veamos pronto —respondió este. Su cuerpo se inclinó hacia delante y súbitamente volvió hacia atrás. Joffrey le miró sorprendido durante un milisegundo y luego lo entendió, el chico iba a abrazarle de nuevo.
—Puedes abrazarme si quieres —respondió sintiendo que enrojecía de nuevo—, ambos estamos empapados.
Mateo le abrazó, su cuerpo delgado y fuerte desprendía calor pese al ambiente fresco del anochecer.
—De nuevo gracias por todo.
—A ti.

Ambos chicos emprendieron su camino a casa por senderos opuestos, ambos sonreían, ambos estaban tranquilos. Dejó de llover y las nubes dejaron paso a las brillantes estrellas. Los muertos, a sus espaldas, descansaban.

*

¿Qué os ha parecido?

relato-storys

Reto 43 & 44 & 45 -Decisiones

”Nueva entrada triple que nos acerca poco a poco al fin!!

Semana 43: Escribe una metáfora sobre el primer objeto que veas al apartar tu mirada de la pantalla. Haz un relato que la integre.

—Verás, la vida es como tu pulsera de cuentas favorita —dice mi madre. Siempre ha tenido una mente dispersa pero oportuna, por lo que trato de controlar mis sollozos y espero a que siga hablando—. La estrenas y eres muy feliz con ella, brillante e impoluta. Pero con el tiempo la cuerda se desgasta y tienes que ir con cuidado hasta que si quieres conservarla debes rehacerla, cambiar la cuerda por una nueva y quizá cambiar el orden de las cuentas.
—No lo entiendo, ¿qué tiene que ver esto con que Luis me ha dejado? —digo reprimiendo una nueva oleada de lágrimas. Mi madre me abraza de nuevo y sigue con su extraña metáfora.
—Tiene que ver con que en la vida nada es para siempre, no al 100%. Todo cambia o se desintegra. Si quieres conservar la pulsera debes cambiar algún aspecto de ella, la cuerda, el cierre, lo que sea que no funciona; igual que en la vida. Desgraciadamente vuestra relación no funcionaba y tuvo que cambiar, pero no por ello tú eres una persona diferente, sólo ha cambiado tu alrededor, tu perspectiva, y ésta te ayudará a continuar.
—O sea, que todo va bien hasta el momento en el que no —refunfuño.
—Por supuesto. Pero lo importante no es sólo rehacernos de las dificultades, si no saber qué era lo que las ha provocado para sustituirlo y mejorar.
—Eres muy rara —susurro con una sonrisa triste. He dejado de llorar pero sigue doliéndome el corazón.
—Bueno, ha sido lo primero que se me ha venido a la cabeza. ¿Cuántos años hace que tienes esta pulsera? —pregunta señalando mi muñeca derecha.
—Ni idea —sonrío—. Me la hiciste tú.
—Y ha crecido contigo, la has cuidado y mejorado ¿verdad? —asiento—. Pues eso es lo que tienes que hacer con tu vida.
—Pero tú estarás a mi lado ¿no?
—Claro que sí.

Me abraza y siento su corazón latir. Mi madre puede ser un poco rara, pero siempre logra hacerme sentir mejor.

Semana 44:Comienza un relato con: “No te volveré a fallar, te lo juro”.

