Retos 51 & 52 – Felices para siempre

¡No me lo puedo creer! Lo he conseguido >_______< Sí, he tenido que hacer un sprint súper spamer pero lo he logrado 😀

¡Feliz año a todos!

Semana 51: Reescribe un cuento de hadas clásico.

Había una vez un hermano y una hermana que vivían en lo más profundo del bosque. Su padre les obligaba a cazar para tener qué llevarse a la boca, les hacía pasar horas en busca de madera para quemar y entrar en calor, les encargaba curtir las pieles de sus presas y, en resumen, les hacía trabajar de sol a sol sin que apenas pudieran disfrutar de los resultados de su arduo trabajo.
Un día Hansel, el hermano, le dijo a Gretel, su hermana:
—Estoy harto de esta vida de trabajo y pobreza. Huyamos de aquí.
—¿Y dónde iremos?
—Cualquier sitio será mejor que este.

Los hermanos trazaron un sencillo plan; aprovecharían que el tiempo había empezado a mejorar para escapar por la noche, se llevarían con ellos toda la comida que pudieran cargar y no mirarían atrás.

Caminaron y caminaron, a través de bosques, prados y ríos, siempre alejándose de su destartalada casa y del pueblo al que acudían los días de mercado. No pensaban en su padre, al que habían abandonado, sólo en su futuro; un lugar cálido, lleno de comida y cualquier cosa que ansiaran.

Después de tres días, cuando la comida empezaba a escasear, encontraron una casa algo destartalada en medio de un claro. Llamaron a la puerta y nadie abrió, observaron por las ventanas sucias y entre las cortinas roídas y vieron una mujer mayor tumbada en la cama, parecía dormida.
Volvieron a llamar a la puerta y al ver que no lograban despertarla trataron de abrir la puerta ellos mismos. Tras un par de fuertes empujones lograron desencajar el tablón de madera y entrar en la casa, oscura y llena de polvo.

Se acercaron a la mujer y vieron que respiraba con dificultad.
—Señora, ¿se encuentra bien? —preguntó Gretel desde los pies de la cama.
—Niña, ¿cómo has llegado hasta aquí? —preguntó una voz temblorosa de entre el cabello gris. Gretel se acercó y peinó a la mujer, dejando a la vista una cara imposiblemente vieja, inundada de arrugas que se replegaban una sobre la otra y de las que sobresalían unos ojos diminutos y una nariz enorme. La mujer cogió a Gretel del brazo y le clavó las uñas con fuerza. Pese al abrigo que llevaba Gretel sintió las uñas puntiagudas en su piel.
—¡Aléjate! -gritó de golpe Hansel—. Es una bruja.
El chico ayudó a su hermana a separarse de la bruja, quién empezó a maldecir entre resoplidos y gruñidos.
—¿Cómo lo has sabido?
—He encontrado restos de huesos humanos en el horno —Gretel trató de suprimir un escalofrío y se alejó aun más de la cama—. Oí en el pueblo que la gran bruja estaba enferma, un conjuro que había salido mal. Dijeron que necesitaba comer niños para curarse.
—Si me ayudáis, si me salváis, os daré todo lo que queráis —dijo la bruja desde la cama, mirándoles con maldad en sus ojos violáceos.
—No vamos a hacer nada de eso —dijo Gretel, el coraje había vuelto a ella —. Esperaremos a que mueras y entonces tu poder será nuestro.
—¿Cómo? —se sorprendió Hansel, a la vez que la bruja exclamaba:
—¿¡Cómo sabes eso, niña inmunda?!
—Lo dijo mi madre hace mucho tiempo, antes de morir. Las brujas tienen un demonio en su interior, cuando mueren ese demonio vaga por el mundo hasta encontrar un nuevo cuerpo. Así para siempre.
—¿De verdad?
—Madre dijo que por eso había abandonado a su familia, por eso decidió vivir en medio del bosque, para que el demonio que se había apoderado de su hermana no volviera jamás a por ella.
—Y por eso padre siempre la resintió, por obligarle a dejarlo todo —dijo Hansel. Gretel asintió con una sonrisa.
—Esta puede ser nuestra oportunidad. Podemos capturar al demonio y obligarle a que cumpla todos nuestros deseos si quiere que le liberemos —susurró Gretel para que la bruja no pudiera oírla.
—¿Funcionaría?
—Cualquier cosa que suceda será mejor que habernos quedado en casa.
—Tienes razón.

Y así lo hicieron. Los dos hermanos vivieron en casa de la bruja hasta que está murió y cuando el demonio salió de su cuerpo; horriblemente feo, rojo y negro, con alas viscosas y garras putrefactas, Hansel y Gretel lo atraparon en un círculo de sal y virutas de hierro. Pidieron no pasar hambre nunca más, no pasar jamás frío y dinero para todo lo que pudieran necesitar. El demonio convirtió la casa, paredes, cristales y cimientos en golosinas y encendió el horno con una llama tan poderosa que no pudieron volver a apagarlo nunca más. Echaron en él el cadáver de la bruja. En cuanto al dinero, el demonio sólo dijo que usaran bien el cerebro, por lo que tras días de comer deliciosos dulces, comprendieron qué era lo que el demonio había querido decir.
Hansel y Gretel empezaron a vender partes de la casa de la bruja, delicados pedazos de mazapán, chocolate y caramelo que eran las delicias de cuantos pequeños y mayores acudían al mercado.

Jamás volvieron a ver al demonio, tampoco a su padre, y murieron pocos años después en un incendio nocturno que derritió entera la casa de chucherías.

Semana 52: Escribe un relato de un personaje que encuentra una corbata y no sabe cómo ha llegado allí.

Entre los arbustos algo morado llama la atención de Marina. Se acerca, curiosa, y distingue un trozo de tela. Es alargado, más ancho por un extremo que por el otro y de un material suave y brillante que jamás ha visto. Extrañamente huele a azahar. Lo examina con más detenimiento y distingue diminutos rombos dorados entre la oscuridad púrpura. La respiración se le traba y mira hacia el cielo. No falta nada, todo lo que alcanzan a ver sus ojos es de un azul vibrante, sin nubes ni pájaros. Suspira aliviada, por un momento ha creído que el cielo se rompía y un pedazo de anochecer se había desprendido de lo más alto.
Un chapoteo llega a sus oídos y con el pedazo de tela bien sujeto entre sus dedos avanza hacia el río. Se esconde tras uno de los altos pinos y descubre que hay alguien bañándose allí. Es un hombre alto y delgado, su pecho está al descubierto y se ha arremangado los pantalones hasta las rodillas. Se le marcan ligeramente las costillas y no tiene apenas músculos en los brazos. Su nariz es larga y estrecha, su barba corta y cuidada, oscura como su cabello. ¿De dónde viene?
Sus pantalones son negros como la noche y se le amoldan perfectamente al culo y las pantorrillas. El resto de lo que parece ser su ropa está junto a unas rocas de la orilla. Todo blanco y negro, impoluto y perfecto, sin remiendo alguno. Sus zapatos se ven duros, en excelente estado y muy cómodos.
El hombre sale del río y usa lo que parece una chaqueta para secarse la cara y el torso. La deja caer sobre las piedras como si fuera un trapo inservible y vuelve a colocarse bien los pantalones. El hombre mira a su alrededor y sonríe.

