Relato 5 | La monotonía de ser feliz

¡Buenas!

¿Creíais que se me había olvidado? ¡No! Aquí está el relato del mes de mayo ^^

Debido a las restricciones del reto escogido esta vez no he usado los Rory’s Stroy Cubes como otras veces pero sí he decidido rescatar los microrrelatos de 100 palabras que solía hacer hace unos años. ¡Espero que os guste! 🙂

Relato 5: Realiza un texto en el que no aparezca en ningún momento la letra ‘p’.

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Relato 1 | Feliz año nuevo

¡Buenas!

Como ya sabréis el año pasado realicé el reto de escribir 52 relatos (uno por semana, más o menos….) que proponían los chicos de El libro del escritor, este año 2017 me vuelvo a sumar a tan fantástica idea pero pasando a escribir uno al mes. Además, como los reyes me trajeron Los Rory’s Story Cubes, he decidio que escribiré los retos según lo que me salga de los dados, por lo que después del relato añadiré la foto para que podáis ver de dónde ha salido cada historia ^^

Si queréis leer los relatos del año pasado podéis hacerlo aquí.
Para empezar con los de este año… ¡adelante!

1r Relato: Escribe un relato que comience en un día de Año Nuevo.

Jonás maldijo en voz baja y se vio obligado a quitarse los guantes.
No sólo tenía que ir al trabajo en día de año nuevo a buscar unos papeles si no que ahora le ocurría esto. Maravilloso presagio de cómo iba a ir el año.

Era una tarde fría y gris que había dejado las calles desangeladas. Los coches y los autobuses se sucedían uno detrás de otro, con sus pasajeros calentitos y cómodos en su interior, pero apenas un puñado de gente podía verse por la calle.
Jonás volvió a maldecir, esta vez sin preocuparse quién pudiera escucharle. El jodido candado de la bicicleta se negaba a abrirse y le tenía de cuclillas en medio de la calle, exasperado y deseando irse a casa. Maldijo de nuevo, en voz alta, desahogando su frustración y volvió a intentarlo una vez más antes de darle una patada a la vieja bicicleta y dejara allí para que alguien la robara, o no ¿quién iba a querer ese cúmulo de chatarra?
—¡Gracias! ¡Por fin, joder! —exclamó al notar que la llave giraba y ver al candado abrirse. Una risita a sus espalda le obligó a darse la vuelta.
Cuando vio quién era se sintió transportado al infierno del calor que empezó a subir por sus mejillas y el sudor que se instaló en las palmas de sus manos. Hacía semanas que no la veía.
—Parece que el hombre ha triunfado sobre la malvada bicicleta —Era la primera vez que Jonás escuchaba su voz. Era agradable, suave y la diversión fluía en ella en suaves olas—. Soy Carla, nos hemos visto con la bici.
—Sí, sí, lo sé. Soy Jonás.
El chico extendió la mano desnuda y cuando Carla se la estrechó sintió que debajo de los guantes de lana había una mano pequeña pero fuerte.
—¿Has venido a trabajar en un día como hoy? —preguntó al chica.
—No, sólo he tenido que venir a buscar unas facturas —explicó Jonás. Guardó la llave en el bolsillo del abrigo—. ¿Y tú?
—Tenía que acabar un proyecto, así que vine a pasar unas horas en la oficina.
Jonás asintió y sin saber qué más decir volvió a ponerse el guante y poco a poco sintió que sus dedos volvían a la vida.
El aire se había vuelto a levantar y mechones de cabello pelirrojo danzaban enfrente de la cara pecosa de Carla. Jonás se metió ambas manos en los bolsillos para evitar estirar un brazo y apartárselos de cara, avanzar y observar por primera vez de cerca esos ojos verdes que buscaba cada mañana de camino al trabajo.
—¿Dónde trabajas? —preguntó ella al fin.
—Aquí en frente, en un despacho contable. ¿Y tú?
—Una calle más arriba. En un despacho de arquitectos.
—Vaya, qué guay —dijo Jonás. Y acto seguido sintió unas enormes ganas de darse en la cabeza con el candado de la bicicleta, qué respuesta más estúpida. Carla sonrió y se encogió de hombros.
Había sido consciente de su existencia una mañana meses atrás, cuando el tiempo aún era agradable y el sol brillaba durante horas. Jonás sufría por llegar puntual al trabajo, arrastrando como cada día el vejestorio de su bicicleta, pedalada a pedalada, cuando se vio adelantado por una nariz respingona avanzando a la velocidad del rayo seguida de una melena pelirroja. Dos días después habían coincidido en un semáforo; la chica le había visto, le había sonreído y Jonás sintió que se enamoraba perdidamente. Desde entonces la había buscado cada día, primero con su chaqueta de cuero negro y luego con el abrigo amarillo con capucha que vestía ahora, y siempre que habían coincidido en algún cruce o espera se habían sonreído, incluso alguna vez ella había hecho sonar su timbre al adelantarle, siempre recta y veloz como una flecha.
—¿Tienes frío?¿Quieres ir a tomar un café?
—Claro, por supuesto. Al café, claro. —balbuceó Jonás. ¿Cómo podía haber preguntado eso con tanta calma? ¿Era una cita? ¿El inicio de una? ¿Sólo su imaginación jugando con él? Quizá se había desmayado a los pies de la bicicleta por el frío y todo esto eran alucinaciones…
—Conozco un sitio muy chulo a la vuelta de la esquina donde podrás guardar la bicicleta dentro —dijo ella con una sonrisa.
—Gracias. ¿Tú no has venido en bici hoy? —preguntó Jonás mientras guardaba el candado en la mochila. Sacó la bicicleta de su sitio y empezó a andar siguiendo a Carla.
—No, con este frío hoy he cogido el autobús.
—Bien hecho —dijo Jonás sin pensar y al ver la mirada divertida de Carla clavó los ojos en el suelo y añadió—: Mi combinación es tan mala que o vengo en bici o llego demasiado pronto o demasiado tarde.
—Entonces te vendrá bien tomar algo caliente antes de volver a casa.
—Seguro que sí.