—No te volveré a fallar, te lo juro.
Esas palabras le perseguirán toda su vida.
—Entonces ya sabes qué hacer. El señor Torres debe demasiado dinero, haz que pague o… —Aquella sonrisa también se le aparece en sueños. Dientes blancos y perfectos en unos labios estrechos y pálidos. El olor a pintura y humedad se le mete en el cerebro y despierta con el corazón a mil y un disparo resonando a lo lejos.
Siempre el mismo sueño, siempre el mismo final, siempre las mismas noches de insomnio. Y ya van diez años.
En aquel momento se convenció a sí mismo diciéndose que era la única manera de conseguir el dinero que necesitaba para huir de allí y conseguir una mejor vida. Si volvía a intentar escapar de la banda, El Jefe le daría caza y lo mataría a él  y a Matilde, no precisamente en ese orden ni con tanta rapidez. Así que se dijo que haría lo que le pedía, se ganaría su perdón y luego huiría con Matilde a un lugar mejor para darle la vida que merecía, lejos de la violencia, las drogas y las traiciones. Pensó en abandonarla, en huir él sólo, pero el amor que sentía por ella era tan grande que lo único que su cerebro le decía era “Haz lo que sea necesario para estar con ella. Sólo así serás feliz”.
Y lo hizo. Mató al señor Torres después de pedirle y rogarle mil veces que pagara, que reuniera el dinero para EL Jefe. Se aseguró de no dejar ni una sola huella, ni una pista, ni un ápice de ADN en la escena del crimen; si acababa en la cárcel ¿quién iba a cuidar de Matilde? Nunca se lo diría, ella nunca sabría que dormía junto a un asesino y su vida lejos de allí sería maravillosa y llena de amor.
Pero obviamente nada es tan fácil. El Jefe sabía lo que pretendía y se encargó de que Matilde supiera de lo que era capaz. Matilde le dio una bofetada al verle, le dio la espalda y jamás volvió a aparecer por el barrio.
¿De qué le servían ahora las manos manchadas de sangre? ¿El dinero?  ¿Para qué quería una vida nueva si no tenía a nadie con quien compartirla?
Lloró de vuelta a casa, se pasó la noche en su estudio, mirando las estrellas, y al amanecer cogió sus escasas pertenencias y se marchó de allí de todos modos.
Donó el dinero a un orfanato vecino y se dedicó a realizar pequeños trabajos de fontanería por encargo. Apenas le llegaba para comer a diario, en invierno pasaba frío y en verano estaba siempre sediento, pro todo era poco para compensar el daño que había causado. Jamás se perdonaría poner su propia vida por delante de otro.

Semana 45: Escribe un relato de alguien que despierta de pronto con súperpoderes.

Siento un picor en la punta de los dedos. Un calor que va poco a poco avanzando por mis dedos hasta llegar a la muñeca y convertirse en lava que se mezcla con mi sangre y prende mi corazón. Empiezo a sudar profusamente y siento las sábanas pegarse a mi espalda. Abro los ojos; tales sensaciones no pueden ser producto de un sueño. La habitación está levemente iluminada por un fulgor que nace directamente de mis manos. Es una luz cálida, anaranjada, como si en cada una de mis palmas sostuviera una pequeña llama titilante. Me incorporo con dificultad, no quiero usar las manos, y me las acerco a la cara. Me sorprende no sentir calor alguno en mis mejillas; mi interior parece un volcán a punto de estallar. Me levanto y observo el fulgor me envuelve las manos como un guante, me concentro en él y poco a poco crece hasta iluminar toda la habitación. Un sudor frío me recorre la espalda y la contrariedad de sensaciones en mi interior me debilita, la cabeza me da vueltas y debo sentarme de nuevo en la cama. El corazón me va a mil. Cuando siento que he recuperado un poco las fuerzas abro los ojos de nuevo y allí sigue el tenue fulgor. Sonrío y vuelvo a concentrarme en él, esta vez, pero, en la dirección contraria, quiero quedarme completamente a oscuras. Por extraño que parezca me resulta más difícil. Como si esa luz quisiera salir de mi interior, mi cuerpo una presa a la que le resulta más fácil abrir las compuertas que cerrarlas por completo. No lo consigo del todo, un leve resplandor recubre aún mis manos huesudas y llenas de manchas. Suspiro y a la que dejo de pensar en controlar aquella luz el fulgor vuelve a su media potencia.
Genial, pienso. Por fin tengo los súperpoderes que siempre deseé. ¿Pero de qué me van a servir a los 80 años?