Por la magia de la tierra que ese hombre ha de tener muchísimo dinero, ¿cómo si no va a permitirse esas telas?, se dice Marina. Respira hondo y sale de su escondite.
—Perdone, creo que esto es suyo —dice.
El hombre se asusta ante la intromisión, mira a un lado y a otro con nerviosismo y finalmente parece relajarse y sonríe también.
—Muchas gracias —dice.
—¿Qué es? ¿Para qué sirve?
—Es… una corbata. Se coloca en el cuello, como adorno.
—Es muy bonita —Marina mira el trozo de tela, la corbata, una vez más y se la acerca al hombre—. Aquí tiene.
—Puedes quedártela, si te gusta —dice él con una pequeña sonrisa—. Pero no la enseñes mucho.
—¿Es poderosa? ¿Tiene magia? —pregunta Marina emocionada. La magia siempre se le ha dado fatal, quizá pueda usar esa corbata como canalizador. La sonrisa del hombre desaparece y su mirada se vuelve dura.
—¿Magia? —Un mal presentimiento se adueña de Marina y le impide contestar. Se muerde el labio inferior mientras repasa la situación. ¿Es ese hombre peligroso?
—Lo siento, parece que he olvidado mis modales —dice él de repente. Su sonrisa ha vuelto y sus ojos oscuros vuelven a brillar con inteligencia y curiosidad—. Mi nombre es Jonás.
Jonás extiende la mano y Marina la encaja, sintiendo que se ruboriza ligeramente.
—Yo soy Marina, encantada.
—Marina, verás… ¿Puedes decir dónde estoy? —La voz del hombre es casi un susurro, sus ojos vuelven a vagar del río a los árboles y Marina puede sentir su incomodidad envuelta en una energía vibrante de excitación.
No cree que ese hombre sea peligroso, pero sí es extraño.
—Estamos a las afueras de Pyurth, mi pueblo. Ese es el río Urth. ¿De dónde sois vos?
—Oh, no me hables de usted, por favor. ¿Pyurth? No me suena de nada…¿En qué año estamos? ¿Estamos en España? Por favor dime que estamos en la Península Ibérica?
—Siento decirle, decirte, que no me suena ningún lugar con ese nombre. ¿Está bien? ¿Se ha dado un golpe en la cabeza? ¡Ya sé! Alguien le ha hechizado. Se ha encontrado con bandidos en el camino que al ver sus ropas han querido atracarle. Por eso no lleva equipaje —dice Marina con una gran sonrisa. Empezaba a asustarse, pero ahora todo tenía sentido.
—Vale, puede que sí esté algo descolocado…
Jonás se alejó unos pasos y se puso a murmurar para sí mismo. Marina no entendía muchas de las palabras que decía, como “universoparalelo” o “desvíocuantico” por lo que imaginó que estaría realizando algún tipo de contra hechizo. Era fascinante. Seguro que se había topado con un gran mago. Por todos era bien sabido que los grandes magos llevaban barba y eran algo excéntricos.
A los pocos minutos Jonás volvió a acercarse, se sentó sobre una de las piedras e instó a Marina a que hiciera lo mismo.
—¿Qué pensarías si te dijera que no soy de aquí? ¿Qué soy de un mundo completamente diferente, en el que la magia no existe y que he inventado una máquina para viajar entre los dos universos?

Reto 48 & 49 & 50 – Momentos decisivos

¡Y ya sólo faltan dos!

Semana 48: Escribe un relato sobre un personaje que lleva más de una semana sin dormir.

Hace ocho días que no duermo.

¿Ocho? Sí, creo que sí.

192 horas despierto.
Y sin salir de esta apartamento. Esto no os lo había dicho ¿verdad?
Nunca había tenido problemas para dormir, pero hace ocho días me acosté y no pude dormir. Así de fácil y aterrador. Conté ovejas, me relajé, pensé en cosas agradables e imaginé que dormía y soñaba entre mullidas nubes. Nada funcionó. Pasaron las horas y lo único que podía hacer era dar vueltas en mi cama. Finalmente me levanté y me di una ducha caliente pero seguía tan despierto como si hubiera dormido ya mis ocho horas. Me puse a leer y vi amanecer. Saqué un par de fotos pero no quise colgarlas en internet, no quería que nadie supiera que tenía problemas para dormir.
Desayuné y pensé que quizá si hacía un poco de deporte lograría cansarme lo suficiente como para poder dormir esa noche. Preparé la mochila del gimnasio para llevármela al trabajo y cuando tenía el pomo de la puerta en la mano sonó mi móvil. Era mi supervisora. No tenía que ir a trabajar. Había problemas eléctricos en todo el edificio y nos habían dado una especie de vacaciones a todos. Se nos enviarían mails indicándonos lo que podíamos hacer desde casa.
Pensé en ir al gimnasio de todos modos pero sólo de pensar en bajar cinco pisos de escaleras se me quitaron las ganas. Me eché al sofá y pasé toda la mañana con la mente en blanco mientras programa basura tras programa basura pasaba frente a mis ojos. Así has sido mis días desde entonces. Hay algo en mi interior que no me deja dormir ni salir de casa, que me retiene en estos setenta metros cuadrados y me nubla la mente a la luz del sol. Cuando llega la noche contesto todos los mails del trabajo y preparo alguna presentación que se me ha pedido. Pero nunca duermo. Ayer tuve que pedir comida por internet; no lo había hecho nunca antes. Ha llegado esta mañana.  La reacción del repartidor al verme ha sido sorprendente, evitaba mirarme a la cara y ha estado temblando mientras comprobaba que no se habían olvidado nada. Cuando me he despedido de él ha dado un salto y ha dejado escapar un graznido. Me ha hecho gracia y a la vez me ha intrigado. Puede que no duerma ni salga de casa, pero no he olvidado mi higiene personal.

Después de guardar la carne en la nevera he ido al baño, curioso por encontrar qué ha podido provocar en el repartidor tal reacción. Voy bien peinado y afeitado, no me huele el aliento y mis uñas estás recién cortadas. No lo entiendo.

*

Juan se miró una vez más al espejo y se encogió de hombros. Estaba todo correcto. Excepto que no era así. en su frente habían empezado a nacer una pequeñas protuberancias negruzcas, sus dientes habían empezado a afilarse y su piel tenía un tono cenizo que enrojecía alrededor de las articulaciones.
lo que Juan no podía ver, además de su aspecto real, era el demonio que poco a poco dominaba su corazón, estrujándolo milímetro a milímetro para poder devorarlo una vez dejara de latir y quedarse con el alma que habitaba en él.

Hacía ocho días que Juan no dormía. Hacía ocho días que Juan había asesinado a su mujer.

 

Semana 49: Escribe un relato sobre una novia que tiene dudas antes de su boda. Describe la tarta y los invitados.

Carmen me ha enviado una foto de la tarta cuando me estaban peinando. Ha quedado preciosa. Tiene cuatro pisos de bizcocho red velvet y están cubiertos todos ellos de una buttercream blanca como el marfil. La decoración consiste en pequeñas perlas plateadas que crean cenefas en los niveles pares y mariposas moradas de pan de ángel en los impares. Suena extraño y puede no ser lo más corriente en una boda pero así era como la quería y así es como la he conseguido. Lo único que falta en ella son las figuritas de los novios que van arriba del todo. Tiene que traerlos Ricardo, los playmobil tuneados que serán a la vez su regalo.
Estoy guapísima. El vestido plateado es precioso, largo, estrecho y de amplio escote. Dani no podrá aguantar hasta la noche, estoy segura.
María ha llamado a primera hora de la mañana desde el camión. El ramo ha quedado precioso y las flores para los centros de mesa están listas. Todo parece un sueño.
Cuando llego al ayuntamiento veo las caras de asombro de mis padres y sonrío para mis adentros.
—¡Estás preciosa! —dice mi madre—. Toma el ramo.
—Dani te espera dentro —me informa mi padre.
María tenía razón, el ramo es también como lo había pedido. Una cascada de color que resalta ante la tela plateada de mi vestido.
Entramos en la sala del ayuntamiento y todos los invitados se levantan. Siento que enrojezco y mi sonrisa se ensancha. Allí está mi familia, mis amigos del instituto y de la universidad, Marcos… ¿Qué coño pinta él aquí? Mi cuerpo sigue avanzando hasta donde se encuentra Dani con su madre pero mi cerebro no procesa la música que acompaña mi entrada ni apenas reacciona ante el abrazo de mi madre al dirigirse hacia su sitio en primera fila. Sólo el apretón de manos de Dani logra que mi mente olvide unos ojos verdes por otros azules. Sonrío, le devuelvo el apretón y me obligo a mi misma a escuchar la ceremonia. Pero mi corazón late con fuerza y no precisamente de emoción. Ver a Marcos después de casi diez años ha sido como una apuñalada en el pecho. Reprimo las ganas de girarme y recuerdo que estaba sentado junto a Javier y Lurdes, ¿quiere decir eso que forma parte de la banda? ¿Mi primer amor va a ser el pianista de la banda que toque en mi boda? Eso es una jugarreta cruel del destino. O una señal. Nunca lo he dicho en voz alta pero Marcos fue mucho más que mi primer amor verdadero. Fue la única persona que no cayó ante mis encantos. Éramos amigos, nos llevábamos genial, pero nunca pasó nada entre nosotros y por eso siempre he tenido clavada la espinilla del “y si…” ¿Y si es él mi media naranja? ¿Y si nunca llego a sentir algo parecido por otra persona? Todos los sentimientos que he ido reprimiendo en los últimos años acaban de explotar ante mí y no sé si puedo evitar que manchen a alguien. Respiro hondo y por el rabillo del ojo veo que Dani me observa. Sonrío y veo que se tranquiliza. Tengo una decisión que tomar.