Jonás llegó a su pequeño apartamento sin apenas haber registrado el frío polar que hacía en el exterior a esas horas. El recuerdo de la sonrisa de Carla, sus ojos verdes y el movimiento circular que hacía con las muñecas al ponerse el pelo detrás de las orejas le habían tenido muy ocupado. Esperaba que a la mañana siguiente aun conservaran su fuerza, si no tendría que recargar las pilas cuando volvieran a verse el sábado. Ese sí era un maravilloso presagio de cómo podía ir el año.

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¿Qué os dicen estas imágenes a vosotros?

Reseña – The Sky Is Everywhere de Jandy Nelson

Seguimos con las últimas reseñas de los libros leídos en 2016. Hoy toca a El corazón está en cualquier lugar de Jandy Nelson, autora también de Te daría el mundo, un libro pre-cio-so que os recomiendo encarecidamentesi queréis inundaros en sentimientos, ai cómo lloré.

The Sky Is Everywhere

Autora: Jandy Nelson
Año de publicación: inglés: 2010 | castellano: 2010
Leído en: Inglés
Páginas: 288
Género: YA / Romance
Puntuación:opinión literaria, reseña literaria, reseña, reseña Jandy Nelson, leo autoras, #leoautorasoct, jandy nelson, romance, triángulo amoroso, contemporary, juvenil, YA, young adult
Resumen: Lennie y su hermana mayor Bailey han sido siempre inseparables hasta que Bailey muere de un ataque al corazón con tan sólo 19 años. Es entonces que Lennie tendrá que salir de la sombra de su hermana y enfrentarse a la vida como ella misma.

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32 Reto Escritura – Cicatrices

Semana 32: Escribe un relato sobre las marcas que deja la vida en la piel.