 

Relato 42 – El collar de la abuela

Hoy entrada individual porque me ha salido un relato algo extenso y porque los otros no están listos, las compras navideñas me han ocupado mucho tiempo 😦

Semana 42: Escribe una historia acerca de un personaje que perdió algo importante.

Cuando esta mañana llegué a casa sentí que algo había cambiado. Un muy mal presentimiento se deslizó en mi mente y se cumplió nada más abrir la puerta del ático. Limpio, ordenado, con las paredes recién pintadas…
—¡Clara! ¿Dónde están las cosas del ático? —grité bajando las escalera de dos en dos.
Mi hermana estaba en la cocina, taza de té en mano y observando los rosales del jardín.
—¿Qué ocurre? ¿A qué vienen esos gritos? —preguntó con calma.
—¿Dónde están las cosas del ático? —repetí con voz grave, reprimiendo las ganas de gritar de nuevo y zarandearla para que dejara de ser doña tranquilidad y sonrisas.
—Las vendí. Voy a convertir el ático en mi estudio —dijo antes de dar un nuevo sorbo a su té y volver a prestar atención a sus queridos rosales.
—¡¿Cómo?! ¿Lo has vendido todo?
—Bueno, todo no —respondió con una risita de desdén—. Había cosas allí arriba que ni el más loco de los locos querría. Quedan un par de cajas, están en el salón. Si no quieres nada tíralo, por favor. Qué manera de acumular chismes.
—Clara, por Dios. Todo eso eran objetos de incalculable valor que nuestra familia había ido coleccionando durante siglos —susurré, el shock y el enfado me habían robado la voz. No podía hacerme a la idea de que mi hermana lo hubiera tirado todo. No cuando necesitaba el collar de la abuela.
—Matthew, sé que querías hacer una especie de museo o escribir una enciclopedia sobre ellos, pero tendrías que haberlo hecho antes. Estaba harta de vivir nadando entre calaveras, diamantes falsos y mapas del tesoro equivocados. Por no hablar de los huesos de ratón, pieles de serpiente y los colmillos de vete tú a saber qué —Clara se separó al fin de la ventana, dejó la taza de té en la mesa de la cocina y se giró hacia mi—. Pero puedo traerte la lista de lo que vendí. Apunté su precio y la tienda por si ocurría una situación como esta.
—Si sabías que iba a darse esta situación, ¿por qué lo hiciste? ¿Por qué no esperar a que viniera?
—Porque nunca vienes. Estás siempre con tus clases y tus investigaciones y yo estoy aquí, rodeada de fantasmas y leyendas y estoy harta de que la gente me pregunte si puedo conseguirle cuerno de unicornio en polvo. La única razón de tu visita es que necesitas algo que estaba en esas cajas, ¿cierto? —Clara rió por debajo de la nariz y se dirigió hacia el comedor.

La observé mientras cogía su libreta y buscaba la lista de lo que había vendido. En parte tenía razón. Hacía casi tres años que no nos veíamos y en ese tiempo apenas habíamos hablado por teléfono. Nuestra familia siempre ha estado más centrada en la magia, la aventura y la muerte que en la propia familia. Excepto Clara, al parecer, que siempre ha guardado cierto resentimiento a nuestros padres por abandonarnos a los diez años en busca de reliquias mayas. Quince años después no sabemos si murieron o simplemente se están tomando su tiempo en volver.
—Aquí tienes —Me entregó la libreta y volvió a coger su taza de té.
—Clara, siento no haber venido antes. Debería preocuparme más por ti, por cómo estás.
—No están ordenados por ningún criterio, así que espero que no tardes mucho en encontrar lo que buscas.
—Busco el collar de la abuela, ¿te acuerdas? Tenía una cadena de plata fina y el colgante era de un verde brillante.
—Me acuerdo. Sí que lo vendí. Pero no recuerdo a quien.

Asentí, me senté en una de las sillas de madera de la cocina y empecé a buscar entre la multitud de objetos que habían poblado mi infancia y ahora había perdido para siempre.