Imagino una balanza tras del juez de paz y coloco todo lo que siento por Dani en un lado, luego lo que he sentido por Marcos en el otro. Están bastante igualados. Añado los grandes momentos vividos con una y con el otro y obviamente gana Dani, resto los enfados y las discusiones y los platos vuelven a colocarse a una altura parecida. Nada de esto me ayuda. Son personas diferentes, sentimientos parecidos y situaciones opuestas. Marcos siempre será un inalcanzable, la representación de un sentimiento puro incorrupto por la realidad y no puedo basar mi futuro en un sueño infantil. El amor absoluto y puro existe, pero no está exento de sus malos momentos, sus situaciones difíciles que se encargan de hacerte crecer y evolucionar, de darte la perspectiva adecuada para disfrutar de lo que realmente vale la pena. Y quiero vivir todo ello con Dani.
—Sí quiero.

Semana 50: Escribe un relato sobre una fiesta, un grito y una mentira que cada vez crece más.

—Tía, ¿has oído lo que dicen del chico nuevo?
—¿De quién de Javi? —digo girándome. Miranda se sienta junto a mí en los escalones que dan al jardín y asiente.
—Aunque creo que prefiere que le llamen Jay, resulta que ha estado mucho tiempo en Estados Unidos y así le llamaban allí.

—Creía que había estado en el Canadá —respondo. Javi, o Jay, es de quién habla todo el mundo estos días. El chico nuevo del instituto, guapo y misterioso.
—Bueno, América —dice Miranda poniendo los ojos en blanco.
—Mujer, no es lo mismo —la chincho. Doy un sorbo a mi vodka con limonada y observo a la gente que va llegando a la fiesta. Las celebraciones de inicio de curso de Laura son famosas, seguro que esta noche alguien se lía con quien no debe o acaba con fotos vergonzosas subidas a su Instagram.
—¿Crees que vendrá? Jay, digo —Me encojo de hombros.
—Supongo. Seguro que Laura le ha invitado.
—¿Estáis hablando de Javi? —Mirando y yo alzamos la vista y nos encontramos con Antonio, cereza en una mano y cigarrillo en la otra. Asentimos.
—He oído que le echaron de su antiguo instituto por ir drogado.
—¿En serio? No tiene pinta de yonki —digo sorprendida.
—Pues Patri me dijeron que era él quien trapicheaba. Que era camello. Mira, allí está, ¡Patri! —grita Miranda. Se levanta e indica a Patricia a que se acerque. Con ella vienen también Julia y Sergio. No hay sitio en los escalones para todos así que me levanto yo también y cojo el cigarrillo de Antonio para darle una calada.
—Es verdad, me lo dijo Luisa. Su tía trabaja en el instituto, así que debe de saberlo de primera mano —dice Patri.
—No digo que Luisa sea una mentirosa —interviene Sergio—, pero ya sabéis lo que le gusta exagerar.
—A mí la info que me ha llegado es que sí que trapicheaba y que encima estaba compinchado con uno de sus profes. Como en la serie esa.
—¿Y qué pasó con el profe?

—Ni idea, a mí solo me ha llegado lo de Jay.
—¿Estáis hablando de Jay?
Esa pregunta fue repitiéndose a lo largo de la noche y las habladurías y rumores evolucionaron hasta colocar al chico como capo de una pequeña red de narcotráfico estudiantil que no sólo contaba con la ayuda de profesores si no también del cuerpo de policía. Si había tenido que volver a España era porque los bandas locales le habían amenazado, a él y a su familia, por meterse en sus negocios y quitarles la clientela.
—Esto es imposible. Se os está yendo la olla —dijo alguien. El círculo de comentaristas de la vida de Jay era ya de la fiesta entera. La música olvidada y el alcohol relegado a segundo plano.
—Que alguien se lo pregunte cuando venga.
—¿Pero va a venir?
—Claro que sí, bien querrá hacer amigos.
—¿Creéis que traerá hierba o algo?
—¿Os lo estáis pasando bien? —preguntó una voz aguda tratando de sonar fría y distante pero supurando histeria.
Era Laura, ceño fruncido y brazos en jarra.
—¿Por qué nadie está bailando? ¿Por qué no estáis twiteando lo bien que os lo estáis pasando?
—¿Va a venir Javi?
—¿Le has invitado?
—¡Esta es mi fiesta! No la del puto Jay de los cojones —chilló Laura—. ¿Se puede saber qué es lo que veis en él?
—A mí también me gustaría saber qué he hecho para merecer tanta atención.

Laura se giró y se encontró con Jay a sus espaldas, una sonrisa divertida en los labios y las manos en los bolsillos.
—Fuera de aquí, no estás invitado. ¡Es mi fiesta! —volvió a gritar Laura—. Nadie me roba el protagonismo en mi propia casa.
La chica empujó a Javi pero lo único que logró fue tropezar con sus propios pies. Se balanceó sobre los zapatos de tacón, perdió el equilibrio y tratando de mantenerse en pie trastabilló hasta quedarse sin superficie plana. Laura cayó a la piscina con un sonoro ¡chof!

—¡FUERA TODOS DE AQUÍ! La fiesta se ha acabado -farfulló con la boca llena de agua.

Reto 46 & 47 – Amor y sangre

¡Hoy toca ciencia ficción y fantasía!

Semana 46: Escribe una historia que tenga lugar en un taller mecánico.

El taller mecánico abandonado siempre fue lugar de múltiples anécdotas e historias. Durante toda mi infancia y adolescencia fue protagonista de muchos de mis sueños y aventuras; el escondite de los alienígenas, el punto de encuentro entre bandas rivales, un laboratorio secreto en el que experimentaban con humanos… Por eso, cuando llegó mi primer aniversario con Lisa decidí preparar allí una romántica cena con velas, mantel a cuadros y sándwiches preparados por un servidor. Incluso logré llevarme un par de cervezas y una caja de condones sin que mi padre se enterara.

Llegué quince minutos antes y lo coloqué todo en el centro del local, justo encima de una mancha negra que podía ser aceite o sangre. El aire primaveral entraba por las ventanas rotas y me costó encender las velas, colocadas en círculo alrededor del gran mantel que serviría también para que nos sentáramos en él. El ambiente olía a hierro y goma quemada pero no era desagradable. De una de las paredes aún colgaban varias herramientas y en las esquinas se podían encontrar neumáticos de todos los tamaños. Lisa anunció su llegada dando leves golpecitos a la persiana metálica a medio bajar y grité que pasara.
Obviamente no esperaba aquello y aunque al principio le entró la risa por lo ridículo de la situación al final resultó una cena agradable, llena de risas, besos y una conversación plagada de referencias a un futuro en común que reafirmaron mil veces el amor que sentía por ella.
Acabados los sándwiches y las cervezas empezamos a besarnos con más asiduidad y ganas hasta que acabamos los dos sin camiseta, medio cuerpo sobre el mantel y el otro medio sobre el cemento frío y sucio del taller mecánico.
Cuando el suelo empezó a temblar pensé que eran imaginaciones mías producidas por mis hormonas, cuando el temblor fue seguido de gritos alejados y una luz azulada que entraba por la persiana a medio bajar mi cerebro decidió que definitivamente ocurría algo extraño.
Nos separamos y recogimos nuestras camisetas. Nos asomamos por las ventanas rotas y fuimos testigos de la Primera Masacre Alienígena de la Tierra.
Nos miramos asustados y en vez de salir en busca de ayuda decidimos quedarnos allí, recoger cualquier pista de nuestra presencia allí, hacernos con lo que pudiera servirnos de arma, y escondernos detrás de una puerta vieja de camión, apoyada en una esquina.
Nunca vimos los alienígenas con claridad pero escuchamos sus baboseos y aspiraciones tras el latir de nuestros corazones. Pasamos allí escondidos dos días, sin comida ni bebida , sin apenas mover un músculo.

Cuando por fin decidimos salir al exterior estaba toda nuestra ciudad y la mayor parte del planeta estaban destrozados. Pocos sobrevivieron y ninguno supo por qué.
Los alienígenas no han vuelto, pero ahora estamos preparados para defendernos y no se volverá a repetir.

Semana 47: Elige una letra del alfabeto. Encuentra 5 elementos de tu habitación que comiencen por esa letra y escribe un relato sobre alguien que intenta escapar usándolos, al más puro estilo MacGyver.

Estoy en lo que parece un estudio. Las últimas horas de mi vida son una sucesión de imágenes borrosas que no aportan información alguna de cómo he llegado aquí.
He despertado debajo de la mesa, a oscuras y sobre una manta a cuadros escoceses de esos rojos, amarillos y verdes. Sé que cada uno de los colores y estilos representa una familia o clan pero dudo que saber a cuál de ellas pertenece este en particular me ayude.