Se despierta con Claudia acariciándole suavemente la frente. El sol de media mañana ilumina sus cabellos oscuros y sus ojos miel parecen casi dorados, está preciosa. Los dedos de la mujer se detienen en su sien, sobre la cicatriz que allí se encuentra, medio disimulada por el flequillo.
— Esta no la conozco, ¿cómo te la hiciste?
—Tiene casi tantos años como yo. Nunca las has visto porque nunca hemos estado tan cerca —Claudia ríe y sus dedos pasan a dibujar espirales sobre la cicatriz—. En realidad recuerdo poco del accidente, sólo sé lo que me contaron mis padres. Un día de primavera fuimos a pasear por la playa, me separé de ellos para irme a escalar las rocas y me caí.
—¿De verdad?
—Sí. Por poco me desangro.
—Me alegro de que no fuera así.
Sabrina sonríe y coge por la muñeca a su compañera, acercándose esos dedos largos y fuertes a los labios para besarlos. Luego los lleva a la quemadura que tiene en el hombro.
—Esta la conoces.
—Y nunca me dejarás olvidarla —Claudia se zafa del suave agarre y se incorpora para poder besar la herida.
—Claro que no, por ella me fijé en ti.
—Para odiarme —En esa posición, justo encima de Sabrina, sus facciones quedan a la sombra, pierden inocencia y ganan años.
—Duró poco.
—¡Estuviste todo un mes haciéndote la víctima y la enfadada! —exclama Claudia sorprendida.
—Claro, tenía que llamar tu atención de alguna manera. Y era verdad que me dolía el brazo. Apenas podía coger la espada.
—Pues funcionó. Luego te eché de menos.
Claudia vuelve a tumbarse, de lado, y pasa un brazo por encima del estómago desnudo de Sabrina. Piel pálida y pecosa sobre una amplia extensión morena.
—Menos mal que no volviste a empujarme contra la forja.
—No te empujé, fue un accidente. Lo que no tengo tan claro que fuera un accidente es cuando ese caballo me pisó el día del examen de equitación —contraataca Claudia, y como el brazo derecho de Sabrina está justo enfrente suyo decide morderlo suavemente.
—¡Eh! ¿Quieres dejarme más cicatrices? —exclama la chica sin demasiada fuerza—. Y sí fue un accidente. Los nervios han borrado todo lo referente al examen pero de eso estoy segura. ¿Qué iba a conseguir con herirte? Quería que aprobaras para poder graduarnos juntas.
—Menos mal que soy un soldado y el dolor y la sangre forman parte de mi día a día.
—Me gustaría que no lo fuera —dice Sabrina tras largos segundos—. Me gustaría que viviéramos en tiempos de paz, hacernos cargo de una granja y poder despertar cada día en la misma cama. Me gustaría que mañana no tuviéramos que marchar al campo de batalla.
—Si sobrevivimos, la de cicatrices que tendremos —susurra Claudia.
—Si sobrevivimos.

28 Reto Escritura – La llave

Como comenté hace un par de semanas, durante este NaNoWriMo no tengo ninguna idea poderosa en mente, así que cuando me atasco en lo que estoy tratando de sacar adelante utilizo los retos semanales de escritura de El Libro del Escritor para hacer subir el recuento de palabras (aunque de todos modos voy súper atrasada….) . Así que podéis esperar ver varios relatos más en los próximos días 🙂

Semana 28: Escribe un relato en el cual el personaje principal se despierta con una llave agarrada en su mano. Céntrate en cómo llegó a tener esa llave y qué abre.