¡Qué mala suerte la mía! Si hubiera venido una semana antes… ¿Y si han venido ya el collar? No es que fuera especialmente bonito pero quizá algún adolescente enamoradizo buscaba un regalo barato para su amada y decidió llevárselo. Pase lo que pase, pero, no debo dejar que nadie intuya lo importante que es en realidad ese collar. Si supieran de dónde puede provenir esa piedra me lo quitarían de las manos antes de que pudiera decir Ramsés.

La tienda agraciada se encuentra a las afueras de la ciudad y para seguir con mi mala suerte está cerrada. Un pequeño cartel escrito a mano dice que volverán a abrir en cinco minutos, pero llevo aquí más de veinte y no ha aparecido nadie.
—¿Está esperando a que abran la tienda?—oigo que dice una voz grave a mis espaldas. Me giro y me encuentro con un hombre de mediana edad, calvo y con gafas. El olor a tabaco ataca mi nariz y veo que en su mano izquierda, de dedos largos y amarillentos, se encuentra un cigarrillo estrecho y alargado. Asiento—. Perdón entonces, ahora abro.
Observo como da una última calada al cigarrillo, lo tira a la acera y se saca un manojo de llaves del bolsillo del abrigo. La inquietud se apodera poco a poco de mi estómago.
—En realidad —digo al entrar en la tienda, aún a oscuras—, venía a buscar un objeto que vendió mi hermana la semana pasada por error.
—¿La semana pasada? —dice el hombre. Enciende las luces y se coloca detrás del mostrador.
—El fin de semana pasado, una casa en la Calle del Pinar vendía cachivaches curiosos que se habían acumulado en el ático. Nada de mucha importancia, pero ese collar tiene valor sentimental. Seguro que lo entiende.
Rezo con todas las fuerzas para que mi tono suene mayormente desinteresado y que mi mirada no brille de ansiedad.
—Sí, recuerdo la casa ahora que lo comenta. Siento decirle que algo de esa compra sí he vendido. ¿Qué es lo que busca? —La mirada del hombre es inquisitiva pero no parece desconfiada.
—Un collar, pertenecía a mi abuela. La cadena es de plata y el colgante verde.
El hombre asiente, se acaricia la barbilla y desvía la mirada hacia una estantería distante.
—Las joyas están al fondo de la tienda. He vendido varios collares estos días, pero no puedo asegurarle que el suyo fuera uno de ellos. Mi memoria ya no es la que era.
Sonrío y me dirijo hacia el fondo de la tienda, donde el olor a metal y tierra va profundizando en mi nariz y me recuerda porqué es básico que recupere ese collar.
Lo veo colgando en lo alto de una reja decorada con otras muchas joyas, todas preciosas pero seguro que no tan vitales como la mía.
—Parece que he tenido suerte, ¡aquí está! —grito. Y al girarme me encuentro al hombre justo a mi espalda sonriendo ligeramente. Un escalofrío me recorre la columna y trato de disimularlo.
—Me alegro.

Después de devolverle lo que pagó a mi hermana más un diez por ciento como compensación por la pérdida del objeto, me dirijo a casa con un paso tranquilo que esconde mi felicidad y las ganas que tengo de entrar en mi habitación, sacar el libro que he traído de la universidad y verificar de una vez por todas que el collar de mi abuela es en realidad lo que creo que es.
Por suerte cuando llego a casa Clara no está.
Abro mi maleta, saco el paquete bien envuelto que escondía entre mis camisas y de entre papeles y tela aparece mi último descubrimiento, el libro que lo puede cambiar todo, el libro que puede traer los muertos a la vida.
Es de piel oscura, un marrón casi negro suave y frío. No tiene título, tan sólo el gravado de un Sol junto a una calavera y no puede abrirse. La cerradura lateral se ha resistido a todos mis intentos y esfuerzos. Sólo al estudiar mejor el agujero de la parte inferior y la historia alrededor del libro descubrí que la llave no era algo convencional, era un collar que había estado en mi familia durante años.