La puerta está cerrada y las ventanas, aunque se pueden abrir sin problemas das a la más y absoluta nada. Es noche cerrada, la Luna apenas se intuye tras las densas nubes y el rumor de los árboles me llega como un murmullo de ultratumba. Cada vez tengo más miedo y estoy más enfadado conmigo mismo y mi cerebro ¿qué ha ocurrido? ¿por qué no recuerdo nada? Vuelvo a acercarme a la puerta y acerco el oído, silencio absoluto.
Estudio la habitación: es cuadrada, con un escritorio bajo la ventana donde descansan una libreta y un estuche metálico perfectamente colocados en el centro, una silla negra de las ergonómicas, seguro que muy cara, una estantería a mi izquierda con un par de libros escritos en lo que parece algún idioma eslavo y a mi derecha una espada antigua y enorme que cuelga de la pared. Eso me da una idea.
Me subo a la silla y con todas mis fuerzas descuelgo la espada, que cae ruidosamente al suelo y deja varias muescas en el parquet. ¿Por qué me han encerrado en una habitación con un arma? Pesa mucho más de lo que esperaba y la única luz de la habitación otorga al metal un fulgor apagado y frío. ¿Cuántos cientos de años debe de tener? La arrastro por el suelo ignorando los rasguños que la punta deja en el suelo y una vez frente a la puerta distingo un pequeño bote en la esquina. Dejo la espada en el suelo con cuidado y doy los dos pasos que me separan de lo que parece ser un insecticida. Lo observo con atención y decido que puede serme de ayuda, por lo que lo acerco a la puerta y lo vuelvo a dejar en el suelo. Voy a recoger la espada de nuevo cuando más ideas vienen a mi mente. Se supone que estoy preso en un lugar desconocido y voy a intentar fugarme, debería prepararme. ¿Qué hay en ese estudio que pueda servirme? Vuelvo a subirme sobre la silla y estiro con fuerza de los estores que cubren las ventanas, la tela es dura y algo rígida y puede servir para protegerme las manos cuando trate de abrir la puerta a espadazos. También me quedo con el espiral de la libreta, y con el estuche,  me los meto en los bolsillos traseros del pantalón y vuelvo a por la espada. Presto atención, el silencio continua. Me envuelvo una de las manos con el estor y el otro me lo ato al cuello. Me resulta algo complicado coger la espada con la mano vendada de una manera tan tosca pero así no resultaré herido si se desprenden astillas de la puerta cuando la rompa.

El primer golpe de empuñadura contra cerradura resuena por toda la habitación y estoy seguro que si hay alguien en esa casa ahora mismo está de camino al estudio. Pero pasan los segundos y no sucede nada, así que vuelvo a intentarlo. El metal empieza a ceder y la madera se separa de él al tercer golpe. Un par más y la puerta se abre con un silencio que contrasta con las sonoras estocadas anteriores. El pasillo está desierto. Fotografías de paisajes montañosos adornan las paredes. Decido avanzar por la derecha, no sin antes coger el espray anti insectos. Resulta difícil avanzar con todo eso en las manos y el peso de la espada hace estragos en mis músculos. Nunca he sido de hacer deporte y menos aún pesas. Sospeso mis opciones y decido cometer la imprudencia de dejar la espada en el suelo lo más silenciosamente posible. No sé usarla y su peso será un inconveniente si he de luchar o huir. Continuo avanzando con el espray frente a mí y el estor bien enrollado tapándome nariz y boca. Llego a una cocina abierta y un salón comedor. Toda la pared frente a mi da al exterior, a un bosque oscuro que no me augura una huida fácil. Sentada en una butaca una mujer joven me observa con una fina sonrisa en los labios. Estiro el brazo con el espray hacia ella y retrocedo hasta sentir la pared en mi espalda. El estuche y el espiral de la libreta se me clavan en el culo.
—Tranquilo —dice la mujer al levantarse—. Lo has hecho muy bien.
Se acerca con grandes pasos y sus zapatos de tacón repiquetean en el suelo. Cuando está a menos de dos metros de mí me abalanzo sobre ella y vacío el espray sobre sus ojos, nariz y boca. La sorpresa se adueña de ella y aprovecho esos preciosos segundos de incertidumbre que la apresan para darle bien fuerte en la sien con el bote vacío. Se tambalea, choca contra la encimera y se agarra en ella para no caer. Le sangran los ojos y de entre sus finos labios distingo el destello de unos colmillos más largos de lo normal. Sin pensar en lo que estoy haciendo cojo un cuchillo del bloque magnético que hay frente a mí y le atravieso el corazón. Eso no podría haberlo hecho con la espada.

La mujer suelta un rugido animal antes de convertirse en ceniza ante mis ojos. El cuchillo cae al suelo junto a su ropa, joyas y zapatos. No he podido procesar todo lo sucedido cuando un aplauso seco y sonoro a mis espaldas vuelve a poner en alerta mis sentidos. Me giro y encuentro un hombre, otro vampiro, queme observa con diversión.
—Vaya, ella era quien había apostado por ti. Supongo que tenía razón.
—¿Razón en qué? —pregunto. Mi voz suena ronca y gastada pero me sorprende no encontrar miedo en ella.
—En que eras fuerte. Que superarías la prueba.
—¿Qué prueba? —No sé porque hablo cuando tendría que luchar, pero mientras el hombre avanza lentamente hacia mí y yo retrocedo de la cocina al salón, mis manos se dirigen hacia mis bolsillos traseros.
—Esta prueba —dice él extendiendo los brazos.
No sé qué quiere decir con ello pero yo también extiendo mis brazos. En una mano tengo el estuche y en la otra el espiral de la libreta, que he colocado formando una cruz. El vampiro ríe al verlo y sus colmillos aparecen entre sus labios, amenazantes y estilizados.
—Eso no sirve para nada —Antes de que mi cerebro haya podido procesar la última palabra el hombre se me planta delante y me abraza con fuerza—. No hay huida posible, sólo existe la muerte o esto —susurra antes de clavarme los colmillos en el cuello.

 

Reto 43 & 44 & 45 -Decisiones

”Nueva entrada triple que nos acerca poco a poco al fin!!

Semana 43: Escribe una metáfora sobre el primer objeto que veas al apartar tu mirada de la pantalla. Haz un relato que la integre.

—Verás, la vida es como tu pulsera de cuentas favorita —dice mi madre. Siempre ha tenido una mente dispersa pero oportuna, por lo que trato de controlar mis sollozos y espero a que siga hablando—. La estrenas y eres muy feliz con ella, brillante e impoluta. Pero con el tiempo la cuerda se desgasta y tienes que ir con cuidado hasta que si quieres conservarla debes rehacerla, cambiar la cuerda por una nueva y quizá cambiar el orden de las cuentas.
—No lo entiendo, ¿qué tiene que ver esto con que Luis me ha dejado? —digo reprimiendo una nueva oleada de lágrimas. Mi madre me abraza de nuevo y sigue con su extraña metáfora.
—Tiene que ver con que en la vida nada es para siempre, no al 100%. Todo cambia o se desintegra. Si quieres conservar la pulsera debes cambiar algún aspecto de ella, la cuerda, el cierre, lo que sea que no funciona; igual que en la vida. Desgraciadamente vuestra relación no funcionaba y tuvo que cambiar, pero no por ello tú eres una persona diferente, sólo ha cambiado tu alrededor, tu perspectiva, y ésta te ayudará a continuar.
—O sea, que todo va bien hasta el momento en el que no —refunfuño.
—Por supuesto. Pero lo importante no es sólo rehacernos de las dificultades, si no saber qué era lo que las ha provocado para sustituirlo y mejorar.
—Eres muy rara —susurro con una sonrisa triste. He dejado de llorar pero sigue doliéndome el corazón.
—Bueno, ha sido lo primero que se me ha venido a la cabeza. ¿Cuántos años hace que tienes esta pulsera? —pregunta señalando mi muñeca derecha.
—Ni idea —sonrío—. Me la hiciste tú.
—Y ha crecido contigo, la has cuidado y mejorado ¿verdad? —asiento—. Pues eso es lo que tienes que hacer con tu vida.
—Pero tú estarás a mi lado ¿no?
—Claro que sí.

Me abraza y siento su corazón latir. Mi madre puede ser un poco rara, pero siempre logra hacerme sentir mejor.

Semana 44:Comienza un relato con: “No te volveré a fallar, te lo juro”.