La luz del mediodía cae con fuerza sobre sus párpados y la despierta. Le duele la cabeza, la boca seca y la mano derecha agarrotada. Abre el puño y entre sus dedos aparece una llave. No cuelga de ningún llavero, no tiene número ni color distintivo, pero sabe que es su llave, la llave de Ari. Ha dormido agarrada a ella con tanta fuerza que la silueta dentada ha quedado marcada sobre su piel. Desaparecerá; como todo lo que Lorena ama, como Ari y como la casa que compartido hasta ahora.
Se levanta, aún con la llave en la mano y se dirige a la cocina, donde Diana está preparando café. Al oírla llegar se gira, la observa en silencio durante unos segundos y finalmente deja su taza de café sobra la encimera para acercarse a ella y abrazarla.
—¿Estás bien? —susurra.
Lorena ríe y se encoge de hombros, no está bien y no va a mentir pero tampoco se encuentra mal. Ha expulsado todos sus sentimientos a base de lágrimas y por el momento no le quedan más.
—¿Quieres café? —pregunta Diana al separarse. Lorena asiente y cuando su amiga le da la espalda para coger una de las tazas del armario se lleva la mano con la llave al pecho y respira hondo antes de sentarse en uno de los taburetes.

No sabe de quién es la culpa, si suya, si de Ari, si de una tercera persona desconocida para ella, del cruel destino o del universo, pero la cuestión es que Ariadna la ha dejado. Después de cuatro años y medio de amor, risas, aventuras y discusiones Ariadna no quiere volver a verla y le ha echado de su piso. Ahora esa llave es la única escusa que le queda a Lorena para volver a ver al amor de su vida y eso convierte a ese pedazo de metal en lo más valioso que posee, la oportunidad de arreglarlo, de demostrarle a Ari que se equivoca, de hacerle ver que pase lo que pase lo solucionarán, superarán los problemas y seguirán juntas para siempre jamás. Pero para hacer eso necesita el café, y una buena sesión de maquillaje, y quizá algo de comer si su estómago se lo permite.

La borrachera de ayer fue épica. Después de un día en shock en el que sólo la monotonía del trabajo había sido capaz de llevarla por la vida como una persona normal llegó el sábado, y verse en un sofá, con sus pertenencias en maletas y cajas de cartón había sido tan deprimente que no había parado de llorar. Diana había decidido sacarla de fiesta, o al menos de su salón, si tenía que llorar y quejarse de lo injusta que era la vida, al menos que lo hiciera donde la música ahogara sus berrinches. La noche se convirtió en todo un recuerdo de los mejores y peores momentos de su relación con Ari, desde su amistad en la universidad hasta sus últimos planes para ese viaje a Lisboa que ya nunca realizarían, pasando por aquellas primeras citas llenas de nervios y dudas. Diana se había portado muy bien, escuchándola a medias y asintiendo cuando tocaba pero también mostrándose firme. Si Ari no quería contarle la razón de la ruptura era porque se trataba de algo poco decente. Y si era así, lo mejor era irse bien lejos, había dicho. Su sofá estaba allí para lo que necesitara.
Lorena sabía que Diana decía la verdad, ¿qué razón podía tener Ari para cortar con ella por las buenas, así de pronto? Pero por mucho que lo pensaba no se le ocurría qué podía ser, y aquello la ahogaba más en la miseria y el alcohol.  Al llegar a casa de Diana había separado la llave del piso que había compartido con Ari durante los últimos dos años y la había besado y dejado sobre el suelo, a la altura de su cabeza. La débil luz que entraba por la ventana del salón iluminaba el gris metálico de la llave y por mucho que Lorena cerrara los ojos seguía viéndola tras sus párpados. Finalmente la había cogido y con su frío y duro tacto entre los dedos había caído dormida en un sueño profundo, triste y etílico.

—No puedes montar ninguna escena— dijo de golpe Diana, como si le hubiera estado leyendo el pensamiento (y quizá lo había hecho, no era la primera vez que a Lorena le parecía que su amiga disponía de grandes dotes psíquicas).―Tienes que devolverle las llaves con dignidad y demostrar que estás por encima de esa actitud infantil.
—Pero quiero saber por qué… —susurró Lorena.
—Si no te lo ha dicho a estas alturas, no lo hará nunca.
—Quizá después de estos días se arrepiente…
—No dejas a alguien por un capricho. Y si lo haces es que no le quieres de verdad.  Son decisiones muy serias que no puedes tomar a la ligera. Si quieres iré yo —añadió Diana tras largos segundos de silencio.
—No, tengo que hacerlo yo —respondió Lorena. Dejó la llave sobre la mesa y cogió la taza de café, cálida entre sus manos.