Coloco la piedra en el agujero y tras dos segundos de intenso silencio un suave click llega a mis oídos. Abro el libro y empiezo a leer. Efectivamente, el poder de la resurrección descansa en mis manos.

Retos 40 & 41 – To boldly go

¡11 Relatos! Ya casi lo consigo >___<

Semana 40: Abre el primer libro que veas por la página 23. Escoge la tercera frase de la página y úsala como la primera oración de tu relato.

In Adam’s limited experience, there were only a few things that could make that happen.

The Raven King. Maggie Stiefvater.

En la limitada experiencia de Adam, sólo un par de cosas pueden causar tales efectos. Y ninguna de ellas agradable.
—¿Vas a decirme ya qué me ocurre? —pregunta el capitán, perlas de sudor le recorren la frente. Un nuevo espasmo de dolor le obliga a cerrar los ojos y se le escapa un gruñido lastimero.
—Bueno, Julian, teniendo en cuenta lo poco que conocemos del planeta —dice Adam lentamente. Es para que  su amigo lo entienda y para que él mismo pueda escoger las palabras adecuadas, nada de lo que va a decir a continuación suena demasiado placentero—. Puede que algo de la cena de ayer con el jefe de la tribu te haya sentado mal, puede que hayas pillado la enfermedad chunga esa de la que me habló la princesa, o puede ser que estés embarazado.
Esto último lo dice más rápido y sin mirar a su amigo y capitán. La enfermería está desierta, todas las camas pulcramente hechas y las sábanas blancas y relucientes. El silencio es agobiante durante dos largos segundos.
—¡¿Qué estoy qué?! —grita el capitán.
—He dicho que puedes estar embarazado. Pero aun tengo que hacerte algunas pruebas y hablar con los nativos y-
—¡Pero si desde que me subí a esta nave que no he hecho nada!
—Estamos en el espacio, hay muchas cosas que no entendemos.
—Adam, por el amor de la Galaxia, hazme las pruebas que tengas que hacerme y cállate. No estoy como para tener un crío.
Adam es incapaz de reprimir una risita que por suerte queda disimulada por un nuevo ataque de gruñidos y quejidos de dolor.

Adam manda a su enfermera que haga un seguido de pruebas al capitán y mientras él baja al planeta recién hermandado para hablar con el jefe y su hija, la princesa Illiannzah sobre lo sucedido.
Cuando los resultados vuelven del pequeño laboratorio de abordo el doctor suspira tranquilo. Avisa a cocinas y coge del armario una caja de calmantes.
—¿Has pensado ya algún nombre para tu bebé? —pregunta. Es incapaz de reprimir la broma. Sólo por la cara de Julian vale la pena el castigo que éste pueda imponerle.
—¡No me digas eso!
—Era broma. Sólo es una indigestión. La mejor de las tres opciones ¿no? —Julian asiente. Está pálido y se le marcan las ojeras mucho más de lo normal—. De momento puedes tomarte esto, es un calmante para el dolor.
Adam le acerca un vaso con agua y la pastilla.
—¿Por qué no me lo has dado antes? —le recrimina el capitán antes de beber el agua y tragar la pastilla con ansias.
—Porque podía ser contraproducente. Ahora subirán de cocinas un poco de sopa. Me ha dicho el jefe que lo que necesitas son muchos líquidos, estar en un ambiente cálido y descanso.
—¿Sólo eso?
—Eso parece. Por lo que el jefe ha podido deducir eres la primera persona alérgica a su fruta más preciada. Es una pena, ha dicho, eso te descarta definitivamente para que contraigas nupcias con su hija.

 Semana 41: Escribe un relato sobre un personaje que tenga mucha fuerza de voluntad.