—No te volveré a fallar, te lo juro.
Esas palabras le perseguirán toda su vida.
—Entonces ya sabes qué hacer. El señor Torres debe demasiado dinero, haz que pague o… —Aquella sonrisa también se le aparece en sueños. Dientes blancos y perfectos en unos labios estrechos y pálidos. El olor a pintura y humedad se le mete en el cerebro y despierta con el corazón a mil y un disparo resonando a lo lejos.
Siempre el mismo sueño, siempre el mismo final, siempre las mismas noches de insomnio. Y ya van diez años.
En aquel momento se convenció a sí mismo diciéndose que era la única manera de conseguir el dinero que necesitaba para huir de allí y conseguir una mejor vida. Si volvía a intentar escapar de la banda, El Jefe le daría caza y lo mataría a él  y a Matilde, no precisamente en ese orden ni con tanta rapidez. Así que se dijo que haría lo que le pedía, se ganaría su perdón y luego huiría con Matilde a un lugar mejor para darle la vida que merecía, lejos de la violencia, las drogas y las traiciones. Pensó en abandonarla, en huir él sólo, pero el amor que sentía por ella era tan grande que lo único que su cerebro le decía era “Haz lo que sea necesario para estar con ella. Sólo así serás feliz”.
Y lo hizo. Mató al señor Torres después de pedirle y rogarle mil veces que pagara, que reuniera el dinero para EL Jefe. Se aseguró de no dejar ni una sola huella, ni una pista, ni un ápice de ADN en la escena del crimen; si acababa en la cárcel ¿quién iba a cuidar de Matilde? Nunca se lo diría, ella nunca sabría que dormía junto a un asesino y su vida lejos de allí sería maravillosa y llena de amor.
Pero obviamente nada es tan fácil. El Jefe sabía lo que pretendía y se encargó de que Matilde supiera de lo que era capaz. Matilde le dio una bofetada al verle, le dio la espalda y jamás volvió a aparecer por el barrio.
¿De qué le servían ahora las manos manchadas de sangre? ¿El dinero?  ¿Para qué quería una vida nueva si no tenía a nadie con quien compartirla?
Lloró de vuelta a casa, se pasó la noche en su estudio, mirando las estrellas, y al amanecer cogió sus escasas pertenencias y se marchó de allí de todos modos.
Donó el dinero a un orfanato vecino y se dedicó a realizar pequeños trabajos de fontanería por encargo. Apenas le llegaba para comer a diario, en invierno pasaba frío y en verano estaba siempre sediento, pro todo era poco para compensar el daño que había causado. Jamás se perdonaría poner su propia vida por delante de otro.

Semana 45: Escribe un relato de alguien que despierta de pronto con súperpoderes.

Siento un picor en la punta de los dedos. Un calor que va poco a poco avanzando por mis dedos hasta llegar a la muñeca y convertirse en lava que se mezcla con mi sangre y prende mi corazón. Empiezo a sudar profusamente y siento las sábanas pegarse a mi espalda. Abro los ojos; tales sensaciones no pueden ser producto de un sueño. La habitación está levemente iluminada por un fulgor que nace directamente de mis manos. Es una luz cálida, anaranjada, como si en cada una de mis palmas sostuviera una pequeña llama titilante. Me incorporo con dificultad, no quiero usar las manos, y me las acerco a la cara. Me sorprende no sentir calor alguno en mis mejillas; mi interior parece un volcán a punto de estallar. Me levanto y observo el fulgor me envuelve las manos como un guante, me concentro en él y poco a poco crece hasta iluminar toda la habitación. Un sudor frío me recorre la espalda y la contrariedad de sensaciones en mi interior me debilita, la cabeza me da vueltas y debo sentarme de nuevo en la cama. El corazón me va a mil. Cuando siento que he recuperado un poco las fuerzas abro los ojos de nuevo y allí sigue el tenue fulgor. Sonrío y vuelvo a concentrarme en él, esta vez, pero, en la dirección contraria, quiero quedarme completamente a oscuras. Por extraño que parezca me resulta más difícil. Como si esa luz quisiera salir de mi interior, mi cuerpo una presa a la que le resulta más fácil abrir las compuertas que cerrarlas por completo. No lo consigo del todo, un leve resplandor recubre aún mis manos huesudas y llenas de manchas. Suspiro y a la que dejo de pensar en controlar aquella luz el fulgor vuelve a su media potencia.
Genial, pienso. Por fin tengo los súperpoderes que siempre deseé. ¿Pero de qué me van a servir a los 80 años?

 

Retos 40 & 41 – To boldly go

¡11 Relatos! Ya casi lo consigo >___<

Semana 40: Abre el primer libro que veas por la página 23. Escoge la tercera frase de la página y úsala como la primera oración de tu relato.

In Adam’s limited experience, there were only a few things that could make that happen.

The Raven King. Maggie Stiefvater.

En la limitada experiencia de Adam, sólo un par de cosas pueden causar tales efectos. Y ninguna de ellas agradable.
—¿Vas a decirme ya qué me ocurre? —pregunta el capitán, perlas de sudor le recorren la frente. Un nuevo espasmo de dolor le obliga a cerrar los ojos y se le escapa un gruñido lastimero.
—Bueno, Julian, teniendo en cuenta lo poco que conocemos del planeta —dice Adam lentamente. Es para que  su amigo lo entienda y para que él mismo pueda escoger las palabras adecuadas, nada de lo que va a decir a continuación suena demasiado placentero—. Puede que algo de la cena de ayer con el jefe de la tribu te haya sentado mal, puede que hayas pillado la enfermedad chunga esa de la que me habló la princesa, o puede ser que estés embarazado.
Esto último lo dice más rápido y sin mirar a su amigo y capitán. La enfermería está desierta, todas las camas pulcramente hechas y las sábanas blancas y relucientes. El silencio es agobiante durante dos largos segundos.
—¡¿Qué estoy qué?! —grita el capitán.
—He dicho que puedes estar embarazado. Pero aun tengo que hacerte algunas pruebas y hablar con los nativos y-
—¡Pero si desde que me subí a esta nave que no he hecho nada!
—Estamos en el espacio, hay muchas cosas que no entendemos.
—Adam, por el amor de la Galaxia, hazme las pruebas que tengas que hacerme y cállate. No estoy como para tener un crío.
Adam es incapaz de reprimir una risita que por suerte queda disimulada por un nuevo ataque de gruñidos y quejidos de dolor.

Adam manda a su enfermera que haga un seguido de pruebas al capitán y mientras él baja al planeta recién hermandado para hablar con el jefe y su hija, la princesa Illiannzah sobre lo sucedido.
Cuando los resultados vuelven del pequeño laboratorio de abordo el doctor suspira tranquilo. Avisa a cocinas y coge del armario una caja de calmantes.
—¿Has pensado ya algún nombre para tu bebé? —pregunta. Es incapaz de reprimir la broma. Sólo por la cara de Julian vale la pena el castigo que éste pueda imponerle.
—¡No me digas eso!
—Era broma. Sólo es una indigestión. La mejor de las tres opciones ¿no? —Julian asiente. Está pálido y se le marcan las ojeras mucho más de lo normal—. De momento puedes tomarte esto, es un calmante para el dolor.
Adam le acerca un vaso con agua y la pastilla.
—¿Por qué no me lo has dado antes? —le recrimina el capitán antes de beber el agua y tragar la pastilla con ansias.
—Porque podía ser contraproducente. Ahora subirán de cocinas un poco de sopa. Me ha dicho el jefe que lo que necesitas son muchos líquidos, estar en un ambiente cálido y descanso.
—¿Sólo eso?
—Eso parece. Por lo que el jefe ha podido deducir eres la primera persona alérgica a su fruta más preciada. Es una pena, ha dicho, eso te descarta definitivamente para que contraigas nupcias con su hija.

 Semana 41: Escribe un relato sobre un personaje que tenga mucha fuerza de voluntad.

 

Algunos lo llaman tozudez, otros fuerza de voluntad. Ver sólo un punto fijo en el horizonte y avanzar hacia él cueste lo que cueste. Así me gustaría ser, como ella.
La veo en televisión, con esa sonrisa tan brillante y ese vestido tan bonito y me acuerdo de cuando íbamos a clase juntas.
Siempre quiso ser actriz, y se le daba bien. Iba a clases de teatro, a la academia de inglés y a canto. Eso último no se le daba tan bien. Pero ella continuó, sabía que era necesario para su voz, que le abriría muchas más puertas. Incluso cuando estábamos en época de exámenes no se saltaba nunca ni una de esas clases. Sacaba buenas notas, era algo torpe pero siempre tenía algo bonito que decirte. Me alegro de que le haya ido tan bien.
Fui a ver su primera obra de teatro importante. Teníamos dieciocho años y su papel era el de la hermana de la protagonista. Lo bordó. Después, al hablar con ella a la salida, me dijo que estaba enferma, a 38 de fiebre, pero que no podía desaprovechar aquella oportunidad. Yo la admiraba tanto. Mi vida hasta ese momento había sido simplemente dejarme llevar por la corriente, estudiar, aprobar y entrar en la universidad.
Dos meses después entró en la mejor academia de interpretación y poco a poco fuimos perdiendo el contacto. A veces hablábamos por Messenger o por Facebook y yo veía cómo seguía esforzándose, dándolo todo de sí misma, con una sonrisa y la mirada fija en la gran pantalla.
Recuerdo la primera vez que vi su nombre en el cine, en los créditos de una comedia coral un poco sosa pero con algunos diálogos muy buenos. Sentí una extraña mezcla de alegría, orgullo, envidia y autodesprecio. ¿Qué estaba haciendo yo con mi vida?
Y ahora aquí está, en la tele, nominada a los Goya como mejor actriz revelación. Y una pequeña lágrima cae por mi mejilla y me pregunto dónde estaría yo si hubiera luchado tanto como ella por mis propios sueños.