25 Reto Escritura – el dinero y la felicidad

¡Aiiiiiiiiiii que ya llego a la mitad! Sólo tengo que escribir 27 relatos en 2 meses y medio, con el NaNoWriMo entre medio, para conseguirlo…. JA JA JA

Hablando del NaNoWriMo, a ver si para la semana que viene cuelgo una entrada hablando de ello, aunque sea para acabar de motivarme.

Semana 25: Escribe un relato sobre un personaje que en su infancia fuera pobre y ahora rico, o viceversa.

Me despierto y voy al baño. Me ducho, me pongo los pantalones de un chándal viejo y me dirijo a la cocina. A los pocos segundos el ronroneo de la Nespresso y el olor a café logran despertarme más que el agua hirviendo de la ducha. Me dirijo al comedor con la taza humeante, el suelo de parquet fresco a mis pies pero no frío, el sofá suave y mullido a mis espaldas. Doy un sorbo al café, el iPad me pilla lejos y decido que las noticias pueden esperar. Me siento a gusto y tranquilo y espero que los buenos ánimos me acompañen durante todo el día.
El piso está ordenado, limpio y tranquilo, hace años ya que logré construirme una vida mejor pero hay momentos en los que esta calma total sigue resultándome ajena. No tengo que trabajar, no tengo que estudiar, no tengo que cocinar, no tengo que hacer ningún recado ni cuidar de ninguno de mis hermanos; sólo tengo que desayunar, vestirme e ir a la oficina. Hay quien me pregunta por qué vivo en un piso de 100m² cuando puedo permitirme un chalet con jardín y piscina, pero no entienden que jamás me sentiría a gusto allí, es difícil hacer entender a alguien que siempre ha tenido lo que ha querido que para encontrar la felicidad antes que dinero has de saber qué es lo que te hace feliz, y yo ya lo sé; mi familia, mi pareja, mi trabajo y ayudar a los desfavorecidos, no todo el mundo puede trabajar duro para salir de la miseria y eso no significa que no deban ser ayudados.
Me acabo el café, me incorporo hacia el iPad y provenientes del dormitorio oigo los suaves quejidos de Rafa al despertar. Sonrío y decido volver al dormitorio. El colchón está frío, pero Rafa es una estufa humana, me tapo los pies con la sábana y aguanto la tablet con una mano mientras con la otra acaricio el cabello oscuro de mi compañero. Hace cinco años me hubiera puesto a llorar de felicidad, ahora sonrío y saboreo el momento, atento a todo lo que me rodea y catalogándolo en mi memoria para las dificultades que pueda depararme el futuro. Rafa despierta del todo, se incorpora y me besa.
—¿No vas a llegar tarde?
—Soy el jefe, puedo llegar cuando quiera.
—Y por eso llegas siempre el primero —ríe, negando con la cabeza—¿te paso a buscar luego para la cena?
—Claro.
Rafa sale de la cama y se encierra en el baño. Suspiro y decido que ya es hora de vestirse. Tiene razón, soy el primero en llegar y muchas veces el último en irme, pero es mi modo de ser, el trabajo honrado ha sido siempre la base de mis éxitos y no voy a cambiarlo por nada, mucho menos por el dinero.

21 Reto Escritura – Ese no era el final

Semana 21: Empieza una historia con: “Pero ese no era el final”.

Pero ese no era el final. Lo vi en los ojos de Niles.