 

Algunos lo llaman tozudez, otros fuerza de voluntad. Ver sólo un punto fijo en el horizonte y avanzar hacia él cueste lo que cueste. Así me gustaría ser, como ella.
La veo en televisión, con esa sonrisa tan brillante y ese vestido tan bonito y me acuerdo de cuando íbamos a clase juntas.
Siempre quiso ser actriz, y se le daba bien. Iba a clases de teatro, a la academia de inglés y a canto. Eso último no se le daba tan bien. Pero ella continuó, sabía que era necesario para su voz, que le abriría muchas más puertas. Incluso cuando estábamos en época de exámenes no se saltaba nunca ni una de esas clases. Sacaba buenas notas, era algo torpe pero siempre tenía algo bonito que decirte. Me alegro de que le haya ido tan bien.
Fui a ver su primera obra de teatro importante. Teníamos dieciocho años y su papel era el de la hermana de la protagonista. Lo bordó. Después, al hablar con ella a la salida, me dijo que estaba enferma, a 38 de fiebre, pero que no podía desaprovechar aquella oportunidad. Yo la admiraba tanto. Mi vida hasta ese momento había sido simplemente dejarme llevar por la corriente, estudiar, aprobar y entrar en la universidad.
Dos meses después entró en la mejor academia de interpretación y poco a poco fuimos perdiendo el contacto. A veces hablábamos por Messenger o por Facebook y yo veía cómo seguía esforzándose, dándolo todo de sí misma, con una sonrisa y la mirada fija en la gran pantalla.
Recuerdo la primera vez que vi su nombre en el cine, en los créditos de una comedia coral un poco sosa pero con algunos diálogos muy buenos. Sentí una extraña mezcla de alegría, orgullo, envidia y autodesprecio. ¿Qué estaba haciendo yo con mi vida?
Y ahora aquí está, en la tele, nominada a los Goya como mejor actriz revelación. Y una pequeña lágrima cae por mi mejilla y me pregunto dónde estaría yo si hubiera luchado tanto como ella por mis propios sueños.

38 & 39 Retos Escritura – Cambios

¡Venga! Que ya queda menos >____<

Semana 38: Escribe un relato sobre piratas. Describe los movimientos del barco y cómo afecta a los personajes.

Siento la respiración de Kat en mi cuello, profunda y acompasada, parece que por fin se le ha pasado el mareo.
—Lo siento, no sé qué me ha pasado —susurra—. Ya sabes que yo nunca me mareo.
—Tranquila, estos últimos días no han sido tampoco corrientes.
Sobre mí la vela mesana está izada y se interpone entre mis ojos y el cielo estelado que nos cubre. No durará mucho, siento el amanecer en el aire. Kat empieza a toser y tengo miedo de que vuelva a ponerse a vomitar pero se sobre pone, se acerca más a mí y continúa con sus hondas respiraciones.
—No quiero llegar a casa —dice con un hilo de voz.

Yo tampoco. En pocas horas veremos tierra, las playas en las que crecimos, el puerto donde nos conocimos y nada más la arena toque la suela de mis roñosas botas me aprehenderán y me llevarán al calabozo. No me resistiré, tienen todo el derecho.
Los sucesos de la última semana transcurren tras mis párpados y el suave vaivén del barco me mece con cariño, como si quisiera consolarme tras la desgracia acaecida en nuestro último enfrentamiento.  Todas dijeron que no debíamos atacar tamaño barco, que no teníamos munición suficiente, pero hice oídos sordos y las embarqué a la muerte y al dolor. Quería llegar a casa con más riquezas que nadie, proclamarme la mejor capitana que jamás hubo en la isla, y ahora seré conocida como la peor.
Creo que Kat por fin ha logrado conciliar el sueño. Para mi va a ser imposible. Las olas chocan contra la cubierta y tengo la espalda empapada pero no voy a moverme. Esperaré al amanecer aquí sentada en la toldilla, en mi esquina favorita y escuchando los quejidos de mi barco por vez final. Las pocas tripulantes que se encuentran en cubierta no me prestan apenas atención; se centran en sus labores, algunas beben, otras susurran entre ellas, pero ninguna me mira, ya no existo para ellas.