38 & 39 Retos Escritura – Cambios

¡Venga! Que ya queda menos >____<

Semana 38: Escribe un relato sobre piratas. Describe los movimientos del barco y cómo afecta a los personajes.

Siento la respiración de Kat en mi cuello, profunda y acompasada, parece que por fin se le ha pasado el mareo.
—Lo siento, no sé qué me ha pasado —susurra—. Ya sabes que yo nunca me mareo.
—Tranquila, estos últimos días no han sido tampoco corrientes.
Sobre mí la vela mesana está izada y se interpone entre mis ojos y el cielo estelado que nos cubre. No durará mucho, siento el amanecer en el aire. Kat empieza a toser y tengo miedo de que vuelva a ponerse a vomitar pero se sobre pone, se acerca más a mí y continúa con sus hondas respiraciones.
—No quiero llegar a casa —dice con un hilo de voz.

Yo tampoco. En pocas horas veremos tierra, las playas en las que crecimos, el puerto donde nos conocimos y nada más la arena toque la suela de mis roñosas botas me aprehenderán y me llevarán al calabozo. No me resistiré, tienen todo el derecho.
Los sucesos de la última semana transcurren tras mis párpados y el suave vaivén del barco me mece con cariño, como si quisiera consolarme tras la desgracia acaecida en nuestro último enfrentamiento.  Todas dijeron que no debíamos atacar tamaño barco, que no teníamos munición suficiente, pero hice oídos sordos y las embarqué a la muerte y al dolor. Quería llegar a casa con más riquezas que nadie, proclamarme la mejor capitana que jamás hubo en la isla, y ahora seré conocida como la peor.
Creo que Kat por fin ha logrado conciliar el sueño. Para mi va a ser imposible. Las olas chocan contra la cubierta y tengo la espalda empapada pero no voy a moverme. Esperaré al amanecer aquí sentada en la toldilla, en mi esquina favorita y escuchando los quejidos de mi barco por vez final. Las pocas tripulantes que se encuentran en cubierta no me prestan apenas atención; se centran en sus labores, algunas beben, otras susurran entre ellas, pero ninguna me mira, ya no existo para ellas.

Vislumbro en el horizonte inquieto un punto de luz que poco a poco va expandiéndose y suspiro, ya llegamos. Puedo oír los grilletes, puedo identificar las incitaciones a amotinarse. Ocurra lo que me ocurra no dejaré que le pase nada malo a Kat.

Semana 39: Escribe un relato en el cual dos personas totalmente opuestas se conozcan de forma poco corriente.

Ya que tenía que hacer acto de presencia a la fiesta de fin de rodaje he decidio pedirme una cerveza y sentarme en una de las mesas más alejadas del barullo. Así puedo observa a mis compañeros reír, charlar y desinhibirse. Pese a la gente que hay en el bar agradezco la pequeña burbuja de soledad, no he tenido mucha de ella en las últimas semanas y la culpable acaba justo de sentarse frente a mí.
—Pensaba que no ibas a venir —dicela chica—. Pero me alegro de que lo hayas hecho.
Alza su vaso, de líquido oscuro y mucho hielo, a modo de brindis y da un largo trago.
—Te lo digo ahora que aún no voy borracha para que veas que lo digo de corazón. Por increíble que parezca te voy a echar de menos, Rafa.
Siento que me sonrojo pero la penumbra del bar me protege y no le doy más importáncia, respiro hondo, asiento y sin mirarla a los ojos digo:
—Yo también, Cristina —ésta suelta una carcajada y contesta:
—De verdad que no sé cómo alguien tan tímido como tú puede ser tan buen actor. Es algo que me supera.
Me encojo de hombros, es una explicación demasiado larga y personal. Me pongo a desenganchar la etiqueta de mi botellín de cerveza con la uña del dedo índice derecho.
—¿Recuerdas el primer día en el hotel? Pensabas que era un muñeco que los otros actores habían dejado allí para asustarte.
—No sería la primera vez que me hacen algún tipo de broma pesada antes de un rodaje.
—Y por eso me agarraste tan tranquilo para dejarme en la otra cama. ¡Qué susto! El tuyo al ver que me movía y el mío al despertarme y sentir que alguien me alzaba.
—Sí, tu peso te delató pero me di cuenta demasiado tarde.
—Y todo porque siempre tienes que dormir junto a la ventana —dice Cristina con una cantarela que podría tomarme a ofensa, pero la conozco, y por muy dispares que sean nuestros caracteres he aprendido que le caigo bien.
—Pero no voy a echar de menos tu atronadora música —digo, medio en broma medio en serio.
—Ni yo tu manía de ver películas mudas durante la cena.
—Siempre dejabas la ropa interior en el suelo del baño.
—Ninguno estamos demasiado acostumbrados a compartir piso ¿no? —Vuelve a reír. Niego con la cabeza y sonrío al recordar mi pequeño apartamento al que mañana podré volver, todo en orden, todo para mí solo.
—Aún queda esta noche —puntualizo.
—Tranquilo, intentaré no despertarte cuando llegue. Menos mal que comíamos en el plató. Con lo tiquismiquis que eras para el café no quiero imaginar si tenemos que hacernos la comida.
—Me gusta cocinar.
—¿Si? Yo lo odio. Algún día cuando pase por Madrid me haces la comida —La sorpresa debe reflejarse en mi cara, porque Cristina vuelve a reír—. Tranquilo, ¿con cuánto tiempo de antelación quieres que te avise?
—Con un par de días será suficiente, gracias.
—Lo digo de verdad eh, espero que sigamos siendo amigos.
—Quizá coincidimos en otro rodaje.
—¡Pero que no nos hagan compartir habitación!
—Sí, eso estaría bien.

Cristina se queda un rato más en mi mesa, bebiendo de su coctel en silencio. Finalmente me da unas palmaditas en el hombro y se despide. No tengo muchos amigos, y menos en este mundillo, por lo que agradezco mucho haberla conocido. Aunque vivir con ella haya sido un infierno en la Tierra.

36 & 37 Retos Escritura – Bebé

¡Segunda entrada doble! Microrrelatos tematizados 😀

Semana 36: Escribe un relato sobre un trayecto o travesía. Céntrate en los cambios de escenarios.

El tren entra en un túnel y el cristal pasa a ser espejo. Por unos segundos te ves a ti mismo; mejillas rojas y ojos brillantes. No puedes creerlo, por fin ha llegado el día.
El negro da paso al verde, marrón y naranja. Un gran bosque se extiende ahora ante tus ojos; una carretera lo atraviesa y a lo lejos distingues un pueblecito. Has hecho ese recorrido decenas de veces y nunca te has fijado en lo alto que resulta el campanario de la iglesia.
El bosque se va aclarando, el tren disminuye su velocidad y da paso a una estación. No hay nadie esperando y nadie se baja. ¿Por qué ha parado? Hay gente que tiene prisa.
El tren se pone en marcha una vez más. El traqueteo acompaña tu pierna inquieta, a la energía contenida, que quiere salir, explotar en tus pulmones. El vagón a la izquierda y cruza una carretera atestada de coches.
Has hecho bien de no coger el coche, te dices, hubieras tardado el triple. Claro que el tren tampoco es de lo más veloz.