Todo había empezado con una absurda apuesta y demasiado alcohol en la sangre.
— Pero seguro que no te atreves a pasar la noche en la casa abandonada del bosque —dije yo. No recuerdo de qué habíamos estado hablando pero Niles había empezado a ponerse chulo y aquello fue lo primero que vino a mi mente para callarle. Lucía estaba allí, no podía prestarle atención sólo a él— Es una casa encantada. Se oyen todo tipo de psicofonías e incluso olores extraños, primero de comida y luego a sangre.
—¡Qué dices! —Rió Niles. Una risa nerviosa, no soportaba nada que tuviera que ver con espíritus y magia negra—. Eso son todo tonterías.
—No lo son —intervino Ari— Charles y yo pasamos allí una noche cuando íbamos al insti.
Sonreí burlón a Niles y guiñé un ojo a Lucía antes de coger mi jarra de cerveza. Agradecía a Ari su apoyo, pero quizá contar aquello con Lucía delante no era la más apropiado, ¿y si pensaba que habíamos tenido una aventura? Quería que me viera como un valiente, no como un mujeriego.
—Y no quiero volver allí —dije después de un largo trago. Sólo de recordar aquellas largas y frías horas a oscuras se me erizaba la piel.
—Lo siento por Ari, pero si tú has estado allí no puede ser tan malo ―contestó Niles. Y entonces sonrió y supe que había caído en mi propia trampa. Había olvidado lo retorcido que podía ser—. Si paso allí una noche, ¿aceptas hacer lo que yo quiera durante una noche entera también?
Observé a mis amigos, Ari sonreía, tranquila, aquello no la concernía; Michael llevaba hablando por whatsapp la última media hora y, como siempre, luego se quejaría de que se sentía excluido del grupo; Niles sonreía también, pero confiado y satisfecho y Lucía me miraba con aquellos ojos verdes y una pequeña sonrisa tímida, era nueva en el grupo y no sabía aun cómo actuar ante aquello.
—Me reservo el derecho a negarme dependiendo de lo que me pidas, pero de acuerdo.
—¡Entonces no tiene gracia! —exclamó Niles, llamando ahora sí l atención de Michael.
—Pues me reservo el derecho a negarme a cumplir dos de tus exigencias —Oí a Lucía reír por debajo de la nariz y supe que mi voz había sonado como la de un niño consentido en una rabieta. Por suerte el calor y el alcohol ya habían teñido de rojo mis mejillas horas antes.

Por supuesto Niles pasó allí la noche. Con Lucía. A quien al parecer le encantaban las historias de fantasmas. No pasó nada entre ellos, pero ¿quién puede superar eso? Una aventura así te une de un modo único, Ari y yo habíamos sido confidentes desde nuestra propia peripecia en la casa abandonada. ¡Fui el primero a quien le contó que se había liado con su profesor de materiales! ¿Qué secretos habían compartido Niles y Lucía? ¿Qué le habría contado de mi?

Cuando al sábado siguiente, dos semanas después de la apuesta, Niles se presentó en el piso con la mochila al hombro y dos abultadas bolsas la certeza de que la había cagado por completo volvió a mí. Y Lucía estaba con él. La venganza de Niles era vestirme con una camiseta apretada de tirantes las mallas del gimnasio y un tutú. Chanclas en los pies, una tiara en la cabeza y, obviamente, una varita que brillaba con luces de colores en la mano.
—Ahora tienes que salir a la calle —dijo mientras me sacaba una foto con el móvil. Deseé que la tierra se me tragara. Aquello era horrible, una cruel pesadilla, pero ese no era el final. Lo vi en los ojos de Niles. No iba a acabar con salir a la calle.

Lucía trataba de esconder su sonrisa, Ari refunfuñaba porque también quería una varita de colores —yo le hubiera dado la mía encantado— y Michael, que había salido de su habitación para pedirnos silencio porque estaba por skype con su novia, había acabado quedándose en el salón para observar mi transformación de chico en pijama a chico en tutú.
—No te queda mal del todo —dijo Lucía controlando su risa.
—No hace falta que disimules, puedes reír todo lo que quieras. Tengo una pinta ridícula. Si la varita fuera real todos estaríais amnésicos —Lucía rió y la esperanza volvió a mí. Quizá si superaba la venganza de Niles aquella situación sería la anécdota que nos uniera, superior al miedo de una casa en ruinas.
—Pero como me acuerdo de todo —interrumpió Niles— ahora toca salir a la calle y conseguir que diez mujeres mayores de 60 se hagan un selfie contigo.
—¿¡Qué!? Definitivamente esto es el final de nuestra amistad.