Vislumbro en el horizonte inquieto un punto de luz que poco a poco va expandiéndose y suspiro, ya llegamos. Puedo oír los grilletes, puedo identificar las incitaciones a amotinarse. Ocurra lo que me ocurra no dejaré que le pase nada malo a Kat.

Semana 39: Escribe un relato en el cual dos personas totalmente opuestas se conozcan de forma poco corriente.

Ya que tenía que hacer acto de presencia a la fiesta de fin de rodaje he decidio pedirme una cerveza y sentarme en una de las mesas más alejadas del barullo. Así puedo observa a mis compañeros reír, charlar y desinhibirse. Pese a la gente que hay en el bar agradezco la pequeña burbuja de soledad, no he tenido mucha de ella en las últimas semanas y la culpable acaba justo de sentarse frente a mí.
—Pensaba que no ibas a venir —dicela chica—. Pero me alegro de que lo hayas hecho.
Alza su vaso, de líquido oscuro y mucho hielo, a modo de brindis y da un largo trago.
—Te lo digo ahora que aún no voy borracha para que veas que lo digo de corazón. Por increíble que parezca te voy a echar de menos, Rafa.
Siento que me sonrojo pero la penumbra del bar me protege y no le doy más importáncia, respiro hondo, asiento y sin mirarla a los ojos digo:
—Yo también, Cristina —ésta suelta una carcajada y contesta:
—De verdad que no sé cómo alguien tan tímido como tú puede ser tan buen actor. Es algo que me supera.
Me encojo de hombros, es una explicación demasiado larga y personal. Me pongo a desenganchar la etiqueta de mi botellín de cerveza con la uña del dedo índice derecho.
—¿Recuerdas el primer día en el hotel? Pensabas que era un muñeco que los otros actores habían dejado allí para asustarte.
—No sería la primera vez que me hacen algún tipo de broma pesada antes de un rodaje.
—Y por eso me agarraste tan tranquilo para dejarme en la otra cama. ¡Qué susto! El tuyo al ver que me movía y el mío al despertarme y sentir que alguien me alzaba.
—Sí, tu peso te delató pero me di cuenta demasiado tarde.
—Y todo porque siempre tienes que dormir junto a la ventana —dice Cristina con una cantarela que podría tomarme a ofensa, pero la conozco, y por muy dispares que sean nuestros caracteres he aprendido que le caigo bien.
—Pero no voy a echar de menos tu atronadora música —digo, medio en broma medio en serio.
—Ni yo tu manía de ver películas mudas durante la cena.
—Siempre dejabas la ropa interior en el suelo del baño.
—Ninguno estamos demasiado acostumbrados a compartir piso ¿no? —Vuelve a reír. Niego con la cabeza y sonrío al recordar mi pequeño apartamento al que mañana podré volver, todo en orden, todo para mí solo.
—Aún queda esta noche —puntualizo.
—Tranquilo, intentaré no despertarte cuando llegue. Menos mal que comíamos en el plató. Con lo tiquismiquis que eras para el café no quiero imaginar si tenemos que hacernos la comida.
—Me gusta cocinar.
—¿Si? Yo lo odio. Algún día cuando pase por Madrid me haces la comida —La sorpresa debe reflejarse en mi cara, porque Cristina vuelve a reír—. Tranquilo, ¿con cuánto tiempo de antelación quieres que te avise?
—Con un par de días será suficiente, gracias.
—Lo digo de verdad eh, espero que sigamos siendo amigos.
—Quizá coincidimos en otro rodaje.
—¡Pero que no nos hagan compartir habitación!
—Sí, eso estaría bien.

Cristina se queda un rato más en mi mesa, bebiendo de su coctel en silencio. Finalmente me da unas palmaditas en el hombro y se despide. No tengo muchos amigos, y menos en este mundillo, por lo que agradezco mucho haberla conocido. Aunque vivir con ella haya sido un infierno en la Tierra.