Vislumbras los polígonos grises que señalan la frontera con la ciudad y sientes un cosquilleo en las plantas de los pies. Te levantas, el tren para una vez más y debes apartarte para dejar paso a quienes bajan y suben. Te quedas frente a la puerta; dos paradas más.
Los gigantescos almacenes  y coloridos contenedores van dejando paso poco a poco a los edificios, las calles y los transeúntes. El tren desciende bajo tierra y todo vuelve a oscurecerse. Respiras hondo, coges el móvil del bolsillo, ningún mensaje. La estación aparece tras la puerta, todo gris y luz naranja, te apartas y esperas a que el tren reprenda la marcha.
Esperar. Cuando llegues al hospital ¿cuánto tendrás que esperar? Oscuridad una vez más. La tensión y los nervios dan paso al miedo. ¿Irá todo bien? ¿Y si hay complicaciones? El llanto de un bebé unos asientos a tu derecha te provoca un mini infarto. ¿Es eso una buena señal? Llegáis a la estación, lo ves por el rabillo del ojo, pero estás demasiado pendiente del bebé y de su madre que lo acuna y le susurra para que se calme. En las clases de preparación al parte no te avisaron de esto, de los nervios y las dudas. El pitido que avisa del cierre de las puertas te saca de tu ensoñación y logras bajar al andén por los pelos. Solo faltaría que en los minutos de más que tardarías en retornar tu mujer diera a luz.

Semana 37: Escribe una historia con los siguientes elementos: orejas, bufanda, sonajero y guirnalda.

Javi sale de casa, cierra la puerta con llave y se dirige hacia el ascensor sin apartar los ojos de la lista de la compra que Cristina le ha dejado en la nevera.

—Qué morro tiene —murmura para sí mismo—. Ella se va a pilates y yo tengo que ir a comprar toda la mierda de Navidad. ¡Guirnaldas! ¿de qué tipo? ¿de qué color? ¿cuántas? Hacer la lista es muy fácil pero luego…

La puerta del ascensor se abre y Javi entra, aprieta el botón del cero y mientras espera a que vuelva a cerrarse la puerta se mira al espejo. Le encanta la bufanda verde que se compró por le Black Friday, le resalta los ojos. De repente alguien se interpone entre la puerta del ascensor y el sensor y ésta vuelve a abrirse. Es el vecino nuevo.
—Buenas tardes —saluda.
—Buenas tardes —responde Javi con una sonrisa embobada— Soy Javi, el vecino del tercero segunda.
—Oh sí, claro. Encantado, yo soy Ramón.

Javi sigue sonriendo. ¡Por fin sabe cómo se llama! (Aún no hay nombre en el buzón, fue lo primero que miró). No puede creer que haya sido tan directo con él pero siempre le sucede que su cerebro se cortocircuita ante los hombres que le gustan, por eso extiende la mano para sellar el saludo y sentir cuán suave es su piel. Ramón saca su mano derecha del bolsillo y de él cae un sonajero. Javi se agacha para recogerlo, confuso, y las puertas del ascensor se abren una vez más. Han llegado a su destino.
—Ui, gracias —dice Ramón. Las mejillas y las puntas de las orejas se le han enrojecido y está súper mono— Es de mi hijo, he tenido venir a buscarlo porqué no había manera de calmarle.
—Ah, claro —dice elocuentemente Javi. Abre la puerta del portal y deja pasar a Ramón. Allí está la mujer con el cochecito y el bebé. El chico se despide y empieza a andar por la calle helada de camino al chino.
¿Por qué siempre se enamora de imposibles?

34 & 35 Retos Escritura – Cumpleaños de miedo

¡Buenas!

Ya estamos en diciembre y como véis aún me faltan algunos relatos por subir hasta llegar a los 52. Después del fracaso estrepitoso que ha supuesto el NaNoWriMo de este año para mí, estoy dispuesta a acabar este reto sí o sí ò.ó Así que para no saturaros en demasía iré subiéndolos de dos en dos (p de tres en tres, quién sabe, si son cortitos)

Por tanto hoy os dejo con la primera entrada doble. El microrrelato 34 está basado en hechos si no 100% reales sí n 95% por difícil que a algunos les pueda parecer. El relato 35, por su parte es una mezcla de miedos de mi infancia y miedo infundado real (y sí, es el mismo miedo de mi reto de inventízate en octubre, pero es que es un miedo muy real aunque sea irracional).

¡Que los disfrutéis!

Semana 34: Escribe un relato sobre un personaje con tu edad actual en su cumpleaños.

Llaman a la puerta y pese a que no espero a nadie abro. ¿Y si son ladrones al acecho de pisos vacíos? Después de todo estamos en semana de fiestas…
Obviamente no es un ladrón, y si lo es al verme adopta su personaje de encuestador.
—Buenos días ¿están tus padres? —pregunta con una sonrisa.
—Están comiendo, no pueden atenderle —contesto con una sonrisa inocente. Es mentira, pero tampoco es cuestión de decirle al hombre que estoy sola en casa ¿no? Aquello parece descolocarle, mira su libreta y me mira a mí, de soslayo y sé qué está pensando pero no digo nada.
—¿Eres mayor de edad? —¡Allí está! Mi gran momento para lucirme.
—No, aun no —Y aunque esa contestación signifique que no puede cumplir con su cometido parece tranquilizarle.
—Vaya, bueno, pues adiós. Buenas tardes.
—Buenas tardes —me despido mientras cierro la puerta.

Cada vez que se repite esta situación me asombro más. ¿Cuándo empezaré a aparentar la edad que tengo?  Pasar por menor de dieciocho el día de tu veintiocho cumpleaños es un gran hito, sé que a muchas les gustaría, a mí sólo me sirve para deshacerme de encuestadores pesados y que la gente no me tome en serio.
En mi habitación me quito el pijama y me visto, voy al baño y me peino y arreglo un poco. A ver si van a pedirme el DNI en el supermercado cuando compre el alcohol para la fiesta.

Semana 35: Piensa en tus miedos más oscuros. Haz un relato en el que a tu personaje le pasen al menos 2.

Sus risas crueles la acompañan de la piscina al baño. Las lágrimas apenas la dejan ver por dónde va pero logra abrir la puerta de uno de los cubículos, sentarse en la taza del wáter y cerrar el pestillo. Muchos la ha visto huyendo, llorando, pero ninguno entrará a preguntarle cómo está, cuchichearán y murmurarán a la espera de que salga para poder observarla y reír disimuladamente.

¡La fea se ha puesto a llorar! ¿Por qué le duele la verdad? No importa el bikini que se ponga, seguirá siendo una tabla de surf.

¿Sabes? Dicen que le mola el chico del grupo tres, el del pelo negro y rizado. No flipa ni nada, como que alguien se va a fijar en ella. Bueno, quizá alguien muy borracho…

Sorprendentemente el baño huele bien, a desinfectante con aroma a pino, y hay papel. Andrea coge un buen trozo y se suena la nariz. Las últimas lágrimas desaparecen por su barbilla y con un nuevo trozo de papel se seca las mejillas. Aun tiene la respiración agitada pero al menos vuelve a poder pensar con claridad. Ha hecho el ridículo. Creía que durante los campamentos podría hacer amigos pero al parecer los adolescentes son malvados tanto durante las vacaciones de verano como durante el año escolar. Sí, encontraba guapo a Carlos pero no quería nada con él, sólo hablar de cómics y música, decirle que aquella camiseta de Kingdom Hearts era muy chula… pero obviamente Andrea había hecho algo horriblemente malo en otra vida porque justo cuando había logrado reunir el valor para colocar su toalla junto a la de él y preguntarle cuál era su canción de MUSE favorita los imbéciles de sus amigos habían aparecido y al verla allí sentada habían empezado a reír y a señalarla.
—Menos mal que hemos llegado —dijeron al sentarse junto a Carlos— el monstruo iba a comerte.

Primera flecha a través del corazón. De nada sirve estar bajo el pleno sol de julio, el calor es incapaz de tocar su piel y empieza a temblar.

—Pensaba que los Gremlins no podían mojarse.
—¡Qué más da! Peor de lo que está no va a quedar.

Segunda flecha directa al estómago. Todo el calor que su piel es incapaz de sentir se concentra en sus mejillas, que arden con tanta fuerza que podrían evaporar las lágrimas que empiezan a brotar.

—Tíos, ya basta —Es lo único que dice Carlos.
—Lo hacemos por su bien. Tiene que saber que así no logrará nunca nada.

Tercera flecha que la parte en dos. Andrea se levanta y empieza a correr, por suerte no ha tenido que parar a ponerse las chanclas y aunque haya abandonado su toalla es mejor eso que aguantar dos segundos más aquellas palabras.
¿Qué hacer ahora? ¿Decírselo a los monitores? El mal ya está hecho, la imagen de ella llorando y huyendo quedará gravada en el recuerdo de todo el mundo, acompañado de una risa socarrona.