18 Reto Escritura – Un beso de amor verdadero

Soy consciente de que el reto está algo cogido por los pelos, pero era lo único que se me ocurría, puesto que más adelante ya habrá relato sobre una tormenta…

Semana 18: Escribe un relato que involucre agua como elemento relevante de la historia.

 

Había estado lloviendo durante tres días y aunque el hombre del tiempo decía que esa misma noche las nubes desaparecerían para dejar paso a un fin de semana de sol reluciente y altas temperaturas, nadie le creía, nadie excepto yo. Tenía que parar de llover.
Hacía semanas que ese sábado estaba marcado en rojo en mi calendario; un día mágico en el que los planetas se habían alineado para que todos los amigos de la universidad pudiéramos vernos y ponernos al día mientras disfrutábamos del  parque acuático más cercano.
El móvil no dejó de sonar durante toda la tarde con posibles planes alternativos: de pesca por el casco antiguo, piragüismo por el paseo, ir al cine, tomar un café… Y mientras las gotas resbalaban por mi ventana yo preparaba la mochila con la toalla, el bikini, las gafas de sol y los cupones de descuento. Tenía que ir a ese parque acuático.
En realidad no estaba pensando en mis amigos. Quería verles, obviamente, pero gracias a las nuevas tecnologías sabía perfectamente qué era de sus vidas, sus trabajos y sus familias, yo lo que quería era verle a él.
Habíamos sido compañeros en clase de francés durante todo el año y me había enamorado locamente de sus ojos grises, su piel morena y aquellos brazos fuertes destinados a sujetarme. Estudiaba económicas, durante el curso escolar trabajaba como monitor de piscina y en verano era socorrista en el parque acuático. Para celebrar el fin de exámenes hicimos una cena de clase, me puse mis mejores galas informales, me maquillé, me peiné y me dije a mi misma que todas aquellas horas codo con codo, de risas y malas pronunciaciones nos habían unido y tenía una oportunidad clara de seducirle. Pero una no puede dar el primer paso si la otra persona no hace acto de presencia. Fue una noche deprimente de comida sosa y música agobiante. El destino no podía hacerme aquello, tenía que parar de llover y él tenía que ir a trabajar para que yo pudiera declararle mi amor eterno y sellar nuestros sentimientos con un profundo beso con sabor a cloro (después de todo, los detalles ligeramente desagradables son los que crean un mejor recuerdo).