Descorre el pestillo y abre la puerta. Efectivamente el baño está desierto, incluso fresco gracias a las baldosas y la sombra que los árboles proyectan durante todo el día sobre el pequeño edificio. Se sorbe los mocos y se mira al espejo. La verdad es que sí que da pena. Los ojos rojos, las mejillas brillantes de lágrimas que no ha secado bien, sus estúpidos pechos que no crecen por muchos años que pasen. La ventana está abierta y una corriente de aire logra hacerse paso por el baño, erizándole el bello de los brazos y haciéndola creer que alguien ha entrado. Pero la puerta sigue cerrada, allí no hay nadie.
Cuando vuelve a mirarse al espejo su reflejo ha sido sustituido por el de otra chica.

Es pálida, con pecas y el cabello oscuro. Andrea lleva su mano derecha al espejo y la deja allí, con la palma abierta en contacto con la fría superficie. A los pocos segundos la chica del reflejo la imita. No desvía la mirada, no se mueve, apenas parece que respire.
Andrea quiere preguntarle quien es, qué está pasando, pero es incapaz de nada, ni tan siquiera retirar la mano, sólo puede respirar.
Empieza a hacer frío, su piel se eriza y un escalofrío le recorre la espalda.
—No merecen tus lágrimas —dice la chica del espejo. El cerebro de Andrea registra sus palabras y el movimiento de sus labios a tiempos distintos y aquello la hace despertar de su estupor. Sea lo que sea lo que está viendo no puede ser bueno —Puedo ayudarte, ¿no quieres que te ayude? —continua diciendo la chica mientras Andrea trata de separarse del espejo sin éxito. Su mano, desde la muñeca hasta la punta de los dedos, parece haberse desconectado completamente de su cuerpo, mucho peor que si se le hubiera dormido por falta de sangre.
—¡Déjame! ¡Déjame ir!
—Conmigo nunca volverás a pasar miedo.
—No quiero… —Las quejas de Andrea mueren antes de empezar. Su mano está desapareciendo y poco a poco la nada se apodera de su codo, de su hombro, su pecho, su cuello. No puede verse en el espejo, la otra chica aún está en él, mirándola a los ojos y sonriendo ligeramente, como si posara para una foto de carnet.
—¡Ayuda! ¡Que alguien me ayude, por favor! —grita Andrea. Su voz resuena en sus orejas y parte de ella sabe que nadie va a salvarla, que sólo ella ha escuchado su desesperación.
—Ahora nadie podrá hacerte daño.
La voz viene de sus espaldas. Se gira pero no hay nadie. Puede moverse, pero ya no está en el baño. Todo a su alrededor está oscuro, solo el suelo parece desprender un pequeño destello metálico.

Andrea se deja caer de rodillas y empieza a aporrear el suelo. No siente dolor, no se oye nada. Está en la nada más absoluta.

33 Reto Escritura – Deflagaración

Hacía mucho que no escribía algo así de surrealista, me ha recordado a mis inicios… qué tiempos aquellos.

Semana 33: Piensa en una palabra que no suelas utilizar y búscala en Google imágenes. Escribe una historia sobre la tercera imagen.

La palabra era deflagaración, de allí el título y la imágen que me salió fue esta.

He tenido el mismo sueño durante las últimas semanas. Cada noche sin falta el mismo y exacto sueño, ni una frase más ni un fotograma menos.

Todo empieza a oscuras. No tengo miedo, pero sí estoy nerviosa y empiezo a buscar a tientas por el suelo  algo que me sirva para ubicarme. Encuentro una caja de cerillas y enciendo una, su débil llama ilumina un pasillo estrecho que se alarga frente a mí y tras de mí, negro y tupido como la oscuridad que me envuelve una vez más al morir esa primera cerilla.
Gasto dos cerillas más —la caja está llena y no me preocupa quedarme sin— en asegurarme que lo que hay junto a mí son paredes y que bajo mis pies se encuentra una alfombra gris oscuro y avanzo. O quizá retrocedo, no me importa, lo que quiero es no quedarme allí quieta durante más tiempo.

A los pocos pasos empiezan a aparecer cuadros en las paredes. Son los retratos de mis padres y mis tíos, de mis hermanos y primos, de mis amigos y profesores del instituto y de la universidad. Algunos sonríen, otros miran al vacío con expresión neutra. Unos visten colores llamativos y otros parecen sacados de una fotografía antigua, pintados en tono sepia y sin apenas sombras. Continuo sin sentir miedo y ya no estoy nerviosa, ahora sé que estoy haciendo lo correcto y a cada cuadro que paso siento crecer en mí una sensación de orgullo. Al final del pasillo, tras un largo rastro de cerillas gastadas, llego frente a un trono. Es dorado y tanto el asiento como el respaldo están tapizados de seda roja. El material reluce ante el fuego y puedo distinguir pequeños grabados en los reposabrazos. Son frases que sé he dicho en algún punto de mi vida. (Lo sé como se saben las cosas en los sueños, porque no existe lógica ni realidad que pueda negarlo). La cerilla que tengo entre los dedos en ese momento se extingue y quedo a oscuras una vez más pero me siento en el trono con facilidad y cierro los ojos al hundirme en el mullido cojín. Cuando los abro toda mi familia, mis amigos y profesores están frente a mí, cada uno portando el estilo propio del cuadro en el que fue retratado, pero ahora todos sonríen. Incluso los familiares más puñeteros, mis peores enemigos del recreo y los profesores más intransigentes, todos ellos sonríen y aplauden.
Entonces me despierto. Me cosquillean los dedos, como si el fuego hubiera rozado mi piel de verdad, y siento una sensación de confusión que me cala hasta los huesos. Dos segundos después suena el despertador y ya no puedo pensar más en ello; empieza un nuevo día de trabajos y obligaciones y he de hacer lo que se espera de mí para que llegada la noche pueda caer de nuevo dormida y soñar una vez más con ese pasadizo oscuro, plagado de miradas y un final ¿positivo?

32 Reto Escritura – Cicatrices

Semana 32: Escribe un relato sobre las marcas que deja la vida en la piel.

Se despierta con Claudia acariciándole suavemente la frente. El sol de media mañana ilumina sus cabellos oscuros y sus ojos miel parecen casi dorados, está preciosa. Los dedos de la mujer se detienen en su sien, sobre la cicatriz que allí se encuentra, medio disimulada por el flequillo.
— Esta no la conozco, ¿cómo te la hiciste?
—Tiene casi tantos años como yo. Nunca las has visto porque nunca hemos estado tan cerca —Claudia ríe y sus dedos pasan a dibujar espirales sobre la cicatriz—. En realidad recuerdo poco del accidente, sólo sé lo que me contaron mis padres. Un día de primavera fuimos a pasear por la playa, me separé de ellos para irme a escalar las rocas y me caí.
—¿De verdad?
—Sí. Por poco me desangro.
—Me alegro de que no fuera así.
Sabrina sonríe y coge por la muñeca a su compañera, acercándose esos dedos largos y fuertes a los labios para besarlos. Luego los lleva a la quemadura que tiene en el hombro.
—Esta la conoces.
—Y nunca me dejarás olvidarla —Claudia se zafa del suave agarre y se incorpora para poder besar la herida.
—Claro que no, por ella me fijé en ti.
—Para odiarme —En esa posición, justo encima de Sabrina, sus facciones quedan a la sombra, pierden inocencia y ganan años.
—Duró poco.
—¡Estuviste todo un mes haciéndote la víctima y la enfadada! —exclama Claudia sorprendida.
—Claro, tenía que llamar tu atención de alguna manera. Y era verdad que me dolía el brazo. Apenas podía coger la espada.
—Pues funcionó. Luego te eché de menos.
Claudia vuelve a tumbarse, de lado, y pasa un brazo por encima del estómago desnudo de Sabrina. Piel pálida y pecosa sobre una amplia extensión morena.
—Menos mal que no volviste a empujarme contra la forja.
—No te empujé, fue un accidente. Lo que no tengo tan claro que fuera un accidente es cuando ese caballo me pisó el día del examen de equitación —contraataca Claudia, y como el brazo derecho de Sabrina está justo enfrente suyo decide morderlo suavemente.
—¡Eh! ¿Quieres dejarme más cicatrices? —exclama la chica sin demasiada fuerza—. Y sí fue un accidente. Los nervios han borrado todo lo referente al examen pero de eso estoy segura. ¿Qué iba a conseguir con herirte? Quería que aprobaras para poder graduarnos juntas.
—Menos mal que soy un soldado y el dolor y la sangre forman parte de mi día a día.
—Me gustaría que no lo fuera —dice Sabrina tras largos segundos—. Me gustaría que viviéramos en tiempos de paz, hacernos cargo de una granja y poder despertar cada día en la misma cama. Me gustaría que mañana no tuviéramos que marchar al campo de batalla.
—Si sobrevivimos, la de cicatrices que tendremos —susurra Claudia.
—Si sobrevivimos.