Desperté con una sonrisa al sentir el sol en mi cara. Las calles seguían húmedas pero no se veían nubes en el cielo. Me miré al espejo en búsqueda de granos inoportunos y comprobé en los mensajes del móvil que efectivamente la excursión seguía en pie.
Llegamos poco después de que el parque abriera y aunque ya había cola frente a las taquillas entramos al poco rato. La temperatura no era todo lo alta que me hubiera gustado y el agua de las piscinas estaba ligeramente fría pero me sumé a la exploración de reconocimiento para buscar la piscina menos concurrida y el mejor tobogán y así poder encontrar a mi amado socorrista. Le encontré después de comer, tras saltar olas artificiales, tirarme del tobogán más alto, pelearme con dos niñatos que pretendían colarse y estar a punto de enseñar las tetas tres veces porque la parte de arriba de mi bikini se negaba a cumplir con su función. Estaba aun más moreno y más guapo si cabe. Se me encogió el corazón y tuve que volver a mi toalla para peinarme y comprobar que mis ojos no parecían dos tomates. Me até el pareo a la cintura, me apliqué un poco de brillo de labios y tras respirar hondo varias veces emprendí la marcha a la piscina pirata. Mis amigos apenas me prestaron atención.
Varios niño se me cruzaron por el camino, salpicándome y haciéndome tropezar para que casi me cayera de cabeza a la piscina de bebés y me partiera el cráneo. Cuando llegué al puente de madera que unía tierra firme con el barco pirata él ya no estaba. ¿Habría acabado su turno? ¿Le habrían rotado a otra zona del parque? Miré a mi alrededor, la frustración y la tristeza aposentándose en la base de mi estómago y el pensamiento que había nacido esa noche de fin de curso resurgiendo una vez más, ¿y si la vida no quería que estuviéramos juntos? Pero entonces le vi. Estaba sentado en uno de los chiringuitos, una Coca-Cola en la mano y un libro en la otra. Suspiré aliviada y me dirigí hacia él. Que no nos hubiéramos visto durante el último mes no quería decir que no hubiéramos hablado, que le reconociera de lejos y me acercara a él no era nada raro, me decía una y otra vez para calmarme. Éramos amigos y aquello era completamente normal.
Cuando estuve a poco más de un metro de él pronuncié su nombre con un ligero tono de incertidumbre y se giró. Me reconoció y sonrió.
—¿Qué tal? ¿Qué haces aquí? —me preguntó tras darme dos besos.
—Bien, bien, con los amigos pasando el día —dije obligándome a clavar los ojos en su fina nariz para que no desaparecieran por su musculado torso y me hicieran quedar muda.
—Yo estoy en mi descanso.
—¿No hay nadie vigilando? —dije, como una tonta.
—Sí, claro que sí. Y si alguien necesita ayuda igualmente tengo que dársela. Pero sienta bien despegar la vista de la piscina por unos minutos.
—Imagino que sí. No fuiste a la cena —Mi plan de no decir tonterías había quedado completamente enterrado por mis hormonas.
—No pude, no. Cambiaron de día el festival de piscina de mis alumnos —se disculpó.— Ya vi que lo pasasteis bien.
—No estuvo mal —me obligue a contestar. Sentí cómo se me ponía la piel de gallina y mi pecho volvía a reducir su tamaño. Me aclaré la garganta, no sabía qué decir por miedo de seguir con las meteduras de pata, me peiné el flequillo con los dedos y sonreí.
—¿Seguirás con el francés el año que viene? —preguntó él entonces.
—Supongo que sí. ¿Tú?
—Supongo que también —Rió.
Y fue entonces que la inspiración vino a mí. Tenía que besarle, sólo así aquellas extrañas sensaciones que se estaban apoderando de mi cuerpo cesarían. No me importaban los niños, las familias o las chicas detrás de la barra. Tenía que acercarme, posar mis labios sobre los suyos y presionar ligeramente. Era el único desenlace posible para ese día.
Su cuerpo desprendía calor y su piel olía a protección solar, sus labios estaban secos y sabían a Coca-Cola. Sentí cómo se tensaba ante el beso y me aparté rápidamente, tan avergonzada que hasta que no sentí sus labios moviéndose contra los míos no me percaté de que me estaba devolviendo el beso. No sabía  a cloro, pero al separarnos me empezó a picar la nariz y al devolverle la amplia sonrisa tosí en toda su cara.

Fue un primer beso lleno de babas y microbios, como lo suelen ser todos los besos, marcado por días de lluvia y posteriores días en la piscina.

Reseña – La isla del escritor

¡Buenas!

Hoy os traigo una reseñaa la que le tenía muchas ganas, espero que la disfrutéis ^^

La Isla del Escritor

Varios Autores
Año de publicación: 2016
Leído en: Castellano – versión ebook
Género: Variados
Puntuación:opinión literaria, literatura ciencia ficción, la isla del escritor, el libro del escritor, relatos cortos, historia, escritura creativa, ciencia ficción, fantasía, romántica, erótica

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12 reto escritura- Piedra, papel o tijera

¡Por fin un relato tradicional y algo más típico! Me hubiera gustado poder colgarloel sábado pero entre una cosa y otra… hasta hoy no he podido acabar de pulirlo u.u

¡Espero que os guste!

Semana 12: Escribe una historia sobre un personaje que está viviendo tu festividad favorita.

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